Sin categoría

Confesión Arminiana | Capítulo VII

𝘗𝘰𝘳 𝘍𝘦𝘳𝘯𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘌. 𝘈𝘭𝘷𝘢𝘳𝘢𝘥𝘰

Los primeros arminianos, conocidos históricamente como remonstrantes, redactaron una Confesión de Fe en 1621, en los breves años que siguieron a la conclusión del Sínodo de Dort. La Confesión Arminiana de 1621 fue pensada como una declaración de fe concisa y fácilmente comprensible y un correctivo a lo que vieron como las tergiversaciones publicadas en las Actas del Sínodo de Dort. A continuación, presentamos el séptimo capítulo de dicha Confesión de Fe.

𝐂𝐀𝐏𝐈𝐓𝐔𝐋𝐎 𝐕𝐈𝐈 — 𝐒𝐎𝐁𝐑𝐄 𝐄𝐋 𝐏𝐄𝐂𝐀𝐃𝐎 𝐘 𝐌𝐈𝐒𝐄𝐑𝐈𝐀 𝐃𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐌𝐁𝐑𝐄

(1.- Ambas obras de la bondad divina de las que hablamos, a saber, la creación y la providencia, son seguidas por la obra especial de gracia y misericordia, la cual tuvo lugar cuando al pecado tuvo la ocasión de entrar a este mundo, a lo cual le siguió el justo castigo o la condición penal o miserable del hombre, de la cual los creyentes son liberados gratuitamente por Cristo, acerca de lo cual hablaremos más adelante.

(2.- El pecado fue traído al mundo por este motivo. Dios le dio al hombre, siendo creado con tales facultades como hemos dicho, una ley de no comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, colocado en medio del huerto, bajo pena de muerte eterna y varias otras miserias. Sin embargo, esa ley fue quebrantada por Adán, junto con su esposa, quien fue seducida por Satanás y engañada por sus falsas creencias.

Así pues, la ley de Dios fue rota, no tanto por una voluntad espontánea, sino por una verdaderamente libre. Porque Adán no fue forzado por ningún impulso violento externo ni por ninguna determinación o necesidad secreta y oculta (ya sea de Dios [por decreto] o del diablo) a querer arrancar o comer el fruto prohibido. Tampoco cayó en pecado a través de la sustracción o negación de alguna virtud o acción divina [como la gracia] necesaria para evitar el pecado (que algunos acostumbran a llamar permiso o decreto permisivo eficaz).

Finalmente, Dios no lo impulsó ni movió a la transgresión mediante ningún mandato, orden o instinto, por secreto u oculto que fuera (es decir, que Dios pudiera tener la oportunidad de ejercer su misericordia indulgente y justicia punitiva), como algunos perversamente enseñan. Porque Dios sería verdadera, propia, especial y de hecho únicamente, el autor del pecado. De hecho, tal transgresión no sería un pecado verdadero, ni el hombre por ese pecado podría ser verdaderamente culpable o justamente miserable.

Además, Dios no buscaba en esto una oportunidad de ejercer Su verdadera misericordia o justicia. El hombre cometió este pecado por pura libertad de su voluntad, inmune a cualquier necesidad interna o externa. Por parte de Dios, solo entró Su permiso, y del diablo, solo su persuasión, a la que el hombre fácilmente podría haber resistido y no haber escuchado, no dejándose seducir por la belleza externa y la gracia del fruto prohibido.

(3.- A través de esta transgresión, el hombre fue expuesto a la muerte eterna y múltiples miserias por el poder de la amenaza divina y fue despojado de esa felicidad primordial que recibió en la creación. Por lo tanto, fue expulsado de ese jardín más delicioso (una especie de paraíso celestial) en el que, por lo demás, conversaba felizmente con Dios, y fue excluido perpetuamente del árbol de la vida, que era un símbolo de la bendita inmortalidad.

