Vida Cristiana, Vida Espiritual

El propósito bíblico del matrimonio

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Secularmente, el matrimonio suele definirse como la unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales y que es reconocida por la ley como familia. En el catolicismo y otras confesiones cristianas, el matrimonio es elevado a la categoría de sacramento que une indisolublemente a un hombre y una mujer, y por el que ambos se comprometen a vivir de acuerdo con las prescripciones de la Iglesia.

Para el cristiano, casarse es responder a la voluntad de Dios de dar al hombre y a la mujer la capacidad de amarse a su imagen y cumplir así el mandato cultural dado en el libro de Génesis. Los creyentes no ven el matrimonio como una mera formalidad legal, sino como la íntima unión y la entrega mutua de la vida entre un hombre y una mujer. Dicha relación tiene sus raíces en la voluntad original de Dios quien, al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, les dio la capacidad de amarse y entregarse mutuamente, hasta el punto de poder ser “una sola carne”. Así, el matrimonio es tanto una institución natural como una unión sagrada que realiza el plan original de Dios para la pareja.

En este artículo se ve a Dios, la autoridad suprema del universo, como fuente y origen del matrimonio. La Biblia es, por tanto, nuestra única regla infalible de fe y conducta en este tema: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser.” (Génesis 2:24, NVI).

Elena Bau Fotografía

ORIGEN DEL MATRIMONIO

Dios creó el matrimonio, y lo diseñó como el fundamento de la familia, la sociedad y la humanidad. La Biblia enseña que Dios después de haber creado a Adán, dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Génesis 2:18, NVI). Y añade: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser” (Génesis 2:24, NVI). Así quedó fundada en el inicio de la humanidad el matrimonio. Los bendijo Dios diciéndoles: “Sean fructíferos y multiplíquense” (Génesis 2:28, NVI). Más adelante, Jesucristo confirmó con sus palabras el relato del Génesis y el origen divino del matrimonio (Mateo 19:1-12).

Así pues, el matrimonio no es un invento humano, sino divino. Por tanto, no es el hombre quien puede definirlo, sino Dios. Es necesario volver a los orígenes, regresar al Edén para comprender qué es el matrimonio y con qué finalidad fue diseñado por el Creador. Lamentablemente hoy día, la gran mayoría de la diversidad de modelos de familia que hoy tenemos se apartan del modelo natural y normativo que Dios estableció desde el principio de la creación en Génesis 2:24. Para muchos, “matrimonio” es sinónimo de “contrato temporal”; para otros es sinónimo de “unión con alguien del mismo sexo”, pero la Biblia nos muestra otra perspectiva.

Bíblicamente, el matrimonio es un “Pacto”. Malaquías lo describe de la siguiente manera: “el Señor actúa como testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que traicionaste, aunque es tu compañera, la esposa de tu pacto. ¿Acaso no hizo el Señor un solo ser, que es cuerpo y espíritu? Y ¿por qué es uno solo? Porque busca descendencia dada por Dios. Así que cuídense ustedes en su propio espíritu, y no traicionen a la esposa de su juventud.  «Yo aborrezco el divorcio —dice el Señor, Dios de Israel” (Malaquías 2:14-16, NVI).

De acuerdo con el Diccionario Bíblico Mundo Hispano, la palabra pacto traduce el nombre hebreo berith, cuya “raíz verbal significa ya sea encadenar o comer con, lo que significaría obligación mutua; o asignar (1 Samuel 17:8) que significaría una disposición bondadosa”[1] entre personas que voluntariamente aceptaban los términos del convenio (de amistad, 1 Samuel 18:3, 4; matrimonio, Malaquías 2:14; o alianza política, Josué 9:15; Abdías 7). Como todo pacto, el matrimonio goza del carácter más solemne y conlleva serias obligaciones.

En cuanto a su condición pactual, el matrimonio no es un contrato que regule los derechos de las partes, sino más bien un acuerdo, una alianza que vincula a ambas partes en un compromiso de libre aceptación, basado en principios de lealtad, entrega y fidelidad. A través del pacto matrimonial, los contrayentes se comprometen a satisfacer todas las necesidades de su pareja en cada nivel: sexual, social, espiritual, etc., para toda la vida.

En cuanto a su composición el pacto matrimonial solo puede efectuarse entre un hombre y una mujer así nacidos. Sobre la heterosexualidad la palabra es clara desde el principio: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2:24). El matrimonio según Dios lo estableció es un asunto de hombre y mujer. Pero antes del matrimonio y en la propia creación del ser humano la Palabra también es clara y excluyente: “varón y hembra los creó” (Génesis 1:27, 5:2). De forma que la creación del hombre y la mujer excluye la posibilidad de otros géneros, la aceptación de otros supuestos géneros sólo se puede admitir desde una conciencia separada de los principios de la Palabra y por tanto ajena a su marco ético y reglas de vida.

