Hedonismo, Pluralismo Religioso, Postmodernidad, Relativismo, Vida Cristiana

Fe cristiana, pluralismo y postmodernidad

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En su sentido positivo, el término “pluralismo religioso” es usado para referirse a la concepción de una relación pacífica entre las diferentes religiones. El pluralismo religioso auténtico no pretende que todas las religiones sean iguales. El verdadero pluralismo reconoce la diversidad, la diferencia, el derecho a pensar de otra manera, la alteridad. Por eso acepta que distintas religiones tengan pretensiones diferentes de verdad. En este sentido, el verdadero pluralismo religioso se opone tanto a la imposición violenta de una religión como al intento de reducir todas las religiones a un mínimo común a todas ellas. Desde esta perspectiva, el pluralismo religioso garantiza en cierta medida el libre ejercicio de la fe, cualquiera que esta sea.

El principio del pluralismo religioso es definido en el Diccionario del Español Jurídico como (1) la libertad en el seno de una sociedad democrática para adscribirse, o no, y practicar, o no, una religión; (2) neutralidad, respeto y tolerancia de un Estado a las convicciones religiosas; (3) libertad religiosa y de culto de los individuos y comunidades y (4) neutralidad religiosa del Estado y de sus instituciones.[1]

¿Qué significa todo esto para el cristiano? ¿Cómo afecta el pluralismo religioso nuestra interpretación de la Gran Comisión? ¿Es el principio del pluralismo religioso tan bueno como parece? ¿Qué nos dice la Biblia al respecto? Ese es el asunto que trataremos a continuación.

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CRISTIANISMO, GOBIERNOS HUMANOS Y PLURALISMO RELIGIOSO

Con base en el principio bíblico de sujeción a la ley terrenal, enseñado por Pablo en Romanos 13, los cristianos creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley. Lo cual incluye el principio del pluralismo religioso. Por tal razón, creemos que ningún gobierno puede existir en paz, a menos que se formulen y se conserven invioladas las leyes que garanticen a cada individuo el libre ejercicio de la conciencia. Creemos que la religión cristiana fue instituida por Dios y que Jesucristo es el único camino al Padre; sin embargo, creemos que esta no puede ni debe ser impuesta ni forzada en su ejercicio, y que los hombres son responsables ante Dios, y ante él solamente, por el ejercicio de ella, a no ser que sus opiniones religiosas los impulsen a infringir los derechos y libertades de los demás; pero no creemos que las leyes humanas tengan el derecho de intervenir, prescribiendo reglas de adoración para sujetar la conciencia de los hombres, ni de dictar fórmulas para la devoción pública o privada; que el magistrado civil debe restringir el crimen, pero nunca dominar la conciencia; debe castigar el delito, pero nunca suprimir la libertad del alma. Creemos que todo gobierno tiene el derecho de establecer leyes que a su propio juicio estime que son las que mejor garanticen los intereses públicos; al mismo tiempo, sin embargo, conservando sagrada la libertad de conciencia.

Como ciudadanos de una democracia, los cristianos reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen. Sin embargo, esto no significa que aceptemos el principio del relativismo religioso, el cual afirma que todas la religiones son buenas e igualmente válidas como caminos para llegar a Dios. Creemos más bien que “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los seres humanos, Jesucristo hombre. Él dio su vida en rescate por todos. Este es el mensaje que Dios, a su debido tiempo, dio a conocer al mundo. Y [hemos] sido puesto[s] como predicador[es]… para enseñar esta verdad” a todas las naciones (1 Timoteo 2:5-7, NBV).

Creemos que los gobernantes, estados y gobiernos tienen el derecho y la obligación de instituir leyes para la protección de todo ciudadano en el libre ejercicio de su creencia religiosa; sin embargo, no creemos que tengan el derecho, en justicia, de privar a los ciudadanos de este privilegio, ni proscribirlos por sus opiniones, cualquieras que sean, en tanto que se manifieste consideración y reverencia para con las leyes, y tales opiniones religiosas no justifiquen la sedición ni la conspiración. Como Creyentes en Cristo, creemos que es justo predicar el evangelio a las naciones de la tierra y amonestar a los justos a salvarse de la corrupción del mundo; por lo tanto, nos negamos a cesar, en nombre del pluralismo religioso, con nuestros misioneros y evangelísticos entre aquellos que profesan otra religión. Es nuestro deber y nuestro privilegio predicar la única verdad que salvará a los individuos y a las naciones de la tierra:

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16, RVR1960).

“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:11-12, RVR1960).

