Amileniarismo, Postribulacionismo, Premilenarismo Histórico

Respondiendo al Amilenialismo: Seres glorificados y pecadores viviendo juntos durante el Milenio (IV)

Por Fernando E. Alvarado

La vida durante el Milenio, tal cual es presentada en la Escritura, resulta problemática para los amilenialistas:

  • La idea de creyentes glorificados y pecadores viviendo juntos sobre la tierra es demasiado difícil de aceptar para los amilenialistas. Bajo el lente interpretativo amilenario, es imposible comprender cómo una parte de la vieja tierra y de una humanidad pecadora van a poder existir junto a una parte de la nueva tierra y de una humanidad glorificada. ¿Cómo van a poder los santos perfectos en cuerpos glorificados tener comunión con pecadores en la carne? ¿Cómo van a poder pecadores glorificados vivir en esta atmósfera recargada de pecado y en medio de escenas de muerte y decadencia?
  • A menudo los amilenialistas argumentan: Si Cristo viene en gloria a reinar sobre la tierra, ¿cómo van a poder las personas persistir en el pecado? Una vez que Jesús esté presente en su cuerpo resucitado y gobernando como Rey sobre la tierra, argumenta el amilenialista, parece muy poco probable que la gente todavía lo rechace, y que el mal y la rebelión crezcan sobre la tierra hasta que eventualmente Satanás pueda reunir a las naciones para luchar contra Cristo.

¿ES POSIBLE QUE SERES GLORIFICADOS E INMORTALES CONVIVAN JUNTO A SERES HUMANOS MORTALES?

La idea de creyentes glorificados y pecadores viviendo juntos sobre la tierra durante el milenio nos puede sonar extraña ahora, pero ciertamente no es imposible para Dios llevar esto a cabo. Debemos comprender que Jesús vivió sobre la tierra con un cuerpo glorificado cuarenta días después de su resurrección, y aparentemente hubo muchos otros santos del Antiguo Testamento que también vivieron con cuerpos glorificados sobre la tierra durante ese tiempo (Mt 27: 53). Esto prueba que la convivencia entre seres mortales e inmortales es posible aún en un mundo como caído como caído y dominado por el pecado como el nuestro ¿Cuánto más durante la era milenial, en la cual la Tierra será restaurada y recuperará su gloria paradisíaca? El apóstol Pablo expresó su anhelo por la llegada de ese día cuando dijo:

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.” (Romanos 8:19-23)

Así pues, la Escritura es clara al afirmar que habrá dos diferentes grupos de personas que estarán en la Tierra durante el Reino Milenial – aquellos con cuerpos glorificados, y aquellos con cuerpos terrenales que sobrevivieron a la Tribulación y pasaron al Reino Milenial. Los de cuerpos glorificados serán aquellos que, siendo verdaderos creyentes, estén vivos durante el arrebatamiento (1 Tesalonicenses 4:13-18; 1 Corintios 15:21-23, 51-53), así como aquellos (tanto del Antiguo como del Nuevo pacto) que hayan resucitado durante regreso de Cristo a la Tierra (Apocalipsis 20:4-6). Aquellos con cuerpos terrenales serán los sobrevivientes de la tribulación pero que, aún sin ser creyentes, fueron tenidos por dignos de sobrevivir y entrar como súbditos del Reino, sean judíos o gentiles.

Es aquí donde Mateo 25:31-46 se vuelve importante para responder la pregunta sobre quiénes sobrevivirán de entre los inconversos. Este pasaje es llamado comúnmente la separación o el juicio de las ovejas y los cabritos. Las ovejas y los cabritos se refieren a las naciones justas e injustas (su justicia se fundamenta en el trato que concedieron al pueblo de Dios durante la Tribulación, persiguiéndoles o brindándoles su apoyo). Cristo juzgará a las naciones injustas (cabritos), y éstas serán sentenciadas al castigo eterno (Mateo 25:46). Las naciones rebeldes, aquellas que durante la Tribulación se aliaron con los poderes de este mundo y persiguieron al pueblo de Dios y le negaron su ayuda, serán destruidas al momento de la Segunda Venida (Zacarías 14), cumpliendo así la sentencia divina anunciada por Pablo:

“Esto es demostración del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual asimismo padecéis. Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder,” (2 Tesalonicenses 1:5-9).

