Gobierno Humano

¿Es Dios quien quita y pone gobernantes?

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Dios reclama que nos sujetemos al principio de autoridad, pero no reclama que nos sujetemos sin juicio crítico a todo gobernante que se sienta en el sillón de la autoridad. Romanos 13 ha sido para muchos una barrera infranqueable para poder presentar posiciones críticas ante gobiernos, para enfrentarse a decisiones de organismos públicos, para tener una participación política responsable, o para introducirse siquiera en los caminos de la política. El razonamiento es: “tenemos el mandato de someternos a los gobernantes, porque esos gobernantes, sean buenos o malos, corruptos o no, violentos o no, respetuosos de los derechos humanos o no, justos o injustos, han sido establecidos por Dios y hay que someterse a ellos, porque si nos enfrentamos, nos estamos resistiendo a lo establecido por Dios y acarreamos condenación”. Lo cierto es que, en algunos casos, cuando el gobernante de turno abusa de su poder para imponer la injusticia y la arbitrariedad, esa forma de pensar choca insoportablemente con nuestra fe y nos crea problemas de conciencia.

​​I.- PROBLEMAS DE CONCIENCIA:

¿Debemos entonces quedarnos de brazos cruzados frente a las violaciones de libertades democráticas fundamentales por parte del gobernante? Muchos hermanos siguen diciendo que sí, que eso está en las manos de Dios y no nos toca a nosotros cuestionarlo. Pero claro, cuando esas violaciones afectan a la libertad para predicar el Evangelio, entonces tenemos un problema, y muchos hermanos entienden entonces que Romanos 13 tiene excepciones y apelan a Hechos 5.29: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. Sin embargo, cuando reconocemos excepciones surge un problema: ¿Dónde situamos el límite? ¿Qué es normativo y qué es excepción? ¿Nos quedamos tan tranquilos diciendo que impedir la predicación del Evangelio es una excepción, pero no lo es el asesinato de civiles, las humillaciones, las violaciones, la corrupción? ¿Acaso nos repugnan estos menos? ¿Acaso le repugnan menos a Dios? Y tenemos otro problema: ¿A qué autoridad hay que obedecer? Porque hay situaciones en las que no es fácil decidirlo: En el siglo XIX, por ejemplo, ¿Cuál era la autoridad establecida por Dios en Latinoamérica? ¿Acaso no era el gobierno español? ¿Acaso era legítimo oponerse a aquella autoridad establecida por Dios? ¿Fueron entonces desobedientes a la Palabra los cristianos que participaron activamente en las insurrecciones independentistas? Y, si hablamos de la actualidad, ¿Acaso el gobierno venezolano no ha sido establecido por Dios? ¿Y el de Nicaragua y Cuba? ¿Deben los hermanos venezolanos, nicaragüenses y cubanos someterse a las arbitrariedades e injusticias de sus líderes políticos? Es aquí donde la cosa se complica. Sin embargo, ir al texto original de Romanos 13 nos puede ayudar.

​​II.- LO QUE REALMENTE ENSEÑA EL TEXTO ORIGINAL:

Cuando allí habla de “autoridades superiores” y “autoridad”, el término que utiliza es “exousía”, y este término no describe a la persona, al gobernante que ejerce la autoridad, sino a la institución de la autoridad. Lo vemos más claro si nos fijamos en otros textos que incluyen la misma palabra: Romanos 9.21 dice: “… ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro…”, y aquí aparece otra vez “exousía”, que se traduce en este lugar como “potestad”, confirmando que este concepto de “autoridad” se refiere una capacidad de gobierno, no a la persona concreta que lo ejerce?

2 Corintios 13.10 vuelve a utilizar la misma palabra: “…Conforme a la autoridad que el Señor me ha dado…” y evidentemente aquí “autoridad” se refiere también a la capacidad, no a la persona. Este concepto está aún más evidente en Colosenses 1.16: “…Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él…”. Aquí “exousía” se traduce como “potestades” y está claro de nuevo que habla de instituciones, no de gobernantes concretos; podríamos entenderlo mejor con el ejemplo análogo del trono: el trono es la institución, no la persona que se sienta en él. Las autoridades de las que habla Romanos 13 no son personas concretas, sino instancias de gobierno; de hecho, hace una distinción entre los cargos y las personas que los ocupan: cuando habla seguidamente de estas personas, no usa el término “exousía”, sino “árjontes” (“magistrados”, literalmente “gobernantes”). Podemos así comprender Romanos 13:1 en estos términos: “…Sométase toda persona a las instituciones superiores de autoridad; porque no hay institución de autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas…”. Dios estableció la existencia de la autoridad humana como un elemento de limitación de los efectos descontrolados del pecado: En ausencia de un principio de autoridad, los más poderosos aplastarían sin limitación a los más débiles, y por eso Dios estableció el elemento de la autoridad; la autoridad como institución es, pues, una instancia para poner límites al ejercicio incontrolado del poder.

​​ III.- ¿ACASO NO ES DIOS QUIEN QUITA Y PONE REYES?