Nuestra afirmación sobre la exclusividad de la fe cristiana choca frontalmente y se opone a toda forma de sincretismo y ecumenismo; sin embargo, no busca en ninguna forma la confrontación, el desprecio o la persecución de otras fe. Creemos más bien en el diálogo interreligioso como una fuente de interacción positiva, cooperativa y constructiva entre personas de diferentes tradiciones o creencias religiosas o espirituales. No buscamos la fusión o asimilación de doctrinas distintas sin coherencia sustancial, sino más bien la promoción del entendimiento entre las diferentes religiones para aumentar la aceptación de los demás, lo cual es esencial en una sociedad democrática, multicultural y multiétnica como la nuestra. Tampoco fomentamos la unidad artificial entre los cristianos y personas de otras religiones traicionando, en la mayoría de los casos, los elementos fundamentales de la fe bíblica. Buscamos, más bien, y en concordancia con Mateo 7:12, un trato recíproco constructivo entre las religiones o movimientos espirituales que no tienen una raíz cristiana en común. Esto sin traicionar y defendiendo siempre “la fe que Dios ha confiado una vez y para siempre a su pueblo santo” (Judas 1:3, NTV).

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¿ES EL PLURALISMO RELIGIOSO CONTRARIO A LA FE CRISTIANA?

Principios como el reconocimiento de la diversidad, la diferencia, el derecho a pensar de otra manera y la alteridad, son elementos positivos del pluralismo religioso imperante en una sociedad democrática. Dichos elementos son aceptados y defendidos por la mayoría de los cristianos sin discusión alguna. De hecho, los cristianos (y particularmente los protestantes) deberíamos ser los primeros en defenderlos. ¿Por qué? Porque nuestra misma historia y orígenes así lo exigen.

Por ejemplo, jamás debemos olvidar que los Padres Peregrinos (Pilgrim Fathers) decidieron emigrar, primero a Leiden (Holanda) en 1609 y luego al Nuevo Mundo en 1620, huyendo de las persecuciones e intolerancia religiosa imperante en la Europa de la época. De igual forma Miguel Servet, el científico español que proclamó en el siglo XVI que ninguna autoridad eclesiástica o civil tiene derecho a imponer sus creencias ni a limitar la libertad de cada uno a tener y exponer las propias (y quien también escribió la primera descripción de todo Occidente de la circulación menor de la sangre) fue ejecutado en Ginebra por iniciativa de Juan Calvino, uno de los padres de la Reforma Protestante. Asimismo, católicos, calvinistas y luteranos por igual persiguieron a los anabaptistas en su intento por hacerlos desistir de la práctica del bautismo en personas adultas. También es digo de destacar que, tras el infame Sínodo de Dort, Johan van Oldenbarnevelt y otros dirigentes principales del arminianismo fueron ejecutados, mientras que otros muchos, entre los que se encontraban Hugo Grocio y Simón Episcopius, tuvieron que exiliarse. Todo esto en nombre de la “sana doctrina” y la “exclusividad de la fe cristiana”. Los protestantes, pues, debemos defender a cada y espada el principio de la libertad de conciencia y el pluralismo religioso en toda sociedad libre y democrática. Hasta que el Reino de Dios sea instaurado plenamente sobre la tierra no existe mejor opción que esta.

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LOS PELIGROS DEL PLURALISMO POSTMODERNO PARA LA IGLESIA DEL SIGLO XXI

Ahora bien, aunque el principio del pluralismo religioso busca salvaguardar la libertad de conciencia y la igualdad de todos ante la ley, no todo los aspectos del pluralismo religioso postmoderno son compatibles con la fe cristiana. El principio del pluralismo (como todo aquello que es bueno, pero puesto en manos de seres caídos) ha sido llevado y manipulado más allá de los límites lógicos. Lo que fue creado para dar libertad está conduciendo a muchos a una verdadera esclavitud espiritual y al error, comprometiendo la salvación eterna de las almas de los hombres.

Y es que hasta las buenas intenciones se corrompen en manos de un hombre caído: Lo que fue ideado para proteger de la persecución a los grupos religiosos minoritarios terminó convirtiéndose en una dictadura ideológica en la cual toda afirmación de verdad absoluta no es tolerada, todo intento evangelizador es mal visto y cualquier afirmación de la exclusividad de Jesucristo como único Mediador entre Dios y el hombre es vista como ofensiva y sospechosa. En lugar de amar la verdad, el hombre ha creado una nueva religión pluralista, ecuménica, sincrética y relativista. En su intento por no ofender “a nadie”, el mundo ha elegido ofender a los cristianos y al Dios de estos.

Muchos creen hoy en un gran abanico de posibilidades, aunque estás no tengan mucho sentido. Aunque el ateísmo, el racionalismo y el humanismo secular trataron de destruir en el hombre la fe y la creencia en un poder superior, eso jamás funcionó. La naturaleza religiosa del hombre se impuso una y otra vez, pues Dios “puso además en la mente humana la idea de lo infinito, aun cuando el hombre no alcanza a comprender en toda su amplitud lo que Dios ha hecho y lo que hará” (Eclesiastés 3:11, DHH). Sí, el escepticismo que caracterizó la edad moderna logró desprender a muchos de su fe cristiana, pero nunca desarraigar del hombre su religiosidad.