Las naciones justas, u ovejas, vivirán para entrar en el Reino Milenial. Ellos tendrán hijos y poblarán la Tierra. Sin embargo, estos no son los únicos que tendrán hijos durante el Reino Milenial. Cuando Cristo regrese, todo Israel creerá en Él (Zacarías 12:10). Ellos no recibirán cuerpos glorificados (como los de aquellos que fueron arrebatados estando vivos o que fueron resucitados a la Segunda Venida de Cristo). Ellos también tendrán hijos durante el Reino Milenial. Así que los gentiles que sobrevivan a la Tribulación, Israel, y los creyentes resucitados y del arrebatamiento (todos los cuales tendrán cuerpos glorificados) estarán en la Tierra. Sin embargo, debe notarse que los creyentes con cuerpos glorificados no se reproducirán, ya que el matrimonio no existirá después de esta vida (Mateo 22:30).

Los hijos nacidos durante el Reino Milenial tendrán la responsabilidad de poner su fe en Cristo, así como lo hizo toda la gente de eras pasadas (la fe en Cristo desde Su venida; la fe de siempre en Dios – Génesis 15:2-6; Habacuc 2:4; Romanos 3:20). Desafortunadamente, no todos los hijos nacidos durante el Reino Milenial vendrán a la fe en Cristo. Aquellos que no lo hagan serán arrastrados por Satanás a una rebelión contra Dios al final del Reino Milenial, cuando Satanás sea soltado por un poco de tiempo (Apocalipsis 20:7-10).

Ciertamente, el Milenio será un tipo de situación mundial muy diferente y mucho más glorificadora para Dios que el mundo que existe ahora, pero esto en ninguna manera justifica la afirmación de los amilenialistas de que Dios no podría o no daría lugar a ese estado de cosas. Ciertamente podría hacerlo, y varios pasajes indican que él también tiene la buena intención y el propósito de hacerlo. De hecho, pasajes como Isaías 2:2-4; Zacarías 14:8-21; Ezequiel 34:17-24; Daniel 7:13-14 y Miqueas 4:1-5, aportan evidencia adicional sobre quiénes vivirán en el Reino Milenial.

¿PUEDE DARSE EL PECADO DURANTE EL MILENIO A PESAR DE LA PRESENCIA CORPORAL DE CRISTO?

Por otro lado, no es ciertamente imposible que una secreta y malvada rebelión pueda persistir sobre la tierra pese a la presencia corporal de Cristo gobernando como Rey. Debemos recordar que Judas vivió con Jesús en una estrecha relación durante tres años, y aun lo traicionó. Por otro lado, muchos fariseos vieron los milagros de Jesús, y hasta lo vieron levantar a gente de los muertos, y todavía no creían. De hecho, aun cuando los discípulos estuvieron en la presencia del Señor Jesús glorificado, leemos que «algunos dudaban» (Mt 28: 17).

Esa persistente incredulidad en la mera presencia de Cristo es difícil de comprender, pero tenemos que recordar que el propio Satanás cayó desde una posición exaltada en la presencia de Dios en el cielo (Isaías 14:12-15; Ezequiel 28:12-26). Por eso, cuando los amilenaristas objetan que las personas no podrían persistir en el pecado en la presencia del reinado corporal de Cristo sobre la tierra, su posición no tiene en cuenta las profundas raíces y la naturaleza altamente irracional del pecado. También fallan completamente al no considerar el hecho de que aún una «prueba sólida» y una «evidencia innegable» no pueden forzar una conversión genuina.

No podemos olvidar que el genuino arrepentimiento y la fe nacen de la obra del Espíritu Santo en el corazón de las personas que faculta y persuade. Es cierto que Dios en su gracia capacita la voluntad del pecador para que libremente se arrepienta y crea, pero el hombre aún puede rehusarse a hacerlo. Cada pecador, capacitado por la gracia de Dios, tiene libertad para creer o rehusar creer, y su destino eterno depende de cómo use dicha libertad. Esto no cambiará durante el Milenio. El pecador puede cooperar con el Espíritu de Dios y ser regenerado o resistir la gracia de Dios y perderse para siempre. Dios, en su soberanía, ha decidido concederle al hombre, hasta el final de los tiempos, su albedrío (es ahí donde la interpretación premilenaria histórica encaja a la perfección con la soteriología arminiana), aún durante el reinado milenial de Cristo sobre la Tierra.