Pero el pacto matrimonial bíblico también exige exclusividad. En el principio y bajo el diseño original de Dios se contempla la unión entre un solo hombre y una sola mujer, es decir, la monogamia. Es cierto que la poligamia también comienza a practicarse al principio de la historia de la humanidad. En Génesis 4 se detalla el inicio de la primera ciudad fundada por Caín al cual Dios maldice. En ese contexto, fuera de la obediencia y cobertura divina, tenemos la primera mención de poligamia en un descendiente directo de Caín, Lamec, quien “tomó para sí dos mujeres” (Génesis 4:19). A partir de aquí se producirá una distinción entre la línea depravada (descendientes de Caín) y la línea escogida, los descendientes de Set, otro de los hijos de Adán y Eva (Génesis 4:26). Por tanto, la aparición de la poligamia se produce en un contexto de desobediencia a Dios y como consecuencia de la separación de su voluntad perfecta.

La Biblia también establece la duración del pacto matrimonial: El matrimonio tiene vocación de permanencia, es un compromiso hasta el final, hasta que “la muerte nos separe”. Cuando existe ese concepto de entrega total se genera confianza y seguridad en la relación. No importan los problemas que el futuro nos depare, ni estos son un motivo para abandonar la relación. Con ese nivel de entrega es difícil la ruptura matrimonial.

Bíblicamente, el significado heterosexual, monógamo y permanente de la unión matrimonial no es algo que cada generación nueva puede volver a definir libremente en base a sus inclinaciones personales o a las políticas de turno. El significado exclusivo del matrimonio está definido por Dios y por la naturaleza única y complementaria que dio al hombre y a la mujer. El hombre no puede ni debe alterar este pacto, pues el matrimonio no es un asunto cultural sino creacional. El matrimonio no fue diseñado ni ideado por ninguna civilización o cultura como el medio para regular u organizar la sociedad, tampoco es ninguna institución humana que necesite ser cambiada o actualizada conforme a las necesidades o tendencias de cada nueva generación. El matrimonio al no ser producto de la cultura ni de la sociedad, es un asunto creacional y no cultural, que ha de ser visto como una institución que nace antes de la historia, y se da en el contexto de la propia creación dentro de lo que en teología se llama el estado de gracia, ese  periodo comprendido entre la creación y la irrupción del pecado en Génesis 3, cuando el hombre y la mujer vivían una existencia de plena armonía entre ellos y con Dios, sin la coexistencia con las consecuencias posteriores del pecado. En ese estado de perfección, Dios fundó la institución del matrimonio. Mediante la institución del matrimonio, Dios se aseguraba la permanencia de la humanidad y el cumplimiento del mandato cultural dado en Génesis 1:28, “Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y administradla.”

Lo que Dios estableció en el marco de la creación debe ser normativo para todos los tiempos, no puede variar ni ser destruido por ninguna civilización, pues es un asunto creacional, no cultural. Sin embargo, a lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha encontrado maneras de honrar y solemnizar esta unión creada por Dios.

EL MATRIMONIO EN EL CONTEXTO JUDÍO.

El contrato matrimonial judío constaba de dos fases. La primera de ellas comenzaba cuando las familias de los futuros esposos (el varón desde que cumpliera los trece años, la mujer desde los doce)[2] negociaban los esponsales de éstos. Sin embargo, el hecho de que los padres concertaran los matrimonios de los hijos no significaba que no se contase nunca con la opinión de éstos. Así, Siquem (Génesis 34:4) y Sansón (Jueces 14:2) pidieron a sus respectivos padres que concertasen el matrimonio con las mujeres que uno y otro querían.

Los esponsales constituían los mismos un compromiso más solemne y vinculante que nuestra actual petición de mano, y se suscribían en presencia de dos testigos. De hecho, los esponsales eran un auténtico acto de matrimonio, incluso jurídicamente. Esto explica por qué, cuando José descubrió el embarazo de María, su prometida, ella pudo haber sido acusada de adulterio (Mateo 1:18-19). Algunas veces, la pareja se regalaba recíprocamente en este acto un anillo o un brazalete. Además, durante el tiempo de espera hasta el día de la boda, mientras la muchacha vivía todavía en el hogar paterno, se dispensaba al novio de ir a la guerra (Deuteronomio 20:7).