¿Qué sustituyó entonces al Dios verdadero en el corazón del hombre? ¿Quién tomó su lugar? El escritor británico Chesterton decía: Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada. Ahora creen en cualquier cosa”.[1] Nuestra sociedad postmoderna cree en cualquier cosa: Brujería, duendes, fantasmas, horóscopos, numerología, extraterrestres, demonios que mueven objetos, reencarnación, estigmas, etc. ¡Lo que sea, menos en el Dios verdadero y Su Palabra!

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EL RELATIVISMO COMO FUNDAMENTO DEL PLURALISMO POSTMODERNISTA

Un postulado que refleja la actitud imperante, aunque absurda de nuestra época de pluralismo postmodernista afirma que: “Todas las religiones son igualmente buenas. Ninguna posee la verdad absoluta. Por lo tanto, podemos tomar los elementos positivos de cada una de ellas y desarrollar nuestra propia espiritualidad, sin necesidad de pertenecer a una religión organizada y creer en todos sus dogmas. Lo que cuenta es desarrollar nuestra dimensión espiritual, no adoptar un sistema rígido de creencias.” Tal forma de pensar, aunque puede sonar “progresista y libertaria”, no funciona en la práctica. De hecho, el fruto de dicha forma de pensar ha resultado tremendamente amargo y venenoso para las nuevas generaciones. ¿Por qué? ¿Cuál ha sido su fruto?

En la sociedad postmoderna en que vivimos, en donde todas las religiones son consideradas verdaderas e igualmente válidas para llegar a Dios, pero ninguna es considerada como la verdad absoluta, el concepto de bien y del mal desaparece y, consecuentemente, el concepto de pecado. Los jóvenes ya no se sienten culpables y, consecuentemente, el evangelio y el perdón que Dios otorga ya no son considerados como noticias buenas ni nuevas, mucho menos deseadas. Sin concepto de pecado la evangelización tradicional basada en la liberación del sentimiento de culpa desaparece. Hemos de hacer esfuerzos sobrehumanos para hacer que los jóvenes se sepan pecadores y experimenten pesar y culpa por sus malas acciones, a fin de liberarles posteriormente del sentimiento de culpa por medio del Evangelio. Por otra parte, es muy difícil orientarse en la vida cotidiana cuando no existen verdades ni valores absolutos, nos encontramos ante una generación que como indica el último versículo del libro de Jueces, vive como bien le parece. No es exagerado afirmar que nos encontramos ante la generación de jóvenes más desamparada de la historia. ¿Qué ha ocasionado esto? Muchos factores sin duda, pero el pluralismo postmodernista se destaca entre todos ellos. Este pluralismo se observa en la relativización de los valores y en la ambigüedad en materia de fe.

El relativismo se da en dos campos principales, el del conocimiento y el del comportamiento. En el primero de ellos afirma que no existen verdades absolutas y, en el caso improbable de que existieran, sería totalmente imposible para nosotros el conocerlas y distinguirlas. En el campo del comportamiento afirma que no existe un concepto absoluto del bien y del mal, lo correcto y lo incorrecto. La moralidad es una cuestión de gusto y opción personal. Lo que es bueno para ti puede no ser lo para mí y viceversa. Además, lo que hoy es bueno para mí puede dejar de serlo mañana porque han cambiado mis circunstancias y situaciones. El relativismo afirma que la verdad y el conocimiento son construcciones culturales. Esto quiere decir que una comunidad humana, a fin de poder convivir, se pone de acuerdo acerca de lo que para sus componentes será correcto e incorrecto, verdadero o falso. Es decir, llevan a cabo su propia construcción cultural. Ahora bien, otros grupos humanos que no han participado en la construcción de esta no se sienten obligados a vivir bajo esa determinada construcción social. Pueden existir, pues, tantas construcciones como grupos sin que sea posible distinguir entre falsedad y verdad, corrección o incorrección.

Color Run, Realidad y Percepción - Relativismo Lingüístico

La religiosidad actual es quizá uno de los elementos más contaminados por el pluralismo postmodernista. A través de los medios de comunicación de masas, las redes sociales, las revistas, libros y hasta en la escuela, los adolescente son bombardeados por una gran multiplicidad de creencias. Las sectas van en aumento, cada vez surgen más falsos mesías y movimientos religiosos, los cuáles buscan hacer constantemente proselitismo de diversas maneras para engrosar sus filas. Apoyados por los medios y apadrinados por importantes estrellas de Hollywood, grandes figuras del deporta o la riqueza petrolera de los países árabes, el Islam y las religiones orientales empiezan a crecer en muchos países de Latinoamérica.

