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Confesión Arminiana | Capítulo VI

𝘗𝘰𝘳 𝘍𝘦𝘳𝘯𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘌. 𝘈𝘭𝘷𝘢𝘳𝘢𝘥𝘰

Los primeros arminianos, conocidos históricamente como remonstrantes, redactaron una Confesión de Fe en 1621, en los breves años que siguieron a la conclusión del Sínodo de Dort. La Confesión Arminiana de 1621 fue pensada como una declaración de fe concisa y fácilmente comprensible y un correctivo a lo que vieron como las tergiversaciones publicadas en las Actas del Sínodo de Dort. A continuación, presentamos el sexto capítulo de dicha Confesión de Fe.

𝐂𝐀𝐏𝐈𝐓𝐔𝐋𝐎 𝐕𝐈 — 𝐒𝐎𝐁𝐑𝐄 𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐕𝐈𝐃𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀 𝐃𝐄 𝐃𝐈𝐎𝐒

(1.- La creación es seguida inmediatamente por la providencia actual de Dios, que en el ínterin también se extiende a la obra de la redención, primero a todas las edades, luego a las obras y cosas que son o serán en este mundo. Porque esto no es más que una seria y continua inspección, cuidado y control del universo entero, pero especialmente del hombre (para cuyo bien, para gloria de Dios, todas las cosas fueron formadas), o la preservación y sustento de todas las criaturas, a saber, de las cosas y las personas, así como el gobierno y la dirección de nuestras acciones y de todos los eventos (sean buenos o malos) que suceden en el tiempo de cualquier manera a sus criaturas, pero especialmente a los hombres y sobre todo a los piadosos. Y esto fue instituido de acuerdo con la regla más exacta de la sabiduría divina, la justicia y la igualdad.

(2.- Esto, por tanto, es en parte general con respecto a todas las criaturas, en parte especial con respecto a los ángeles y los hombres, pero ciertamente con respecto a las personas piadosas y santas. Por su providencia general, Dios cuida y gobierna todas las cosas, quienquiera que sea y dondequiera que se encuentren, pero de diferentes formas y grados de acción, y eso para Su propio eterno beneplácito y sabiduría verdaderamente admirable. Porque Él no solo conserva sus naturalezas o propiedades y poderes, sino que también los usa de acuerdo a Su voluntad, ya sea para el bien o el castigo del hombre, especialmente visto por Dios negando, quitando, transfiriendo, agitando, deteniendo, reprimiendo, controlando, multiplicando, disminuyendo, etc., ya sea como [un acto de] bondad o gracia o misericordia y paciencia, o por el contrario, por Su venganza o ira y severidad.

La providencia especial de Dios acerca de los ángeles, en la medida en que se nos revela en las Escrituras, ya se mostró suficientemente acerca de su creación. Porque Dios usa su servicio primero para manifestar Su propia gloria, luego para gobernar todas las partes del mundo; y su excelente sabiduría, poder, rapidez, número o multitud, etc., ciertamente para que puedan instruir, atender, observar, vigilar [y] consolar a los hombres, o incluso también para castigarlos como Él lo juzga por Su propia gloria, o la salvación de su pueblo.

En cuanto a los hombres, sin embargo, o más bien a las operaciones libres y especialmente religiosas de los hombres, se mueve de diversas maneras. Porque primero limita y circunscribe la libertad de su voluntad por medio de la ley, de modo que el hombre no pueda ni quiera hacer lo que le dé la gana sin consideración del pecado, y principalmente con este fin, que no pueda querer ni hacer excepto lo que es recto y justo, y esto para que, como imagen viva, refleje a su creador y permanezca siempre sujeto a Él. Entonces, para que el hombre pueda rendir voluntaria y alegremente esa obediencia, Dios consagra una ley que hace con él mediante notables y grandes promesas y advertencias. Y para que pueda obtener y buscar lo mismo más y mejor, emplea diversas persuasiones, exhortaciones, súplicas, señales, obras poderosas, etc., con respecto al hombre. Siempre lo incita, lo estimula, lo ayuda y lo fortalece, hasta donde es suficiente, para que el hombre realmente le obedezca y persevere en la obediencia hasta el final.