Daniel 2.21 que muchos usan a su conveniencia en cada elección para sustentar su autoridad una vez resultan ganadores, nos dice: “…Él cambia los tiempos y las épocas; quita y pone reyes, da sabiduría a los sabios e inteligencia a los inteligentes…” (Daniel 2:21, Dios Habla Hoy). A la luz de lo anterior, muchos sugieren que todo lo que ocurre es la voluntad perfecta de Dios, o que todos los líderes políticos, por muy corruptos o malos que sean, han sido puestos por Dios. Sin embargo, no es correcto decir que Dios pone a todos los presidentes que existen actualmente en el mundo porque entonces ¿Qué caso tendría hacer elecciones o para qué serviría el libre albedrío si Dios tomara la decisión por nosotros? Es más, por lógica, si Dios pusiera a todos los presidentes y líderes del mundo ¿Acaso Adolfo Hitler, José Stalin, y Mao Zedong fueron puestos por Dios? Todos conocemos la historia y pasado de estos hombres y decir que Dios pone a todos por Su voluntad no tiene sentido. La verdad es que Daniel 2:21 ha sido descontextualizado gravemente, pues no es cierto que Dios pone a todos los presidentes o líderes o reyes del mundo. Este versículo claramente dice: “Dios quita y pone reyes” pero el versículo nunca dice: “Dios quita a todos los reyes y pone a todos los otros reyes”. No debemos leer letras donde no las hay.

Ahora bien, es verdad que Dios quita a algunos reyes (por ejemplo, Saúl) y pone a otros reyes (por ejemplo, David), pero algunos reyes son puestos o quitados por decisión del pueblo (tal como ha ocurrido en Venezuela, Nicaragua o El Salvador, o como nos lo relata la Biblia en Jueces 9). Asumir que Dios puso a los malos y perversos reyes de Israel es un error, los perversos reyes de Israel son la consecuencia de la forma de vivir del pueblo de Israel. Tampoco podemos decir que Hitler, Stalin, o el actual presidente de Venezuela, Cuba o Nicaragua estuvieron o siguen estando en el poder por la voluntad de Dios, pues no todo lo que sucede en este mundo sucede por la voluntad de Dios. Una cosa es su voluntad permisiva y otra muy diferente es su voluntad perfecta.

​​La voluntad permisiva de Dios es esa voluntad en la cual Dios no decreta lo que ocurre ni tampoco es Su voluntad que suceda ya que la misma no está de acuerdo con Su Ley. Sin embargo, Dios permite que el hombre se revele contra Él permitiendo a las personas que hagan cosas tales como mentir, robar, etc. Jeremías 19:5 nos dice: “…Y edificaron lugares altos a Baal, para quemar con fuego a sus hijos en holocaustos al mismo Baal; cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento…”. Es obvio que Dios no quería que eso pasara, pero, en su respeto de la libertad humana, Dios lo permitió. Lucas 8:32 nos habla de ese mismo principio: “Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso.”. Dios siempre es respetuoso, aún de las decisiones de los malos y perversos. Sólo así puede juzgarlos responsables de sus actos. De lo contrario, Dios mismo sería el responsable de las consecuencias de las malas decisiones de otros. Romanos 1:22-23 nos muestra la triste realidad del ser humano: “…Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles…”. Por eso mismo, Dios los entrega a una mente reprobada, para que hagan cosas que no convienen y lleven las consecuencias, positivas o negativas, de sus propios actos.

La voluntad perfecta de Dios para el gobierno de las naciones es el reino de Su Hijo: “…Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura. Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar…” (Isaías 11:1-9). Ningún gobernante humano representará jamás esa voluntad perfecta. Mientras tanto, Dios nos ha dado la oportunidad de elegir lo que queremos y Él respeta nuestras decisiones. Muchas veces tomamos decisiones que no van de acuerdo con Su voluntad, pero Él permite que experimentemos las consecuencias porque nos ha dado la oportunidad de la libre voluntad. Cabe mencionar que Dios no escogió específicamente a todos los reyes del pueblo de Israel, pero sí permitió que todos esos reyes reinaran sobre Israel. A veces para juicio o desencadenar su justo castigo sobre una nación que le había dado la espalda.

La Biblia no nos manda a creer que todos los gobernantes actuales o del pasado, o los que vendrán en el futuro, llegarán a serlo porque así lo decretó Dios. Lo que la Biblia sí dice en 1 Timoteo 2.2 es que oremos por los reyes o presidentes que están al frente con autoridad, a fin de que haya paz y bendición en su nación. Sea cual sea nuestra posición con respecto al nuevo presidente y gobierno que llegue al poder, no podemos afirmar que Dios lo puso o que fue la voluntad de Dios que él ganara, pero si podemos orar por él para que su mente y corazón sean receptivos a Dios durante su estancia al frente del país.

​​CONCLUSIÓN:

Es triste que este concepto haya sido tan mal interpretado por algunos hermanos, que les lleve a justo lo contrario, a permitir sin resistencia que los injustos, cuando se sientan en el lugar de autoridad, hagan ejercicio abusivo del poder que da la institución política. La Biblia nos muestra ejemplos de oposición legítima al abuso de poder por parte de quienes están en autoridad, y no limitados al tema de la predicación del Evangelio, sino a cuestiones tan materiales como la propiedad privada. Tal es el caso de la viña de Nabot (1 Reyes 21; 2 Reyes 9:25-26); cuando Nabot se opuso a Acab, ¿Se estaba oponiendo a la institución de la autoridad? No, sino que se oponía a quien usaba esa institución para abusar de los gobernados: No se oponía a la autoridad, sino a quien ejercía la autoridad; su oposición era legítima y la Biblia la apoya.

​​Dios nos reclama que nos sujetemos al principio de autoridad, pero no reclama que nos sujetemos sin juicio crítico a todo gobernante que se sienta en el sillón de la autoridad. De hecho, Romanos 13:3 dice que “…los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo…”. Por tanto, los gobernantes honran la institución de la autoridad y son dignos de ejercerla cuando así actúan, pero cuando el gobernante infunde temor al que hace el bien, debe ser destituido y su lugar debe ser ocupado por otro, y los cristianos podemos, y debemos, participar activamente en esa destitución, porque no nos estaremos oponiendo a la institución de la autoridad, al contrario, la estaremos dignificando y estaremos apoyando los objetivos para los que fue establecida por Dios.