En la postmodernidad el ateísmo y sus contradicciones van quedando en el olvido y un resurgimiento de la religiosidad parece tomar lugar entre los jóvenes. Las nuevas generaciones se están volviendo más religiosas en su búsqueda de los trascendente, pero no necesariamente en las formas tradicionales. Estas nuevas espiritualidades han dado lugar a un mundo donde coexisten la diversidad de ideas y comportamientos, donde el monopolio de la verdad no le pertenece a nadie. Donde el máximo valor es la tolerancia al otro, el respeto a la opinión y conducta ajena, por muy anormal que esta sea. El pluralismo, la variedad, la heterogeneidad, la distinción, la valoración de las diferencias, son algunas de las principales características de los tiempos en que vivimos. Para las nuevas generaciones las opciones religiosas son múltiples. No hay verdades absolutas todas son relativas, es decir, para quien las asuma es verdad y los demás debemos respetarlas. No hay una estructura o sendero a seguir. Cada uno labra su camino como bien le parece. Todo mundo se siente libre de poder escoger los valores que creamos más adecuados y correctos. Para muchos, la Biblia tiene poco o nada que decir al respecto. La vida se forma y administra según valores culturales y religiosos, pero “a la carta”, un poco de budismo, un poco de “Nueva Era”, un capítulo del Nuevo Testamento y un curso de meditación oriental. El problema del mundo postmoderno no es la ausencia de religión, sino la mezcla de varios elementos de religiones. Así pues, no es extraño que un joven que se autoidentifique como cristiano practique el yoga, la meditación trascendental, sea devoto creyente en la ufología, consulte horóscopos, conviva maritalmente con su pareja fuera del matrimonio, apoye la agenda LGBTI, la ideología de género o el aborto. Tampoco será raro ver al mismo joven cada domingo adorando en la iglesia al mejor estilo evangélico, tocar en el grupo de alabanza o participar activamente en los diversos ministerios de la iglesia.

Si para otras generaciones el cristianismo fue una verdad incuestionable, para las nuevas generaciones el cristianismo se convierte en una más entre muchas opciones. La fe pasa abruptamente de una situación de monopolio cultural a otra de libre mercado en la que tienen que competir con otras ideologías y cosmovisiones para ganar, no únicamente la lealtad y fidelidad de los de fuera, sino incluso de los de dentro de la institución eclesial. Es una situación de libre mercado y competitividad para la que no estamos acostumbrados los que siempre hemos operado en un mercado cautivo. El cristianismo se ve pues en franca actitud defensiva ante estilos de vida alternativos y agresivos que se comen su mercado tradicional. La postmodernidad es la era de la competencia y el libre mercado de las ideologías. ¿Cuáles son las implicaciones prácticas de esto? En términos prácticos significa que los jóvenes tienen a su disposición una multitud de estilos de vida alrededor de los cuales pueden armar su proyecto vital personal. El cristianismo es únicamente uno más y no es necesariamente percibido ni como el mejor ni el más gratificante ni el que conlleva mayor plenitud de vida.

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¿UNA NUEVA TOLERANCIA?

En el pasado la tolerancia significaba que reconocíamos el derecho de las personas a estar equivocadas (conocimiento) o incluso a vivir estilos de vida incorrectos (comportamiento). La tolerancia tradicional distinguía entre la persona y sus creencias y estilo de vida. La nueva tolerancia es sibilinamente diferente. Parte de la base de que todos los seres humanos son iguales, por tanto, todas las construcciones culturales de los seres humanos son igual de válidas. Al no existir verdades ni principios morales absolutos no hay manera humana de distinguir entre unas construcciones y otras, aunque estas sean diferentes, contradictorias o incluso incompatibles entre sí. Lo único que podemos hacer es respetarlas todas, valorar todas y suprimir cualquier tipo de crítica o juicio de valor sobre las mismas. La intolerancia se convierte pues en el mayor pecado social y el único ante el que se puede ser abiertamente intolerante. Nadie puede abrogarse el derecho de juzgar otras construcciones culturales, el mero hecho de hacerlo implicaría una superioridad moral que resulta intolerante. Sería asumir que el que juzga posee la verdad lo cual es una expresión de arrogancia intolerante.

La nueva tolerancia convierte al cristianismo en una cosmovisión intolerante, y lo hace por varias razones:

(1) En primer lugar, afirmamos tener la verdad absoluta, la Palabra de Dios.

(2) Segundo, queremos, por medio de la gran comisión, cambiar el estilo de vida de todo el mundo.

(3) Tercero, nos concedemos el derecho de juzgar los estilos de vida de los demás y considerarlos pecaminosos o inmorales.

Por otra parte, otro gran problema que plantea la nueva tolerancia es que al poner al mismo nivel todas las cosmovisiones todas quedan devaluadas y, por tanto, se hace mucho más difícil el mantener ningún tipo de compromisos, valores y principios. No hay ninguna razón para mantener un determinado estilo de vida más allá del hecho que me gusta o me siento identificado, pero, en el fondo, no es ni mejor ni peor que otro, tan sólo diferente.

