Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

El cristiano y su ética de trabajo.

Por: Fernando E. Alvarado.

¿Has consumido alguna vez un producto de la marca Starbucks o visitado alguno de sus locales? Muy probablemente sí. Pero, ¿Sabías que el primer local con el nombre Starbucks se abrió en Pike Place Market, Seattle, en 1971? Quizá no, a menos que seas un fanático del café como yo. La empresa Starbucks fue obra de tres socios: el profesor de inglés Jerry Baldwin, el profesor de historia Zev Siegel, y el escritor Gordon Bowker, inspirados por el empresario cafetero Alfred Peet, el mismo que acostumbró a los estadounidenses a consumir el café en taza en lugar de en lata. Peet les enseñó su estilo de tostado antes de abrir su primer establecimiento. Originalmente, su actividad se centraba en la venta de café en grano y molido para el consumo en casa. Pero Starbucks estaba destinado a ser más que eso. En 1982 Howard Schultz se incorporó a la empresa, contratado como director de operaciones y marketing de Starbucks cuando tenía sólo cuatro tiendas. Un año más tarde, en 1983, Schultz viajó a Italia, cautivado por la tradición de sus cafeterías. Schultz regresó de Italia con la visión de trasladar este modelo de establecimientos a América. En su autobiografía Schultz nos cuenta: “Mi conclusión fue que no solamente serviríamos cafés, sino que crearíamos un ambiente en el que la intimidad de la relación con el espacio y la experiencia del café pudiera cobrar vida.” Pero sus nuevas ideas no fueron bien recibidas. Los socios rechazaron la propuesta por no considerarla alineada con los objetivos de la empresa y por la convicción de que el café se debía preparar en casa. Pero, lejos de renunciar a su visión, Schultz decidió abandonar la empresa y montar su propia cadena de cafeterías con el nombre de Il Giornale. En 1987, contaba ya con una pequeña red de tres establecimientos. Finalmente, tras años de negociación, en 1987 consiguió convencer a varios inversores para comprar la compañía y crear un local en el que se creara un ambiente familiar para tomar café. Schultz compró, a sus antiguos jefes, la cadena que habían creado, fusionó todo bajo la marca de inspiración marinera y es entonces cuando nace la verdadera Starbucks, el nombre de uno de los personajes de la novela Moby Dick. En sólo 5 años consiguió abrir 161 tiendas propias y a partir de 1990 fue plenamente rentable. ¡Increíble! ¿No lo crees?

EL CRISTIANO: LLAMADO A SER DILIGENTE.

Quizá te preguntes: ¿A qué se debió el éxito de Schultz? ¿Cuál fue la clave de su triunfo? La Biblia nos da la respuesta a esta pregunta: “El perezoso ambiciona, y nada consigue; el diligente ve cumplidos sus deseos.” (Proverbios 13:4, NVI). Así es, ¡La diligencia es la clave! Dios valora inmensamente la diligencia. Leemos en Proverbios 12:27: “…haber precioso del hombre es la diligencia”. Y Proverbios 21:5 lo amplifica: “Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia”. La negligencia, por otro lado, es el camino seguro a la pobreza: “Pobre es el que trabaja con mano negligente, mas la mano de los diligentes enriquece.” (Proverbios 10:4, LBLA). Schultz entendió esto a la perfección y, aunque comenzó como un simple empleado en Starbucks, su diligencia y trabajo duro lo llevaron a ser el dueño de la empresa en la que una vez entró como un asalariado más, pues entendió que “el de manos diligentes gobernará; pero el perezoso será subyugado.” (Proverbios 12:24, NVI)

Todos anhelamos sobresalir en algo, ¿O no? Todos tenemos sueños. Todos queremos ser cabeza y no cola. Todos queremos triunfar pero ¿Estamos dispuestos a trabajar duro por lograrlo? ¿O nos conformamos con aplicar la ley del mínimo esfuerzo en todo lo que hacemos? Ciertamente, la pereza y la ociosidad desagradan a Dios, pues Él busca la excelencia, no la mediocridad. Muchos, sin embargo, soñamos con alcanzar el éxito sin tener que mover un dedo. Queremos que Dios nos lo conceda tan solo con pedirlo, pero ¡Eso jamás pasará! La diligencia y la fe son dos caras de un misterio. Ambas deben estar presentes si hemos de lograr el éxito espiritual o material. Muchos frecuentemente pasan por alto esta combinación. Son demasiados los cristianos que adoptan una actitud pasiva esperando que Dios los mueva y los prospere de la nada. Anhelan un éxito que venga sin esfuerzo. Muchos nunca hacen nada grandioso para Dios, o para su propio bienestar material, porque jamás aceptan el reto. Sin embargo, en 2 Pedro 1:5 se nos exhorta a obrar “con toda diligencia” (LBLA), pues nunca lograremos el éxito si nos limitamos a ser meros espectadores. La fe no anula la necesidad del esfuerzo personal para alcanzar el éxito. Por eso la Biblia nos llama a la diligencia, al esfuerzo, al celo, a lanzarse a la acción y a no cesar. ¿Por qué? Porque los perezosos y negligentes, los que aspiran a algo menos que la excelencia, nunca lograrán nada. O por lo menos, nada bueno.

ELIMINEMOS LA MALDICIÓN DE LA PEREZA.

¿Quieres triunfar en esta vida? ¿Quieres sobresalir en lo académico o en lo laboral? ¡Comienza por eliminar la pereza y la negligencia de tu lista de atributos! Quizá no te hayas dado cuenta de ello, pero la Biblia tiene mucho que decir acerca de este tema. Los Proverbios, especialmente, están llenos de sabiduría concerniente a la pereza y advertencias a la persona perezosa y negligente. Ellos nos dicen que una persona perezosa odia el trabajo: “El deseo del perezoso le mata, porque sus manos no quieren trabajar” (21:25); le encanta dormir: “Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama” (26:14); da excusas: “Dice el perezoso: El león está en el camino; el león está en las calles” (26:13); desperdicia tiempo y energía: “También el que es negligente en su trabajo, es hermano del hombre disipador” (18:9); él cree que es sabio, pero es un tonto: “En su propia opinión el perezoso es más sabio que siete que sepan aconsejar” (26:16). Tan solo piensa: Si la Biblia condena tan rotundamente la pereza y la negligencia ¿Acaso no deberíamos los cristianos ser laboriosos y diligentes? Un antiguo himno protestante nos recuerda:

¡Alerta! Y haz algo más que soñar de celeste mansión.
Por el bien que hacemos paz siempre tendremos,
y gozo y gran bendición.

No la dejes pasar; ya debes actuar.
Haz algo sin demorar.
Es noble y grande a otros servir;
hay mérito en trabajar.
Sólo el que trabaja se siente feliz,
y Dios le recompensará.

(¿En el mundo he hecho bien?, Will L. Thompson, 1847–1909)