Al padre de la joven se le tenía que abonar cierta cantidad de dinero (mohar), el «precio de la esposa». Tal suma podía en ocasiones satisfacerse parcialmente con el trabajo personal del muchacho, como ocurrió en el caso de Jacob (Génesis 29:1-30). Aunque al padre de la novia no se le permitía tocar dicha suma, sí le era dado beneficiarse de los intereses que produjese la misma. Aquella cantidad pasaba a manos de la hija cuando fallecían sus padres, o bien si su marido moría. Labán, suegro de Jacob, infringió esta costumbre y gastó el mohar correspondiente a sus hijas (Génesis 31:15). El padre de la muchacha, a su vez, entregaba a ésta, o a su marido, una «dote» (u obsequio de casamiento) que podía comprender criados o siervos, como ocurrió con Rebeca y Lea (Génesis 24:60-62; 29: 24-29), tierras u otros bienes.

La segunda fase consistía en la boda propiamente dicha, después de la cual se iniciaba la convivencia sexual común a toda pareja. Tenía lugar un año después del desposorio, cuando el novio, que ya tenía preparado el hogar conyugal, acompañado de sus amigos, se encaminaba al atardecer a la casa de la novia, quien le esperaba, luciendo algunos adornos, finos ornamentos y cubierta con un velo (Génesis 24:64-67 16; Cantar de los Cantares 6:7). Algunas veces, la novia también se engalanaba la cabeza con una cinta con monedas, regalo del novio. Jesús alude a esta costumbre en la parábola de la moneda (Lucas 15:8).

En la ceremonia de bodas, se despojaba a la novia del velo que le cubría el rostro y era colocado sobre el hombro del novio. Acto seguido, el joven, escoltado por los amigos, conducía a la muchacha, su ya esposa, al hogar conyugal (Mateo 25:6). A continuación, se organizaba un largo banquete nupcial (Mateo 22:2-14), en el que los invitados, portando sus mejores galas y atavíos (Mateo 22:11-12), disfrutaban del banquete y de la alegría que suponía para la comunidad el surgimiento de una nueva familia (Proverbios 5:18). No en vano, el primer milagro de Jesús ocurrió durante una boda celebrada en Caná de Galilea (Juan 2:1-11), pues la boda se concebía como una fiesta de la vida que empieza, de la vida que será transmitida, de la vida que se perpetuará a través de la prole.

En el contexto judío el matrimonio no se consideraba una relación indisoluble por naturaleza. Bajo la Ley Mosaica el varón podía divorciarse de su mujer si descubría en su cónyuge algún defecto o falta (Deuteronomio 24:1). Asimismo, podía contraer nuevas nupcias con otra mujer si así lo deseaba. El marido perdía, sin embargo, este derecho de repudio si acusaba en falso a su esposa de infidelidad con otro varón (Deuteronomio (22:13-19).

EL MATRIMONIO ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS.

El concepto que introdujo Jesucristo sobre el matrimonio contrastó tanto con la moral judía como con la pagana. Cristo condenó el facilismo judaico para con el divorcio, declarando que toda separación es un acto arbitrario del hombre en desobediencia al mandato divino (Mateo 5:27-32). Jesús afirmó que la unión conyugal es un diseño de Dios y validó con ello el relato registrado en el primer libro de la Biblia: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24). Además, Jesús ordenó que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (Mateo 19:4-6; Marcos 10:6-9).

En muchos sentidos, el cristianismo y su fundador dignificaron nuevamente la institución del matrimonio. El Apóstol Pablo escribe a la iglesia en Galacia afirmando que esposo y esposa son de igual valor en Cristo (Gálatas 3:28). Utiliza al matrimonio cristiano como figura de la relación entre Cristo Jesús y la iglesia de Dios. El Hijo y cabeza de la iglesia es el esposo que tanto la amó que dio su vida por ella; y el cuerpo de la iglesia es la esposa que espera el retorno de su Señor para unirse por la eternidad (Efesios 5:21-33).

En la iglesia primitiva, cuando una mujer se convertía, siendo ya casada, y su marido no abrazaba la fe, se enseñaba a la esposa cristiana a permanecer fiel a su esposo y a procurar ganarlo por medio de una conducta sana (1 Corintios 7:10-17). En el caso de las mujeres no casadas, se les enseñaba que no debían contraer enlace con los inconversos. En ocasiones, los líderes eclesiásticos llegaban incluso hasta a excluir del seno de las iglesias a las mujeres cristianas que faltaban en este punto. Tertuliano, por ejemplo, expone las dificultades a que se exponía la virgen que se casaba con un pagano:

“No podrá dejar el techo conyugal para reunirse con sus hermanos; tendrá que oír las canciones y palabras profanas de su marido inconverso; tendrá que preparar banquetes de un estilo repugnante a los que conocen al Señor; para agradar a su marido tendrá que aparecer vestida como no es lícito a santos, y muchas otras cosas más. Es vender el alma al consentir el casamiento. Pero la unión de dos seres que aman al mismo Señor es tenida por honrosa.”[3]