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¿TOLERANCIA O SUICIDIO INTELECTUAL?

La tolerancia es fabulosa en el plano teórico y filosófico, es decir, cuando debemos de tratar con ella en el aséptico mundo de las ideas. Pero cuando bajamos al nivel de la vida cotidiana nos damos cuenta de que no es tan fácil ser tolerante y lidiar con cosmovisiones que desde el sentido común nos parecen barbaridades, pero, desde el punto de vista ideológico nos vemos obligados a tolerar. ¿Quién puede argumentar que el genocidio nazi fue algo incorrecto? ¿Por qué criticamos la mutilación genital femenina? ¿Quién somos nosotros para afirmar que son prácticas incorrectas? ¿Por qué, desde qué punto de vista? ¿Cuál es la base para afirmar que la pederastia es un delito? ¿Por qué si un adulto tiene relaciones sexuales con un menor de una determinada edad está bien y un mes antes es punible?

Lo mismo ocurre en el plano religioso. Afirmar que todas las religiones son opciones igualmente válidas e igualmente legítimas es cometer suicidio intelectual. Algunas personas piensan que da igual qué religión uno profese. “Al fin y al cabo, si solo hay un Dios todopoderoso —dicen—, todas las religiones deben llevar a él.” En otras palabras, creen que las distintas religiones son simplemente diferentes caminos que llevan al mismo lugar. Esto puede sonar bonito, romántico y tolerante, pero simplemente es absurdo. Por ejemplo, ¿Podría alguien decir que el nuwaubianismo es igual de válido y benéfico para la humanidad que las enseñanzas del pacífico Buda, o las sagradas enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo? Tan sólo pensémoslo un poco: El nuwaubianismo una secta religiosa que se deriva de la Nación del Islam y de los musulmanes negros. Fue fundada por Dwight York, músico, escritor y líder nacionalista afroamericano condenado por abuso sexual infantil, quien también es su dios y es considerado la reencarnación de Melquisedec, el arcángel Gabriel y Jesús. Además, creen que los blancos han hechizado a los negros para mantenerlos sumidos en la ignorancia. También mantienen creencias como que los negros descienden de una especie extraterrestre (los annunaki), de piel verde porque tenían magnesio en la sangre, pero al entrar en la atmósfera de la Tierra, el magnesio fue reemplazado por hierro, de allí surgiendo el color negro en la piel. Y también que los blancos fueron criados como carne comestible por una especie de extraterrestres reptiloides, siendo la Venida de Cristo esperada por los cristianos realmente el regreso de los raptores, que van a cosechar la carne blanca. También creen que la música disco es mala, y se creó para maldecir las almas de los negros. ¿Nos permite la tolerancia propuesta por el pluralismo postmodernista reconocer el nuwaubianismo como un camino legítimo hacia Dios?

¿Y qué tal si vamos un paso adelante y comparamos el nuwaubianismo con el Movimiento de la Creatividad? Dicha secta, antiguamente llamada la Iglesia Mundial de El Creador, es una organización religiosa racista, antisemita, homofóbica, xenofóbica y ultraderechista que dice rendir culto a la Raza Blanca. La organización fue fundada por Ben Klassen, estadounidense de origen ucraniano, en 1973. Los creativistas consideran que la raza blanca es el culmen de la evolución biológica y el origen de toda ciencia, cultura, civilización y progreso humano. Para ellos, las demás razas son inferiores biológicamente, siendo la más baja la raza negra. Ambas religiones, nuwaubianismo y creativistas, sostienen ideas contrarias y opuestas entre sí ¿Cuál de ellas está en lo correcto? ¿O es que ambas están bien? ¿No será más bien que ambas están en el error? De acuerdo con el pluralismo postmodernista, el cual lo relativiza y rebaja todo, nadie tiene autoridad para juzgar cualquiera de las dos creencias. Ambas deben ser consideradas iguales y verdaderas. Todo es cuestión de preferencia personal, pero ¿Suena lógico afirmar tal cosa? ¿Tiene sentido? ¡No lo creo!

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SUPERIORIDAD DE LA RELIGIÓN Y ESCRITURAS CRISTIANAS

Que no todas las religiones son buenas ni igualmente válidas es una verdad bíblica. Jesús, el Dios Encarnado, y quien es considerado por los mismos escépticos como uno de los maestros religiosos más respetados de la historia, exhortó a sus discípulos: “Entren por la puerta estrecha”. Y de inmediato les dijo por qué: “Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran” (Mateo 7:13, 14, Nueva Versión Internacional). Aquel que dice ser cristiano, pero igualmente considera válidas todas las otras opciones en materia religiosa, quizá haría bien en preguntarse: ¿Cabe la posibilidad de que Jesús estuviera afirmando que algunas religiones conducen “a la destrucción”? Muchos quizá preferirían creer que en realidad estaba hablando de los ateos, porque los creyentes —sin importar la religión a la que pertenezcan— siempre van por el camino angosto que conduce a la vida. Pero ¿Es esto cierto?