En tercer lugar, su obediencia y acciones rendidas obedientemente, con singular cuidado [Dios] las observa, aprueba y se deleita en ellas y siempre las guarda fielmente en la memoria como dignas de la recompensa de gracia prometida, y como tales las pone continuamente ante sus ojos.

(3.- Con respecto a la desobediencia o el pecado, en primer lugar, aunque Él tiene el mayor odio por ellos, lo permite consciente y voluntariamente, pero no con tal permiso, que al ser concedido, la desobediencia continúe desenfrenada e indefinidamente. Porque así, la desobediencia se seguiría necesariamente del permiso de Dios como un efecto de su causa y Dios sería completamente el autor del pecado. De hecho, el pecado ya no se consideraría pecado, y mucho menos digno del castigo eterno. Pero, si se le concede, el hombre puede llegar a ser realmente desobediente (aunque no impune) si así lo desea. Porque el verdadero permiso requiere no solo que el poder de la voluntad sea libre en sí mismo, sino también que el uso del poder sea libre con el poder de la elección contraria, o que permanezca inmune a toda necesidad, tanto interna como externa.

En segundo lugar, las acciones que fluyen de la desobediencia de acuerdo con Su sabiduría infinita, Él las dirige de diversas maneras, ya sea a tal o cual objeto, y hacia algún fin determinado, a quién y qué le agrada. El hombre mismo a menudo no sabe nada al respecto ni sospecha nada de eso, incluso a veces contra Su voluntad. Y Él los determina de tal manera que no siempre suceden cuando el diablo y los malvados quieren que sean, ni son tantos, ni tan penosos, ni duran tanto como quisieran.

En tercer lugar, al hacerlo, castiga o perdona según le parezca bien. Pero Él nunca decreta que sucedan malas acciones, ni las aprueba ni las ama. Ni los ordena, ni los provoca o busca, ni los incita ni los obliga, ni Él mismo los administra para castigarlos y vengarlos. Pero él siempre los odia y rechaza seriamente, y por eso también, en santidad, los prohíbe y al final castiga severamente a los pecadores por ellos, especialmente a los rebeldes y obstinados.

(4.- El método de esta providencia varía, primero en cantidad, luego en calidad. En cuanto a la cantidad, porque primero no extiende de manera primaria ni equitativa su cuidado y afecto a todos los objetos. Porque atiende primero a los hombres y luego a sus demás criaturas, y entre los hombres, a los piadosos más que a los impíos, y entre los que son excelentes, es decir, los que se destacan por encima de los demás en virtudes, ministerios o dones divinos, ya sea en la iglesia o la república, que pertenecen al dicho del Apóstol: “¿Tiene Dios cuidado de los bueyes?”

En segundo lugar, Él se deleita y favorece las acciones moralmente buenas de cualquier persona. Mas no porque alguien cuente con su beneplácito se complacerá de todas sus acciones. Por el contrario, es más bien porque Él está complacido con estas acciones, que Él se complace con la persona.

En tercer lugar, a menudo emplea mayor paciencia, consideración y tolerancia con personas que aún no cumplen con su deber, ya sea por burda ignorancia debido a la corrupción de los tiempos [en los que] trabajan, o por un hábito pecaminoso, quizás más profundamente arraigado, que es difícil de posponer, que con los que se iluminan y resisten contra una conciencia iluminada, ya sea constante o repetidamente, o recaen con frecuencia.

En cuarto lugar, con respecto a los verdaderamente piadosos y a los que ya están cumpliendo con su deber, normalmente emplea más afecto, placer, celo y preocupación por ellos que por los demás. De donde también les brinda más y mayores ayudas de gracia, dones de su Espíritu Santo y medios de salvación que a otros. De hecho, cuando caen por enfermedad, Él está acostumbrado a soportarlos con mayor tolerancia, paciencia y celo más ardiente que los demás.

En quinto y último lugar, acerca de aquellos que claramente no cumplen con su deber, y son culpables de un desafío y rebelión prolongados, casi siempre emplea mayor dureza e ira hacia ellos que hacia cualquier otro pecador, es decir, no rara vez les envía maldiciones más pesadas, a veces incluso cegándolos, endureciéndolos o entregándolos a la eficacia del error, a sus propios deseos corruptos y a una mente reprobada (al punto que aquel que ha sido de tal manera abandonado a su suerte, no puede siquiera reconocer lo que es correcto, ni guiar a otros hacia ningún bien), de hecho muy a menudo Dios entrega a los tales al poder del mismo Satanás, quien obra poderosamente en los hijos de desobediencia.