Aunque no había lo que hoy llamamos matrimonio religioso, toda la iglesia tomaba parte en la celebración de la boda. En el mundo romano (del cual la iglesia llegó a formar parte) se dieron tres formas de celebrar el matrimonio:

  • La “confarreactio”, la cual incluía ceremonias de carácter jurídico, religioso y una fiesta acompañada de pastel nupcial. En la época imperial apenas se daba este tipo de unión.
  • La “coemptio“, la cual llegó a ser el modo corriente de contraer matrimonio en el período histórico que le tocó vivir a la iglesia primitiva. Dicho rito simbolizaba la compra de la esposa.
  • El “usus” (uso), el cual consistía en la simple cohabitación tras el mutuo consentimiento matrimonial. Se fundamentaba en el “consensus” (mutuo consentimiento) de la pareja. No se requería ningún rito particular ni la presencia del magistrado. El poder civil no hacía más que reconocer la existencia del matrimonio y, en cierto modo, proteger la unión conyugal poniendo ciertas condiciones.

Los cristianos adoptaron el “consensus” romano como norma para validar la unión matrimonial, sin embargo, sus normas diferían en gran medida de las costumbres romanas, pues consideraban la pureza sexual sumamente importante. Ignacio de Antioquía (hacia el año 107 d.C.) incluso invitaba a los cristianos a casarse “con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo.”[4]

Tertuliano (hacia 160-220 d.C.) comenta la ventaja de casarse en el Señor: “¿Cómo podemos ser capaces de ensalzar la felicidad tan grande que tiene un matrimonio así?; un matrimonio que une la Iglesia, que la oblación confirma, que la bendición marca, que los ángeles anuncian, que el Padre ratifica”

En la iglesia primitiva el matrimonio no se consideraba un sacramento ni una ocasión para exhibir lujo, sino un momento solemne en el que se debía implorar la bendición de Dios sobre los desposados. Sin embargo, a partir de los siglos IV al IX se comenzó a subrayar el carácter eclesial de la celebración del matrimonio entre cristianos, estableciéndose que las ceremonias (oración y bendición) no eran obligatorias para la validez de la unión. El primer testimonio que habla de una bendición nupcial verdaderamente litúrgica data de la época de Dámaso[5] (366-384) y se encuentra en las obras del Pseudo-Ambrosio (Ambrosiaster[6]). La bendición, sin embargo, sólo se confería en el primer matrimonio. Además, el matrimonio no tomaba lugar en el altar, sino que, como era costumbre con otros contratos, se efectuaba a la puerta de la iglesia. Este compromiso incluía el intercambio de regalos, un beso mutuo, el intercambio de anillos, y el tomarse de las manos. Al matrimonio le seguía entonces un servicio religioso, donde se participaba de la Cena del Señor y se imploraba la bendición para el nuevo matrimonio.

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EL MATRIMONIO EN LAS DISTINTAS TRADICIONES CRISTIANAS

EN EL CATOLICISMO

La Iglesia Católica enseña que el matrimonio es una unión entre un hombre y una mujer, que dura de toda la vida. Se le considera uno de los siete sacramentos. De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, los sacramentos son “acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son ‘las obras maestras de Dios’ en la nueva y eterna Alianza” (Catecismo, Núm. 1116). Así pues, desde la concepción católico-romana, los sacramentos son signos sensibles y eficaces​ de la gracia de Dios, mediante los cuales se otorga la vida divina; es decir, ofrecen al creyente el ser hijos de Dios.

Con respecto al sacramento del Matrimonio, el catecismo dice: “El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia… La gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna” (Catecismo, Núm. 1661).

EN LA IGLESIA ORTODOXA.

Para el Cristianismo Ortodoxo, el matrimonio es también un sacramento, uno de los siete reconocidos por la Iglesia. Esto significa que, desde el punto de vista de la comunidad cristiana ortodoxa, el matrimonio está relacionado directa e inmediatamente con la experiencia de pertenecer al pueblo de Dios y con la vivencia mística de formar parte de la Iglesia.

Así, para la Iglesia Ortodoxa, el matrimonio no es simplemente un acuerdo de un hombre y una mujer para compartir sus vidas; ni meramente una sanción legal. No es realizado por la pareja misma. Su unión basada en su libre voluntad de unirse como marido y mujer, se vuelve sacramental porque son unidos como cristianos ortodoxos, miembros de la comunidad de fe, y recibiendo la Gracia de Dios para su unión mediante el ministerio de la Iglesia entera en la persona del obispo o el sacerdote, y en la presencia del pueblo de Dios congregado

EN EL PROTESTANTISMO.