Las palabras que Jesús pronunció a continuación aclaran este punto. “Tengan cuidado con los falsos profetas —advirtió—, pues ellos están disfrazados de mansas ovejas, pero por dentro son lobos feroces.” (Mateo 7:15, LPDT) Y poco después declaró: “No todos los que dicen que yo soy su Señor y dueño entrarán en el reino de Dios. Eso no es suficiente; tienen que obedecer los mandamientos de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 7:21, TLA). Si tenemos en cuenta que Jesús los llama “profetas” y que ellos mismos afirman que Cristo es su Señor, es lógico deducir que son gente religiosa, y no atea. Así pues, la advertencia de Jesús es clara: no todos los líderes religiosos ni todas las religiones llevan a Dios.

En vista de que existen multitud de religiones y de que no todas llevan a Dios, ¿Hay alguna forma de identificar cuál de ellas es ese camino angosto que nos conduce a la vida? Contestemos esta pregunta con un ejemplo. Imaginémonos que estamos perdidos en una ciudad desconocida y decidimos preguntar cómo llegar a un sitio. La primera persona a la que abordamos nos dice que vayamos hacia la izquierda; la segunda, que vayamos hacia la derecha, y la tercera nos dice que vayamos por donde mejor nos parezca. Seguramente estaremos igual de confundidos que antes de preguntar. Sin embargo, ¿Qué pasaría si por fin encontramos a alguien que posee un mapa, lo saca y, después de indicarle en él la dirección que debemos tomar, nos lo da para que podamos consultarlo cuantas veces queramos? ¿Verdad que ahora sí hay más probabilidades de que lleguemos a nuestro destino?

Al igual que en el caso hipotético mencionado anteriormente, en la vida espiritual también necesitamos un “mapa” para determinar cuál es la religión que de verdad nos lleva a Dios. ¿Disponemos de un mapa como ese? Claro que sí: es la Biblia. A fin de cuentas, “toda la Escritura nos ha sido dada por Dios, que la ha inspirado, y es útil para enseñarnos la verdad, hacernos comprender nuestros errores y ayudarnos a llevar una vida recta” (2 Timoteo 3:16, La Biblia al Día). Y es precisamente la Biblia la que nos presenta una serie de criterios para determinar la validez o no de una fe religiosa. ¿La Biblia? ¿Por qué la Biblia y no el Corán, las Vedas o cualquier otro libro sagrado de cualquier otra religión? ¡Porque la Biblia es única! ¡La Biblia es superior a todos ellos! ¿Cómo lo sabemos? ¿Acaso no es esta una afirmación dogmática de parte de los cristianos? No si las pruebas lo confirman.

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Para empezar, ningún libro conocido ha resistido tanto como la Biblia. A pesar de ser antigua y haber pasado por muchas guerras a lo largo de la historia, incluyendo haber superado movimientos que querían eliminarla o censurarla, ella se ha conservado intacta y perfecta. Esto no puede decirse de ningún otro libro. Juan Calvino, el reformador francés, llegó a afirmar con base en ello que el hecho de que la Biblia sea tan antigua y siga viva a pesar de todo lo que ha soportado es un milagro irrefutable. Yo también lo creo. Pero considero que eso no es todo. La Biblia ha sobrevivido múltiples persecuciones, y entre ellas resalta la del emperador Diocleciano, el cuál en el año 303 D.C dio un mandato para destruir a los cristianos y a su libro sagrado. Él ordenó que las iglesias fueran destruidas y que las escrituras fuesen eliminadas por el fuego. ¡Pero ni el hombre ni el imperio más poderoso de la época pudo destruir la Biblia!

La Biblia también se ha levantado victoriosa sobre todos los movimientos filosóficos que han retado sus enseñanzas, tales como las corrientes europeas que fueron moda en su tiempo y luego se extinguieron. Todos esos movimientos se encuentran muertos o moribundos mientras la Biblia sigue firme como una roca. Voltaire, por ejemplo, dijo que cien años después de su época, el cristianismo sería borrado de la existencia. Irónicamente, cincuenta años después de la muerte de Voltaire, la Sociedad Bíblica de Génova usó la misma prensa y casa de él para producir montones de Biblias. La Biblia también ha ganado cada asalto en el ring de boxeo contra las críticas y el escrutinio de expertos, arqueólogos, historiadores e investigadores. Ningún libro en todo el mundo ha sido sometido a tantos exámenes y a tantas investigaciones como la Biblia. Esto no puede decirse de otros libros considerados sagrados como el Corán, las Vedas o el Libro de Mormón, los cuales están llenos de errores científicos, falta de apoyo arqueológico, absurdos y contradicciones teológicas, anacronismos, falta de fidelidad histórica, etc. La Biblia es plenamente confiable y fidedigna en todas sus afirmaciones.