(4.- Debido a que Adán era el linaje y la raíz de toda la raza humana, por lo tanto, involucró e implicó no solo a sí mismo, sino también a toda su posteridad (como si estuvieran contenidos en sus lomos y salieran de él por generación natural) en la mismo muerte y miseria consigo mismo, de modo que todos los hombres sin discriminación alguna, excepto nuestro Señor Jesucristo, son por este único pecado de Adán privados de esa felicidad primordial, y destituidos de la verdadera justicia necesaria para lograr la vida eterna, y en consecuencia ahora nacen sujetos a esa muerte eterna de la que hablamos, y a sus múltiples miserias.

Y esto es común y vulgarmente [de la lengua o lenguaje natural de uno] llamado pecado original, respecto del cual también debe sostenerse que el Dios más bondadoso, en su amado Hijo Jesucristo, como un segundo y nuevo Adán, ha preparado para todos. un remedio para este mal general que derivamos de Adán. Es malinterpretando este hecho [el pecado original], que algunos, basados en el pecado de Adán, fundamentan la errónea enseñanza decreto de absoluta reprobación.

(5.- Además de este pecado, están los pecados propios o reales de todos y cada uno de los hombres, los cuales también realmente multiplican nuestra culpa ante Dios y oscurecen nuestra mente con respecto a los asuntos espirituales. En efecto, poco a poco [nos] ciegan, y finalmente depravan nuestra voluntad cada vez más por el hábito de pecar.

(6.- De este tipo de pecados hay varias especies y grados, como puede entenderse por sus diversos objetos, sujetos, causas, modos, efectos y circunstancias, a saber, unos de comisión [hacer lo que no se debe hacer], otros de omisión [no haciendo lo que debe hacerse], unos de la carne, otros del espíritu; unos por ignorancia, otros por repentina pasión o debilidad, y otros por resuelta malicia; unos contra la conciencia, otros no contra la conciencia; unos reinantes, otros no reinantes; unos a la muerte, otros no a la muerte; unos contra el Espíritu Santo, otros no contra el Espíritu Santo, etc.

Siempre debe tenerse en cuenta con respecto a ellos que hay algunos pecados reales de los cuales está escrito expresamente o no se indica de manera oscura que quien los comete no puede participar en el reino de los cielos y la vida eterna, como todas las obras de la carne que son descritos en Gálatas 5, 1 Corintios 6 y Efesios 5, Tito 3 y otros, y aquellos que son similares a ellos, ya sean acompañados de desprecio a Dios y un abuso manifiesto de la razón correcta, los cuales no pueden ser considerados insignificantes por aquellos que desean el bien celestial y eterno. Tales son el amor al mundo y las cosas mundanas, los cuidados, las preocupaciones y la ansiedad perpetua por obtenerlos, poseerlos y retenerlos, etc.

Mas sin embargo, hay ciertas faltas que merecen ser llamados deslices más ligeros en lugar de crímenes, para los cuales, como consecuencia del pacto misericordioso de Dios y su bondad paternal, un hombre no está excluido de la esperanza de la vida eterna, a menos que se arroje a sabiendas y previsiblemente en ellos. Mas no estará excluido de la esperanza de la vida eterna si sólo cae en ellos por desconsideración, fragilidad, falta de atención, o alguna pasión repentina, ya sea que surja de un temperamento natural, o una mala práctica, o alguna casualidad inesperada, etc.
Por lo tanto, los actos aquí casi siempre deben distinguirse con precisión de los hábitos y, en ese sentido, manifiestan imperfecciones y debilidades de aquellos actos cometidos contra el expreso dictado de la razón natural o la revelación sobrenatural, y acompañados de una abierta transgresión de algún mandamiento e injuria de nuestro prójimo (especialmente según el sentido del Nuevo Testamento).

(7.- Dios ordena varios castigos para la diversa cantidad o calidad de pecados, a saber, primero de condenación, luego de sentido, ya sea temporal o eterno; finalmente, ya sea corporal o espiritual, etc.

(8.- Porque ese doble poder y eficacia del pecado del que se mencionó anteriormente (de hecho, la condenación o muerte eterna, y la servidumbre del pecado, o cautiverio bajo la práctica del pecado), se mostró claramente hace mucho tiempo, en épocas pasadas en las cuales Dios no revelaba clara y plenamente Su gracia salvadora, destinada antes de los siglos para los pecadores, pero la reveló sólo desde lejos, oscura y casi como a través de un enrejado, es decir, bajo una promesa general de Su gracia y favor, bajo el tipo y la sombra de las cosas corporales.