En muchas iglesias protestantes y evangélicas, el matrimonio es considerado como una institución establecida para la humanidad como una parte de la vida aquí en este mundo. No tiene una conexión directa con el evangelio, la proclamación del cual es la responsabilidad directa de la iglesia. De hecho, el matrimonio fue instituido (Génesis 2:24) antes de la primera proclamación del evangelio (Génesis 3:15). Como una institución del gobierno civil, sólo tiene que ver con las relaciones temporales. El protestantismo considera que el matrimonio no fue instituido en interés de la salvación eterna del pecador. Las bendiciones prometidas por medio del matrimonio son puramente temporales (Mateo 22:30).

En la mayoría de las iglesias protestantes el matrimonio no se considera un sacramento encomendado a la iglesia, sino una institución establecida para la vida en el mundo. Para los protestantes, la iglesia no tiene ningún derecho inherente para ejercer autoridad sobre esta institución, regularla con leyes, ni exigir un papel que hace un matrimonio válido. Consideran que la exigencia que hace la iglesia católica romana, que el matrimonio es un sacramento y que la iglesia tiene que reglamentar esta institución por medio de las leyes canónicas, no tiene ninguna base en las Escrituras. EI matrimonio, por lo tanto, no es un sacramento como si lo son y confieren el bautismo y la Santa Cena. Los cristianos ciertamente también santificarán su matrimonio con la palabra de Dios y con la oración (1 Timoteo 4:5); pero el matrimonio no les confiere ninguna bendición espiritual particular.[7]

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DISTORSIÓN DEL CONCEPTO DE MATRIMONIO EN ALGUNAS IGLESIAS PROTESTANTES MODERNAS.

El continuo avance del secularismo en el mundo ha tenido un fuerte impacto en muchas iglesias protestantes. El concepto de matrimonio está siendo atacado y redefinido en muchos países de Europa y Norteamérica principalmente. El debate sociopolítico sobre los derechos LGBT ha dividido también a los diversos grupos protestantes, los cuales están redefiniendo el concepto mismo de matrimonio con el propósito de permitir las uniones del mismo sexo. Así, por ejemplo, en países como Alemania, la Iglesia Evangélica de Alemania (de tradición luterana) ha aprobado tanto el matrimonio como la ordenación de ministros homosexuales. Además de esta iglesia estatal, muchas iglesias luteranas, unidas y reformadas en otros países han estado bendiciendo las uniones del mismo sexo desde 2013. Una posición totalmente diferente tiene la Alianza Evangélica Alemana que representa denominaciones teológicamente evangélicas, incluyendo a Pentecostales, Bautistas, Hermanos y otros. Como es evidente, al menos en Alemania, el protestantismo está dividido en cuanto a este tema.

En Francia, el tema del matrimonio homosexual llevó a un conflicto entre la CNEF, conformada por iglesias evangélicas Bautistas, Pentecostales o de Hermanos entre otros que están en contra del matrimonio homosexual, y la Iglesia Protestante Unida de Francia, que en 2015 decidió bendecir parejas homosexuales.

En Norte América la cosa no es muy diferente. El consejo de gobierno de la Iglesia Unida de Canadá, permitió los matrimonios entre personas del mismo sexo en 2013, pero cada congregación debe individualmente, bajo su propio permiso y responsabilidad, tomar la decisión de celebrar bodas a nivel local.[8] Dentro del protestantismo estadounidense, el país con el mayor número de protestantes del mundo, existen amplias divergencias de argumentos entre las diferentes iglesias con respecto a las uniones gay. Entre las más importantes que realizan algún tipo de unión del mismo sexo se encuentran las siguientes:

  • La Iglesia episcopal en los Estados Unidos realiza una «bendición» a parejas del mismo sexo. Además, fue la primera del país en ordenar obispos homosexuales dentro de su congregación desde 2003.[9]
  • La Iglesia Unida de Cristo fue la primera iglesia cristiana de Estados Unidos en promover el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005. En 1972 fue la primera iglesia protestante en ordenar a un reverendo abiertamente gay y la primera ministra lesbiana.[10]
  • La Iglesia evangélica luterana en Estados Unidos permite el matrimonio gay, pero deja la libertad para que cada ministerio de la congregación decida si realizarlo o no, de acuerdo a la resolución de 2009.[11]
  • La Iglesia presbiteriana, que reformó su constitución sobre el matrimonio en marzo de 2015, definiéndolo como un «compromiso entre dos personas» y no «entre un hombre y una mujer», de esta manera reconoció oficialmente el matrimonio gay.[12]

En Latinoamérica, la tendencia a imitar a las iglesias liberales de Estados Unidos, Canadá y Europa es innegable. Muchas iglesias en países como México, Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Uruguay, han dado pasos para la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Sin embargo, a pesar de las corrientes e ideologías de moda, la Biblia define el matrimonio gay como una perversión del modelo original. En el diseño original, el matrimonio fue creado como una unión heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24).  A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.