Por último, a veces Él muestra magníficamente su justa ira y su terrible poder en ellos castigándolos de manera ejemplar y abierta, como en el teatro del mundo a plena luz del día y ante los ojos de los demás.

(5.- La providencia de Dios varía en calidad sobre sus creaciones porque, en primer lugar, Dios actúa sobre algunos objetos, ya sea afectándolos de forma inminente o controlándolos eficazmente. Dios usa su omnipotencia absoluta e irresistible sobre ciertas cosas; más con respecto a otras, Dios interviene y brinda su ayuda adaptándose a nuestras necesidades particulares y a nuestra propia naturaleza. En segundo lugar, algunas cosas las obra inmediatamente por sí mismo, algunas cosas [obra] a través de sus ángeles, hombres u otras criaturas. Tercero, algunas cosas las logra mediante una acción casi física. Algunas las ejecuta por una ética o moral. Y ambos se hacen de acuerdo con las naturalezas y facultades implantadas en las cosas a través de la creación, raramente por encima de ellas, pero nunca en contra. Finalmente, administra todas las cosas de manera óptima, es decir, casi siempre de acuerdo con Su propia naturaleza y la naturaleza de las cosas.

(6.- Por lo tanto, aunque la providencia divina siempre interviene en todos los hechos, palabras y pensamientos humanos, y por medio de ella Dios maneja todas las acciones externas y los eventos de todas las cosas de acuerdo únicamente con Su voluntad, sin embargo, nunca elimina la contingencia natural de las cosas y la libertad innata de la voluntad humana, que una vez fue dada hace mucho tiempo en la creación, pero por lo general deja a salvo la naturaleza de las cosas. Y así le permite al hombre actuar según su propia naturaleza y desempeñar libremente su parte, y por tanto no le impone en ningún momento la absoluta necesidad de hacer el bien, y mucho menos de hacer el mal.

(7.- Por lo tanto, nada sucede en ningún lugar del mundo de manera precipitada o por casualidad, es decir, sin que Dios lo sepa, o lo ignore, o lo observe ociosamente, pues todo pasa bajo su permisión. Porque en verdad no hay nada bueno o malo que sea fatal o no contingentemente hecho por el hombre o por absoluta necesidad, que escape del poder de Dios. Más sin embargo, Dios no está forzando violentamente las voluntades de los hombres hacia esto o aquello, ejerciendo sobre ellos algún poder irresistible, algún decreto absoluto y siempre eficaz o alguna otra forma de actuar.

(8.- Por lo tanto, mediante la verdadera providencia de Dios, gobernando sabia y justamente todas las cosas de una manera santa, no queda lugar en el mundo para la ciega fortuna y la temeridad de los epicúreos, ni para la inquebrantable y fatal necesidad de los Estoicos, maniqueos o predeterministas [los que compiten por el error de la elección incondicional]. Estas dos rocas, extremadamente perjudiciales y ciertamente peligrosas en este tema, deben evitarse especialmente. Además, aquellos que son verdaderamente piadosos, debidamente informados sobre todas estas cosas y pacientes en cualquier adversidad, siempre darán gracias a Dios en prosperidad, y, además, en el futuro, depositarán libre y continuamente su mayor esperanza en Dios, su Padre muy fiel.

𝐁𝐈𝐁𝐋𝐈𝐎𝐆𝐑𝐀𝐅𝐈𝐀:
𝘛𝘩𝘦 𝘈𝘳𝘮𝘪𝘯𝘪𝘢𝘯 𝘊𝘰𝘯𝘧𝘦𝘴𝘴𝘪𝘰𝘯 𝘰𝘧 1621 (𝘌𝘶𝘨𝘦𝘯𝘦: 𝘗𝘪𝘤𝘬𝘸𝘪𝘤𝘬 𝘗𝘶𝘣𝘭𝘪𝘤𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯𝘴, 2005).

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