Porque aunque en el Antiguo Testamento no faltaban del todo los que creían en Dios con la ayuda de esa gracia divina y por la fe caminaban sin mancha y sinceridad ante Él; y por una vida ordenada según la voluntad de Dios, se sacudió el dominio del pecado, y por esa fe viva también fueron verdaderamente justificados o absueltos de la culpa de sus pecados, y se les otorgó la recompensa de la vida eterna, como está claro en el ejemplos de Abel, Enoc y Abraham, el padre de todos los que creen, etc.
Sin embargo, la mayoría estaba abrumada por el pecado y abrumada por el peso de su miseria. Porque al principio, cuando todavía no se había recibido ninguna ley escrita, todavía prosperaban entre los hombres los dictados de la razón natural, las tradiciones paternas y algunas otras revelaciones y apariciones divinas y angélicas ordenadas por Dios. El pecado no solo estaba en el mundo, sino que también ejercía su poder de tal manera que toda carne (con la excepción de unos pocos, que eran justos y por la fe caminaban ante Dios en santidad) corrompió su camino, y toda imaginación del hombre fue solo malvada desde la niñez. Por esto, la culpa del pecado aumentó tanto en ese momento que un diluvio universal fue traído sobre el mundo de los impíos.

(9.- Luego, después del diluvio, el pecado no solo no fue lavado, sino más bien como levadura, difundido y esparcido por toda la raza humana, de modo que todos los pueblos, naciones y regiones del mundo se contaminaron por completo con idolatría y otros pecados inmundos y abominables, al punto que en las comunidades más grandes y amplias [como Sodoma y Gomorra] apenas existían diez hombres justos.

Finalmente, cuando Dios inquirió en las naciones, eligió a algunos hombres de entre la multitud de idólatras y pecadores para Él, y por Su gracia especial estableció con su posteridad una ley escrita de muchos y varios mandamientos (moral, ceremonial, político), como yugo gravoso y duro de llevar, para que se les refrenara mejor de pecar y se les obligara a cumplir con su deber, también lo consagró con las más severas amenazas y las promesas multiplicadas. De hecho, Él constantemente proporcionó mensajes de Su voluntad y placer bondadosos para que los profetas y sus otros siervos los repitieran e insistieran en el amplio impedimento que las transgresiones representaban para presentarse ante Dios.
Sin embargo, el pecado venció, su dominio de ninguna manera fue destruido por esa ley, la culpa no fue removida por la sangre de toros y machos cabríos y otros sacrificios de ese tipo. Pero el pecado aumentaba cada vez más, estimulado por la ley como una espina clavada, y la culpa de la muerte y la condenación se agravaba tanto que el mundo entero estaba encerrado bajo el pecado y expuesto a la condenación.

(10.- De aquí surgió claramente la máxima necesidad y también la ventaja de la gracia divina, preparada para nosotros en Cristo el Salvador antes de los siglos. Porque sin él no podríamos librarnos del miserable yugo del pecado, ni hacer nada verdaderamente bueno en toda piedad, ni escapar finalmente de la muerte eterna o de cualquier verdadero castigo del pecado. Mucho menos podríamos en cualquier momento obtener la salvación eterna sin ella o por nosotros mismos.

𝐁𝐈𝐁𝐋𝐈𝐎𝐆𝐑𝐀𝐅𝐈𝐀:
𝘛𝘩𝘦 𝘈𝘳𝘮𝘪𝘯𝘪𝘢𝘯 𝘊𝘰𝘯𝘧𝘦𝘴𝘴𝘪𝘰𝘯 𝘰𝘧 1621 (𝘌𝘶𝘨𝘦𝘯𝘦: 𝘗𝘪𝘤𝘬𝘸𝘪𝘤𝘬 𝘗𝘶𝘣𝘭𝘪𝘤𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯𝘴, 2005).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s