¿Qué más podemos decir acerca de la Biblia que confirme su veracidad por encima de cualquier otro libro “sagrado”? La Biblia fue escrita en un periodo de 1600 años, por más de 40 autores (entre ellos Moisés, Pedro, Pablo, Mateo, Josué, etc.), a lo largo del continente Asiático, Europeo y Africano, en tres idiomas diferentes (Arameo, Hebreo y griego) y en diferentes materiales (papiro, pergamino, vitela, entre otros). ¿Acaso no es asombroso que, a pesar de todas estas cosas, la Biblia tiene el mismo mensaje central: Jesucristo como salvador del mundo? ¿Es esto mera coincidencia o confabulación? ¡Imposible! ¿Qué posibilidad existe de que diferentes autores, de diferentes épocas, en diferentes lugares del mundo, con diferentes estados de ánimo, con diferentes lenguas, hablen acerca de lo mismo? Igualmente, la Biblia es un libro único en su circulación y su traducción. Fue el primer libro en ser impreso y fue el primer libro que se tradujo. Para el año 1966, ya había 87.398.961 copias impresas de la Biblia y ésta ya había sido traducida en 240 idiomas y dialectos diferentes. Esto jamás ha sido superado por ningún otro libro religioso, ¿Por qué? Porque solo la Biblia es Palabra de Dios y ningún otro libro podrá jamás igualarla.[2]

Pero vayamos un poco más lejos. La historia y la arqueología apoyan la Biblia. Por ejemplo, hay alrededor de cuarenta reyes que vivieron desde el año 2.000 a.C hasta el 400 a.C. Cada uno aparece en el Antiguo Testamento en orden cronológico, con referencia a los reyes del mismo país y con respecto a otros reyes de otros países. Posiblemente no podría caber en la imaginación una evidencia más fuerte de la precisión substancial del Antiguo Testamento que esta colección de reyes. Matemáticamente, es una posibilidad en 750.000.000.000.000.000.000.000.000 que esta precisión fuera una mera coincidencia.[3]

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¿Y qué hay con el Nuevo Testamento? ¿son sus registros confiables y fidedignos? Sí. Lo son. los libros que lo componen cumplen con los requisitos para confiabilidad de un texto antiguo. Estos requisitos son:

(1) ¿Cuándo fue escrito? ¿fue escrito durante el transcurso de la vida de los que lo conocieron? Lo mismo con respecto al Nuevo Testamento.

(2) ¿Existe conexión geográfica entre el lugar donde fue escrito y el lugar donde vivió la persona de quién trata el texto?

(3) ¿El texto tiene exactitud cultural de la época? ¿la política y los acontecimientos narrados en el texto son de la época en que fue escrito?

(4) ¿El escritor tiene algún interés particular o personal? ¿cuál fue su motivación al escribir el texto?

Los textos del Nuevo testamento pasan de forma exitosa estas preguntas. Una muestra ejemplar de este hecho, es que la cantidad de manuscritos en idioma original del Nuevo Testamento es de más de 5.600, mientras que de la Ilíada (un clásico que nadie suele refutar) solo hay 643 manuscritos, de las tetralogías de Platón solo 49, y de toda la obra junta de Aristóteles solo hay 7 manuscritos. La superioridad del Nuevo Testamente es también incuestionable.[4]

La superioridad de la fe y praxis cristiana se hace también evidente por su elevado código moral y ético. El código moral de la Biblia es alto. No se rebaja ni transige según las modas del momento. Justo lo que se esperaría de un Dios perfecto cuya voluntad no cambia. ¿Qué hacen las demás religiones? ¿Defienden las normas morales de la Biblia? ¿O restan importancia a los claros consejos de la Palabra de Dios y solo dicen a sus fieles lo que ellos quieren oír? Una religión cambiante no podría ser jamás confiable pues, si tiene la verdad, ¿Por qué debería cambiar según los requerimientos de una sociedad sin brújula moral?