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MATRIMONIO, DIVORCIO Y SEGUNDAS NUPCIAS.

En la iglesia de los primeros siglos se nota un fuerte énfasis antidivorcista. Algunos permitían el divorcio en caso de inmoralidad sexual. Jerónimo afirma: “Mandó el Señor que no se repudie a la mujer, excepto por razón de fornicación, y de haber sido repudiada, ha de permanecer innupta, ahora bien, lo que se manda a los varones, lógicamente también se aplica a las mujeres. Por lo que no sería lógico repudiar a la mujer y tener que soportar al marido. Si ‘el que se une con una ramera, se hace un solo cuerpo con ella’ (1 Cor. 6:16), luego por el mismo caso, la que se une con un disoluto se hace con él un solo cuerpo (…), entre nosotros lo que no es lícito a la mujer, tampoco es lícito al varón. Podría más fácilmente ser aceptado contraer una especie de sombra del matrimonio, que vivir como ramera bajo la gloria de ser mujer de un solo marido.”[13]

En la iglesia de la edad media, la posición está dividida. Por un lado, la iglesia católica de Roma era muy rigurosa, y, por otro lado, la iglesia griega (Constantinopla) contemplaba excepciones y concesiones para permitir el divorcio en algunos casos. Con respecto al divorcio, Tomas de Aquino sigue los lineamientos de Jerónimo de que el uso del sexo debe ser restringido al matrimonio, cuando el propósito que lo impulsa es el de la procreación, y da a entender que una relación sexual que busque otro fin se convierte en una relación pecaminosa que no ayuda a cultivar la vida espiritual cristiana. Con respecto al divorcio, dice: “en cualquiera de los casos, dígase fornicación o adulterio, queda en manos de los cónyuges el tomar una determinación respecto a su separación, de uno u otro modo la posibilidad de contraer matrimonio por segunda vez queda prohibida, ya que el consorte que se casa de nuevo incurre en pecado de adulterio, mientras su cónyuge viva.”[14] Otra causa en la que está de acuerdo Tomas es que el no pagar el débito conyugal es causa de separación, pero impide que se vuelvan a casar por la razón antes dicha.[15]

Los reformadores, por lo general, estaban de acuerdo con el divorcio sólo en caso de inmoralidades sexuales y por abandono injustificado del hogar. Por ejemplo, Martin Lutero afirmaba que el divorcio debía ser aplicado en caso de adulterio, y sugería a las autoridades civiles castigar con pena de muerte al adúltero, ‘por eso mandó Dios en la ley que los adúlteros fuesen apedreados’. Otra forma de divorcio según Lutero, es cuando uno de los cónyuges se niega al otro; es decir, no hay relación sexual entre ellos, lo esquiva y no permanece a su lado.[16] De este modo, la reforma de Lutero permitió romper el velo de la indisolubilidad del matrimonio.

Aunque la Reforma quitó el velo de la indisolubilidad del matrimonio, muchas iglesias hoy día, sobre todo en Latinoamérica, niegan toda posibilidad de divorcio independientemente las razones o el porqué de este. Muchas incluso retiran la mano de confraternidad a creyentes divorciados o, cuando menos, excluyen del ministerio pastoral y el diaconado a aquellos hombres divorciados y casados por segunda vez. Ante esto nos preguntamos: ¿Qué dice realmente la Biblia acerca del divorcio y la posibilidad de contraer segundas nupcias?

Jesús enseñó que el divorcio y el segundo matrimonio, sin bases bíblicas, es adulterio.  Constituye pecado contra el pacto del primer matrimonio (Mateo 5:32; 19:9; Marcos 10:11,12; Lucas 16:18).  Es aparente que Jesús en estos pasajes habla a quienes deliberadamente inician el divorcio sin tener bases bíblicas para ello. No obstante, Jesús incluyó una cláusula de excepción a favor del cónyuge inocente. “Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación (porneia), hace que ella adultere” (Mateo 5:32; véase también Mateo 19:9).  Esto indica que una persona casada que se divorcia de su cónyuge que comete inmoralidad sexual no hace que éste adultere, porque el ofensor ya es culpable de adulterio, y el cónyuge contra quien ha pecado no comete adulterio al volver a casarse.

