Por Fernando E. Alvarado.
Resulta desgarrador —y duro de creer— que muchos que se llaman cristianos hoy encuentren alegría en el sufrimiento de migrantes indocumentados en Estados Unidos, celebrando su maltrato como si fuera un triunfo moral. Sí, es cierto que cruzar fronteras sin autorización viola leyes migratorias, y las Escrituras nos llaman a respetar las autoridades (Romanos 13:1-7). Pero reducir el debate a un mero cumplimiento legal, ignorando la compasión, revela una fe fracturada. Peor aún es manipular textos del Antiguo Testamento, como los relatos de la conquista de Canaán (Deuteronomio 7:1-6; Josué 6:21), para justificar la crueldad hacia seres humanos. Aquellas narrativas, contextualizadas en un momento histórico específico y bajo un pacto teocrático, jamás fueron una licencia universal para deshumanizar al «extranjero». Usarlas así no solo es una exégesis torcida: es un acto diabólico.
En este conflicto, hemos confundido el Reino de Dios con las batallas ideológicas de nuestro tiempo. Muchos han decidido que oponerse a la llamada «ideología woke» —con sus excesos, perversiones y reduccionismos— convierte automáticamente a ciertos líderes políticos en «mesías» de la fe. Bajo esta lógica, cualquier pecado o crimen de quienes comparten nuestra postura se minimiza: «El enemigo de mi enemigo es mi amigo». Así, el racismo, la avaricia o la mentira de «nuestro bando» se excusan, mientras el dolor del migrante —a quien Jesús identificó con Él mismo (Mateo 25:35)— se celebra como merecido. La fe, en este marco, ya no es un camino de santidad, sino una herramienta para validar prejuicios.
¿Dónde quedó el mandamiento radical de amar al prójimo sin condiciones (Lucas 10:25-37)? Para muchos, el «prójimo» ahora tiene pasaporte, idioma y bandera. Se olvida que el mismo Jesús —un migrante en Egipto (Mateo 2:13-15)— nos llamó a ver Su rostro en el hambriento, el sediento y el forastero (Mateo 25:40). La Biblia, de hecho, insiste una y otra vez en la protección al extranjero. ¿Acaso no somos todos peregrinos en esta tierra (1 Pedro 2:11)?
Al alienar los valores del Evangelio con consignas políticas, no solo traicionamos el mensaje de Cristo, sino que lo hacemos irrelevante. La fe sin amor es ruido (1 Corintios 13:1); la moral selectiva es hipocresía (Mateo 23:23). Urge preguntarnos: ¿Servimos a un Reino que trasciende fronteras, o a un ídolo disfrazado de bandera? ¿Defendemos la dignidad sagrada de toda vida, o solo la de quienes piensan como nosotros?
¿𝐇𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐯𝐞𝐧𝐝𝐢𝐝𝐨 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐞𝐬𝐞𝐬 𝐩𝐨𝐥𝐢𝐭𝐢𝐜𝐨𝐬?
La actitud de la iglesia evangélica contemporánea refleja con inquietante fidelidad la necedad de Ezequías, quien, ante el anuncio del juicio venidero, clamó: «Al menos haya paz y seguridad en mis días» (Isaías 39:8, RVR60). En tanto no nos suceda a nosotros, o a los nuestros ¡Qué todo se vaya a la basura! Nos hemos convertido en una generación que prioriza su propio bienestar, ignorando el clamor del vulnerable y justificando la maldad con tal de preservar comodidades ideológicas. ¡He aquí nuestra hipocresía! Mientras aplaudimos a líderes inmorales —corruptos, delincuentes, incluso pedófilos— bajo el mantra de «¡Es el ungido!», pisoteamos los principios del Reino. ¿Acaso olvidamos que «el que escucha la mentira, todos sus ministros son impíos» (Proverbios 29:12)?
Hemos normalizado el pactar con el mal, disfrazando complicidades políticas como «sabiduría divina». ¿Dónde está el temor ante textos como Salmo 94:20-21: «¿Será aliado tuyo el trono de iniquidades que diseña agravio por ley? […] Contra la vida del justo se conjuran»? Dios no se impresiona con títulos ni pompas; Él «mira el corazón» (1 Samuel 16:7). Apoyar a gobernantes perversos, aunque proclamen fe, es una traición al Evangelio.
Nuestra indiferencia hacia el migrante y el marginado evidencia una fe muerta (Santiago 2:17). ¿No ordena la Ley de Dios: «Amaréis al extranjero, porque extranjeros fuisteis en Egipto» (Deuteronomio 10:18-19)? ¿No repite Levítico 19:34: «Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero»? Sin embargo, como el sacerdote que «pasó de largo» ante el samaritano herido (Lucas 10:31), priorizamos doctrinas de conveniencia sobre la misericordia. ¿Dónde está nuestro clamor por «salvar a los que son llevados a la muerte» (Proverbios 24:11)?
Isaías 58:6-7 desenmascara nuestra falsa religiosidad y ritualismo vano: «¿No es más bien […] desatar las ligaduras de impiedad, compartir tu pan con el hambriento y llevar a tu casa a los pobres?». Dios exige justicia social, no ritualismos. ¿Cómo osamos cantar alabanzas mientras toleramos que niños mueran en fronteras o familias huyan de la violencia?
La iglesia evangélica enfrentará un juicio severo si no se arrepiente. Amós 5:24 retumba: «Haced correr el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo». No habrá cobertura espiritual para quienes aliaron el Evangelio con opresores. Miqueas 6:8 es claro: «Hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios».
Hermanos, este es un llamado urgente: Dejemos de idolatrar a caudillos y de usar la Biblia como arma partidista. La verdadera unción se manifiesta en santidad y compasión. Si el Espíritu Santo nos convence de pecado (Juan 16:8), ¿por qué resistimos Su voz? La historia juzgará nuestra complicidad, pero más aún, «Dios traerá toda obra a juicio» (Eclesiastés 12:14).
¡Que la iglesia despierte antes de que el candelero sea removido (Apocalipsis 2:5)! El tiempo de justificar lo injustificable ha terminado. ¡Ay de nosotros si callamos! Hoy más que nunca, el cristianismo necesita volver a su esencia: una revolución de amor incómodo, que no tema denunciar el mal —propio y ajeno— y que nunca, jamás, celebre el sufrimiento como victoria.