Agrego una evidencia más a la lista: La superioridad de la fe cristiana y de sus Santas Escrituras, por sobre cualquier otra religión, se evidencia en el poder transformador de su mensaje. Sin duda, la religión que realmente nos acerca a Dios tiene que influir en nuestra forma de pensar, así como ayudarnos a mejorar nuestra conducta. Además, debe sacar lo mejor de cada uno de nosotros y darnos fuerzas para hacer lo que está bien. El apóstol Pablo escribió a los cristianos del siglo primero que vivían en Corinto (Grecia). Los habitantes de aquella ciudad eran conocidos por su estilo de vida libertino. De ahí que Pablo advirtiera: “En el reino de Dios no tendrán parte los que cometen actos inmorales, ni los adoradores de ídolos, ni los que cometen adulterio, ni los hombres que se dejan usar para tener sexo con otros hombres, ni los hombres que tienen sexo con ellos. Tampoco los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los tramposos, ni los que maltratan a los demás con palabras”. Y es interesante lo que añade después: “Muchos de ustedes hacían eso, pero ahora han sido lavados y purificados. Ahora Dios los ha aprobado en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:9-11, La Palabra de Dios para Todos, 2001). ¿Puedes imaginártelo? El Evangelio, la religión que Cristo enseñó, logró que aquellas personas cambiaran y se convirtieran en fieles siervos de Dios que vivían conforme a las elevadas normas divinas. Una religión humana podrá enseñarnos normas, satisfacer con mentiras nuestra curiosidad intelectual o dar un falso sentido de propósito en la vida de sus adeptos, pero jamás podrá cambiar el corazón caído y perverso del ser humano. Sola la fe verdadera, bíblica y de origen divino puede lograrlo. Solo el poder de la expiación de Cristo, ofrecida a través del Evangelio, puede convertir a un pecador en hijo de Dios y salvarlo de una eternidad en el infierno. ¿Suena presuntuoso, intolerante o dogmática? Quizá para algunos, pero no por eso deja de ser verdad.

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CONCLUSIÓN

¿Cuál debería ser la respuesta de la Iglesia ante el pluralismo postmodernista y relativizante que impera en la sociedad moderna? Nuestra responsabilidad no es defender el bien y el mal absoluto, lo verdadero y lo falso, especialmente cuando muchas cosas que pretendemos pasar como bíblicas son totalmente culturales. Nuestro reto es acercar los jóvenes a Jesús y permitir que sea el Maestro el que les ayude a distinguir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo correcto. Es Jesús, a través de su Espíritu, quien convence al mundo de pecado, esa no es nuestra responsabilidad. La nuestra consiste en acompañarlos y despejar todos los obstáculos, especialmente los culturales y religiosos que les puedan impedir acercarse al Maestro.

Sí, poseemos innumerables argumentos lógicos, históricos y hasta científicos para probar la superioridad de la fe cristiana. Pero el mundo, y particularmente nuestra juventud actual, necesita algo más que eso. Hay que definir un estilo de vida cristiano del cual carecemos en estos momentos. No existe en la iglesia actual un proyecto de vida práctico y que pueda integrarse y engranarse en la vida cotidiana. Lo único que tenemos es una negación de otros proyectos, la negación de otros estilos de vida y cosmovisiones. Definimos el proyecto cristiano en negativo, es decir, la negación de otros proyectos, ante nuestra imposibilidad total de afirmar el nuestro en positivo. ¿Cuál es el proyecto de vida cristiano por el cual los jóvenes puedan llegar a vivir e incluso morir? La construcción del Reino de Dios, que en términos prácticos significa colaborar con Jesús en hacer que este mundo y esta humanidad sean lo que Dios pensó y el pecado impidió. Ser agentes de restauración en un mundo roto y fracturado.

¿Cómo lo lograremos? Primero, ayudando a nuestros jóvenes a clarificar la experiencia de conversión. Algunos ya ni están en la Iglesia. Otros están, pero ¿Son verdaderamente creyentes? Hemos de ayudar a nuestros jóvenes a entender qué es la conversión, de qué se convierten y a quién se convierten y cuáles son las evidencias de que la conversión se ha dado. Segundo, enunciar un proyecto de vida cristiano en positivo. Si únicamente tenemos para ofrecer a los jóvenes la negación de las propuestas de otros estilos de vida ¡Bien poco tenemos! ¡Quién se extraña de que dejen la iglesia! Vamos a desafiarlos y, por tanto, a articularlo y desarrollarlo, a que sean agentes de restauración en un mundo roto. Tercero y último, acompañémoslos en su peregrinaje espiritual. Cada joven tiene su tiempo y proceso. Cada uno es único, diferente y singular. Necesitan que como los discípulos que hacían el viaje a Emaús, alguien baje a su realidad, los acompañe en su camino, les ministre y haga relevante en sus vidas la Palabra de Dios.

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REFERENCIAS:

[1] Diccionario del Español Jurídico. Disponible en línea en: dej.rae.es/lema/pluralismo-religioso. Consultado el 4/12/2019.

[2] G. K. Chesterton, El Candor del Padre Brown (Ediciones del Sur, 2003), p. 110.

[3] Sidney Collett, All About The Bible, (Barbour Publishing, 1989), pp. 145-159.

[4] Enciclopedia Británica, Volumen 3, (1970)

[5] Bernard Ramm, Protestant Christian Evidences, (Moody Press, 1954), pp. 97-125.

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