Ahora bien, el uso de la palabra griega para “fornicación” en este pasaje es porneia, que en este contexto por cierto incluye adulterio (una porne era una prostituta). No obstante, porneia es un término amplio para varias formas de inmoralidad sexual, generalmente habitual, tanto antes como después del matrimonio (Marcos 7:21; Hechos 15:20; 1 Corintios 5:1; 6:18; Gálatas 5:19; Efesios 5:3; 1 Tesalonicenses 4:3).  Al expresar las excepciones, Mateo no usó moicheia, el sustantivo griego por adulterio. Mateo usa porneia en 5:32 y 19:9 para traducir la palabra hebrea ‘erwâ (“alguna cosa indecente”) que se halla en Deuteronomio 24:1. Este pasaje del Antiguo Testamento era el fundamento de la enseñanza de Jesús y su discusión con los fariseos. El significado original de ‘erwâ tiene que ver con “descubrir” y “exponer”, entre otras cosas, la desnudez (Génesis 9:22,23). De modo que la “cosa indecente” de Deuteronomio 24:1 aparentemente era una forma de inmoralidad sexual, o indecencia, pero no adulterio (por lo cual el adúltero hubiera sido apedreado; de acuerdo con Deuteronomio 22:22). El término parece incluir deliberadamente una variedad de prácticas inmorales, muy probablemente aquellas contenidas en el Código de Santidad de Levítico 18, el cual condena los actos sexuales como incesto, adulterio, homosexualidad, y bestialidad. Todos ellos justificarían el divorcio entre creyentes. Debe notarse, por supuesto, que esta excepción no debe considerarse como mandato de poner fin a un matrimonio afectado por una trágica indiscreción, cuando éste pudiera restaurarse.[17]

Pablo también incluyó una excepción a favor del cónyuge inocente. En caso de que el cónyuge incrédulo no estuviera dispuesto a vivir con su pareja convertida al evangelio, Pablo aconseja: “Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios” (1 Corintios 7:15). “No sujeto a servidumbre” es una expresión fuerte que aparentemente significa que se otorga libertad al creyente. Por tanto, el significado parece ser que el creyente está en libertad de volver a casarse. Pablo, sin embargo, disuade el segundo matrimonio por el bien del ministerio al Señor.  “¿Estás libre de mujer? No procures casarte. Mas también si te casas, no pecas” (1 Corintios 7:27,28). Toda persona divorciada que considera en segundo matrimonio debe recordar las instrucciones de Pablo a las hijas vírgenes de Corinto: “con tal que sea en el Señor” (1 Corintios 7:39).

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CONCLUSIÓN.

¿A qué conclusiones llegamos entonces en relación con el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Un cuidadoso estudio de las Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento destacan los siguientes principios respecto al divorcio y segundo matrimonio:

  • Se requieren dos especies, hombre y mujer, para completar la imagen divina del género humano. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). El hombre la mujer no pueden procrear solos la raza humana y cumplir los propósitos divinos. La manera en que Dios creó a los seres humanos para que vivieran en la tierra y la forma en que los unió indican que su intención fue que el hombre y la mujer vivieran el uno para el otro (Génesis 2:22-24). El matrimonio debe ser consumado sexualmente. Por orden del Creador, el primer hombre y la primera mujer debían ser “una sola carne” con el fin de procreación, unión, y mutuo contentamiento en una segura y amorosa relación (Génesis 2:24). Jesús mismo reiteró este propósito divino (Mateo 19:4,5) y Pablo instruyó a los esposos cristianos a que fielmente y con regularidad cumplieran mutuamente con sus obligaciones sexuales (1 Corintios 7:3-5).
  • El matrimonio debe ser heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea una unión permanente. El hombre debe dejar el hogar de sus padres y unirse a su mujer, para ser “una sola carne” con ella (Génesis 2:24). Tanto Jesús (Matero 19:5) como Pablo (Efesios 5:31) citaron este pasaje de Génesis como premisa fundamental para el matrimonio.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea monógamo. En el establecimiento del matrimonio las obras del Creador se centran en un hombre y una mujer. El orden mismo del matrimonio (Génesis 2:24) se dirige a una pareja monógama; nótese la forma singular de “hombre” y “mujer”. Por supuesto, se daba la poligamia en la era del Antiguo Testamento. El primer caso fue en el linaje de Caín (Génesis 4:19), seguido de muchos ejemplos en el Antiguo Testamento, incluidos algunos de los patriarcas. Pero no se exalta la poligamia como algo ideal. En forma indirecta los escritores del Antiguo Testamento critican la poligamia, en que muestran los conflictos que resultan (Génesis 21:9,10; 37:2-36; 2 Samuel 13-18). Los pasajes que idealizan el matrimonio normalmente se refieren a un marido y una mujer (Salmo el 128:3; Proverbios 5:18; 31:10-29; Eclesiastés 9:9). Al hablar de “hombre” y “mujer” en singular, y de que “los dos” serán una sola carne (Mateo 19:5,6), Jesús también reconoció que el ideal de Dios desde el principio era la monogamia.  No hay referencia a la poligamia como práctica de la iglesia primitiva; y en cualquier caso, sería proscrito por Pablo a los1íderes en su referencia a “marido de una sola mujer” (1 Timoteo 3:2,12; Tito 1:6).
  • El matrimonio es un pacto, un solemne acuerdo de vinculación hecho primero ante Dios y después ante los hombres. La naturaleza del matrimonio como pacto se da a entender claramente en la institución del matrimonio en Génesis 2:24 y se hace más explícita en Malaquías 2:14: “Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto”.
  • El matrimonio es el cimiento de la familia, en términos de procreación y de crianza. Lo ideal es que los niños nazcan en una familia intacta con ambos padres presentes. Estos dos padres deben ser los primeros en proveer la crianza. Este orden de vida familiar se observa a través de la Biblia, con énfasis particular en la crianza de los hijos, sobre la base de pasajes como Deuteronomio 6:1-9; Malaquías 2:15; y Efesios 6:1-4. El propósito de Dios, sin embargo, no garantiza que el pecado no dividirá y distorsionará a muchas familias que, en tales casos, no deben ser despreciadas, tomadas en poco, o descuidadas, sino que deben recibir apoyo con sabio consejo y amorosa comunión.
  • Es imperativo en tiempos como estos que la iglesia cristiana clarifique, enseñe, y fielmente cumpla lo que la Biblia dice acerca del matrimonio. La Iglesia también debe expresar la posición bíblica respecto del divorcio y un segundo matrimonio, lo cual ocurre con demasiada frecuencia cuando uno de los cónyuges, o ambos, abandonan sus compromisos y sus responsabilidades ético-cristianas.

