Antinomianismo, Ética Cristiana, Ley de Dios

El cristiano y la ley de Dios

Por Fernando E. Alvarado

¿Por qué fue dada la Ley? ¿Cómo nos afecta hoy en día? ¿Estamos obligados a guardar la Ley? Estas preguntas han intrigado a muchos creyentes desde los inicios de la iglesia. A grandes rasgos, podemos decir que los cristianos no tenemos obligación alguna de guardar la Ley de Moisés. Para empezar, esta ni siquiera fue dada a la iglesia, sino a la nación de Israel. ¿Con qué propósito? Algunas de las leyes del sistema mosaico fueron dadas para que los israelitas supieran cómo obedecer y agradar a Dios (por ejemplo, los Diez Mandamientos). Otras eran para mostrarles cómo adorar a Dios y cómo pagar por el pecado (el sistema de sacrificios). Otros mandatos fueron dados para hacer a los israelitas diferentes de otras naciones (las reglas de alimentación y vestimenta). No obstante, ninguna de las leyes del Antiguo Testamento se aplica a nosotros hoy. Cuando Jesús murió en la cruz, puso fin a la ley del Antiguo Testamento (Romanos 10:4; Gálatas 3:23-25: Efesios 2:15).

¿Significa esto que los cristianos estamos libres de toda restricción moral? ¿Constituye el nuevo pacto una licencia para pecar? ¡En ninguna manera! Aunque los cristianos no estamos bajo la Ley del Antiguo Testamento, los cristianos sí estamos bajo la ley de Cristo (Gálatas 6:2) esto es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37-40). Para nosotros, hacer estas dos cosas, equivale a cumplir con todo lo que Cristo quiere que hagamos. El Señor mismo lo dijo: “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:40). Ahora bien, esto no significa que la ley del Antiguo Testamento sea irrelevante hoy en día. Muchos de los mandamientos de la ley del antiguo testamento pertenecen a las categorías de “amar a Dios” y “amar al prójimo”. La ley del Antiguo Testamento puede ser una buena guía para saber cómo amar a Dios y saber lo que implica amar al prójimo.

Al mismo tiempo, debemos tener claro que afirmar que la ley del Antiguo Testamento se aplica a los cristianos hoy en día (tal como lo enseñan algunas sectas cristianas y grupos judaizantes) es incorrecto. La ley del Antiguo Testamento es un conjunto (Santiago 2:10). O se aplica en su totalidad, o nada de la ley se aplica. Si Cristo cumplió parte de la ley, como el sistema de sacrificios, entonces la cumplió toda. ¿Significa esto que podemos ver con desprecio la Ley de Dios? No.

Como hijos de Dios la importancia de la Ley de Dios es grande para nosotros ya que, sin ella, ni la gracia ni la misericordia de Dios nos salvarán el día del Juicio. La salvación y la Ley de Dios se relacionan íntimamente porque, aunque la Ley no salva, sí actúa como un espejo que nos permite ver la suciedad del pecado que hay en nosotros. Esa es la importancia de la Ley de Dios, que nos permite ver nuestras debilidades y nuestra condición de pecado ante un Dios Santo y Justo que no lo tolera. Aunque no tiene poder para salvarnos, la Ley es una herramienta importante para conocer el pecado, un pecado que sin ella no tendría ningún sentido. Pablo lo dijo: “Yo no conocí el pecado sino a través de la ley” (Romanos 7:7).

Es imposible saber lo que es malo si antes alguien no nos muestra que está mal. Y ese es el único propósito de la Ley. Aunque solemos llamarla Ley de Moisés, la Ley tiene a Dios por autor, la santidad por tema y la revelación de los corazones malos e impíos por propósito. Pero ¿Quiénes son los malos e impíos? Según la Biblia todos lo somos, porque el mismo Jesucristo dijo que el único bueno es Dios. Es por eso que, ni aunque quisiéramos cumplir con toda la Ley (y la verdad es que nuestra naturaleza caída nunca quiere hacerlo), esto no nos alcanzaría jamás para merecer la salvación, porque tenemos una condición pecaminosa:

“¡Camada de víboras! ¿Cómo podéis hablar cosas buenas siendo malos?” (Mateo 12:34, LBLA)

No somos salvos por obras sino por el sacrificio de Jesús quien pagó la deuda, limpiándonos de todo pecado y haciéndonos justos ante Dios. Pero sin la existencia de la Ley no podríamos ver nuestra propia culpa ni estaríamos conscientes de pecado. La Ley es el espejo que refleja nuestro pecado y nos condena irremediablemente ante Dios, mostrándonos que necesitamos ayuda para no sucumbir, es la que nos permite comprender la necesidad de un Salvador. Es nuestro “ayo” para llevarnos a Cristo (Gálatas 3:24), la única solución al problema del pecado.

La Ley de Dios es importante porque nos enfrenta a una realidad que de otro modo no conoceríamos, nuestra ruina moral y espiritual, la realidad del pecado que hay dentro de nosotros, para poder arrepentirnos, confesar nuestras faltas y pedir perdón a Dios, reconociendo a Jesucristo como el Salvador, el único Salvador que nos puede llevar a la vida eterna. Pero al reconocer a Jesucristo como Salvador, estamos aceptando su soberanía y total potestad sobre nuestra vida. Significa que a partir de ese momento nuestra vida le pertenece a Él, que debemos seguirlo y obedecerlo ciegamente, dejando el pecado atrás y buscando “la santidad, sin la cual nadie verá a Dios”, como lo dice en Hebreos 12:14.

¿Pierde entonces vigencia la Ley para nosotros? Por el contrario, es cuando más debemos cumplirla: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). Si estudiamos cuidadosamente el Nuevo Testamento descubriremos que nueve de los Diez Mandamientos son repetidos bajo el Nuevo Pacto, tanto en los Evangelios como en las Epístolas. Sí, leíste bien: Nueve de los Diez Mandamientos (excepto el mandato de observar el Día de Reposo) son repetidos como una obligación moral para los creyentes del Nuevo Pacto. La instauración del Nuevo Pacto nunca pretendió volver inútil la Ley de Dios, más bien nos permite descubrir su verdadero propósito, el cual es convencer a pecadores arrogantes (y que se creen perfectos) de su incapacidad para guardar la ley y apuntarles a su necesidad de Jesucristo como Salvador (Romanos 7:7-9; Gálatas 3:24). Obedecer los mandamientos de Dios, por otro lado, sigo siendo requerido de cada uno de nosotros.

¿Cómo? ¿Y entonces qué ha cambiado? Que ya no lo hacemos para querer ganar la salvación o para merecerla, sino como respuesta a tan preciado regalo de Dios, para honrarlo, como un acto de amor y gratitud. Además, porque Dios nos exige santidad y obediencia porque habrá un juicio para todos, en el cual tendremos que rendirle cuentas a Dios por todas nuestras obras. Romanos 2:12-13 lo afirma:

“Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.”

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