Durante el Milenio la humanidad tendrá la posibilidad de escoger un solo camino de vida, el que Cristo les va a enseñar. Muchas generaciones vivirán sin haber sido expuestas jamás a ningún otro modo de vida. No obstante, desde el principio Dios siempre les ha permitido a los seres humanos escoger entre el bien y el mal (Deuteronomio 30:19). Sería un error creer que ninguna persona nacida durante el Milenio jamás escogería los caminos de Satanás si tuviera la oportunidad de hacerlo. Y por los acontecimientos descritos en Apocalipsis 20 podemos ver que Dios permitirá que muchas personas que vivan durante esa era tengan la posibilidad de escoger. También es razonable creer que algunas de ellas responderán a la intriga de Satanás y optarán por seguir sus caminos de egoísmo y rebelión por encima de los caminos de Dios de amor y colaboración.

El número de personas que tomará esta decisión será suficiente para formar un gran ejército: “Subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió” (Apocalipsis 20:9). Esto no debería sorprendernos, pues Dios siempre ha probado a su pueblo para ver qué hay en sus corazones (Deuteronomio 8:2; 1ra Tesalonicenses 2:4; Hebreos 11:17). No debemos suponer que los que vivan durante el Milenio no van a ser probados. Todos los que vivan durante ese período tendrán alguna forma de probar si serán fieles a Dios y sus caminos. Por eso, al final de ese período, Dios soltará a Satanás por un poco de tiempo y muchos elegirán sus mentiras.

Este rechazo de la verdad por parte de algunos en el Milenio pondrá en evidencia la triste realidad de la depravación humana y lo absurdo de su rebelión contra Dios. Por otro lado, vindica el carácter justo y misericordioso de Dios ante todas sus criaturas y presenta una base moral sólida para la destrucción inmediata de los rebeldes al final de la era milenial: El Milenio pondrá en evidencia ante toda la creación que el hombre es tan depravado que, aún viendo con sus ojos los beneficios del Reino de Dios, experimentando los poderes del siglo venidero (Hebreos 6:4-6), y teniendo un anticipo tangible de lo que serán los cielos nuevos y la Tierra nueva, aún así elige el mal. Dios, por lo tanto, tiene un propósito didáctico a cumplir a través del Milenio: Le mostrará al hombre las ventajas de someterse a su dominio y las consecuencias de rechazarlo, asimismo, confrontará a la humanidad con su pecado y pondrá en evidencia ante todas sus criaturas, la justicia de Dios en la condenación de los impíos e impenitentes.

Así pues, libertario hasta el final, en el juicio ante el Trono Blanco, veremos a Dios entregando activamente al ser humano a lo que ellos eligieron libremente: seguir su propio camino, ser “el amo de su propio destino, el capitán de su alma”, para alejarse de Él y su control. De este modo, la destrucción de los impenitentes al final del Milenio y su arrojamiento definitivo en el lago de fuego después del Juicio Final es simplemente Dios desterrando a los rebeldes a regiones a las que ellos mismos trataron desesperadamente de llegar toda su vida. Esto es así porque las Escrituras ven el infierno como elegido por las personas y aparece como el gesto de Dios de respeto por la elección humana. Al final de los tiempos todos reciben lo que realmente eligieron, ya sea estar con Dios para siempre, adorándolo, o sin Dios para siempre, adorándose a sí mismos. Si lo que los hombres desean es adorar a Dios en la belleza de su santidad, entonces eso es lo que obtendrán (Sal. 96:9-13). Si lo que más desean es ser tu propio amo, entonces la santidad de Dios se convertirá en una agonía, y la presencia de Dios en un terror del que huirán para siempre (Ap. 6:16; cp. Is. 6:1-6).

Sin duda millones de personas se volverán cristianas durante el Milenio, y la influencia del reino de Cristo se impregnará en cada aspecto de toda sociedad en el mundo. Pero al mismo tiempo no es difícil comprender cómo el mal y la rebelión crecerán simultáneamente. Tal es la naturaleza irracional del pecado que aquellos que «están muertos en transgresiones y pecados» persistirán a menudo en rebelión e incredulidad aun ante una abrumadora evidencia en contra.

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