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REFERENCIAS:

[1] Merrill C. Tenney, “Pacto”, Dicccionario Bíblico Mundo Hispano (El Paso, Texas: EMH, Casa Bautista de Publicaciones, 1997), p. 914.

[2] A. Millard, «Matrimonio», Diccionario Bíblico Abreviado, 3.ª ed., Editorial Verbo Divino-Ediciones Paulinas, Estella (Navarra)-Madrid, 1993, p. 213.

[3] Tertuliano, Ad uxorem, II:9.

[4] Ignacio de Antioquía, A Policarpo, 5,2.

Tertuliano, Ad uxorem II:8,6.7.9.

[5] Dámaso (Gallaecia, Galicia, actual España, 3041​ – Roma, 11 de diciembre, 3842​), obispo de Roma desde el año 366 hasta su muerte, en el año 384. Es reconocido principalmente por introducir en la liturgia cristiana el uso de la voz hebraica «Aleluya», así como por ordenar la traducción de la Biblia al latín, conocida como la «Vulgata».

[6] El Ambrosiaster o Ambrosiastro («pseudo-ambrosio») es un libro anónimo, conocido con tal nombre a partir de Erasmo, que contiene un importante comentario a las cartas de Pablo. Fue atribuido durante siglos a un tal Ambrosio de Milán, bajo cuyo nombre aparece en los códices; sin embargo, su verdadero autor no puede ser señalado con certeza, ni siquiera con firme probabilidad.

[7] Schuetze Armin, Habeck Irwin, El Pastor bajo Cristo, Manual de Teología Pastoral, Northwestern Publkishing House, Milwaukee, Wisconsin, 1992.

[8] Iglesia Unida de Canadá (24 de junio de 2013). «Sexual Orientation – The United Church of Canada» (en inglés). United-church.ca. Archivado desde el original el 11 de agosto de 2013. Consultado el 24 de marzo de 2017.

[9] «La Iglesia Episcopal “bendice” las bodas gay». Protestantedigital.com. 11 de julio de 2012. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[10] «Marriage Equality» (en inglés). Ucc.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[11] «What Do Lutheran Churches Say?». Marriage Matters (en inglés). Reconcilingworks.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[12] Regan, Helen (18 de marzo de 2015). «Presbyterian Church Votes to Recognize Same-Sex Marriage». U.S. Faith (en inglés). Time. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[13] Jerónimo, Cartas de San Jerónimo I, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1962, p. 169.

[14] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[15] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[16] Ricardo García Villoslada, Martin Lutero I, El fraile hambriento de Dios, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1976, p. 56.

[17] CEAD, El Divorcio y Segundo Matrimonio, Manual de Doctrinas y Prácticas Fundamentales (San Salvador: CEAD, 2015), pp. 25-27.

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