Bibliología

La inerrancia de las Escrituras.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Toda teología sistemática protestante organiza las doctrinas de las Sagradas Escrituras siguiendo un orden lógico basado en las preocupaciones centrales de reflexión teológica que se han desarrollado a través de los siglos. Generalmente, el orden es el siguiente: (1) Bibliología, la doctrina de las Sagradas Escrituras; (2) teología propia, la doctrina de Dios; (3) antropología, la doctrina de la humanidad; (4) soteriología, la doctrina de salvación; (5) eclesiología, la doctrina de la iglesia y finalmente, (6) la escatología, la doctrina del fin de los tiempos.

La bibliología evangélica, la doctrina de las Sagradas Escrituras, se fundamenta en el concepto de la inerrancia, autoridad e inspiración divina de las mismas. Para los evangélicos la Biblia no es un libro más, es la Palabra de Dios. En la teología evangélica conservadora, la inspiración y la inerrancia son inseparables. Para el creyente evangélico hay sólo dos alternativas lógicas posibles: o la Biblia es inspirada y sin error (o más bien sin error por ser inspirada) o es un libro que en su calidad no difiere de otros, abrigando en su contenido la posibilidad de errores históricos, doctrinales o de cualquier otra índole. El tema de la inerrancia pues, implica la consideración de conceptos como la autoridad y la suficiencia de la escritura.

Para los cristianos evangélicos, la autoridad y suficiencia de la Biblia es incuestionable. Creemos firmemente que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios al hombre, la regla infalible e inapelable de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21).

En este artículo, se verá que la doctrina de la inerrancia de las Escrituras merece el estatus de ser esencial para la fe cristiana. No exageramos al considerar que la doctrina de la inerrancia es fundamental para un cristianismo consistente y saludable, ya que ella simplemente no puede rechazarse sin graves consecuencias, tanto para el individuo como para la Iglesia. La teología como ciencia bíblica pierde su razón de ser si la Biblia no es inerrante.

“Toda palabra de Dios es digna de crédito; Dios protege a los que en él buscan refugio. No añadas nada a sus palabras, no sea que te reprenda y te exponga como a un mentiroso.” (Proverbios 30:5-6, NVI).

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LA INERRANCIA DE LAS ESCRITURAS

La inerrancia significa que lo que Dios ha dicho es sin error. Una y otra vez, las Escrituras declaran que son «la Palabra de Dios». El Antiguo Testamento tiene una abundancia de frases tales como «Dios dijo» (Génesis 1:3, 6, 9, 14, 20, 24), «así dice el Señor» (Éxodo 4:22, 1 Samuel 2:27, y más de cuatrocientos pasajes adicionales), y «la palabra del Señor vino» (Génesis 15:1, 4; 1 Samuel 15:10; Jeremías 1:2, 4, 11, 13). En otros pasajes, la Escritura corresponde a la autoría divina: «dice» (Romanos 3:19; 15:10; 1 Pedro 2:6); «está escrito» (Mateo 4:4, 6, 10; Hechos 1:20); y «la Escritura dice» (Romanos 9:17; 10:11; 11:2). De forma unánime, los escritores sagrados afirman que escriben las palabras de Dios. Además, repetidas veces la Escritura afirma ser «verdad», como se expresa de manera vívida en la oración sacerdotal de Jesús: «Tu palabra es verdad» [alētheia, no alēthēs; es decir, «verdad» y no «verdadera»] (Juan 17:17).

El Antiguo Testamento a menudo reiteraba la veracidad de Dios: «Dios no es un simple mortal para mentir y cambiar de parecer» (Números 23:19); «Señor mi Dios, tú que le has prometido tanta bondad a tu siervo, ¡tú eres Dios, y tus promesas son fieles!» (2 Samuel 7:28); «Tu palabra, Señor, es eterna, y está firme en los cielos» (Salmo 119:89); y «toda palabra de Dios es digna de crédito» (Proverbios 30:5). En el Nuevo Testamento, y más específicamente en la enseñanza de Pablo, hay pasajes parecidos: «Dios, que no miente» (Tito 1:2). Y la carta a los Hebreos señala de manera similar: «Es imposible que Dios mienta» (Hebreos 6:18). La verdad es un atributo de Dios, y el Espíritu de Dios es el Espíritu de la verdad (Juan 14:17; 15:26; 16:13). Esta verdad se refleja a través de la inerrancia de su santa Palabra, la Biblia.

De acuerdo con el teólogo Wayne Grudem, la inerrancia es creer en la “total veracidad y fiabilidad de las palabras de Dios.”[1] Esta inerrancia no aplica solo en los pasajes que hablan sobre la salvación, sino a todas las declaraciones históricas y científicas. La Biblia no solo es precisa en asuntos de fe y práctica, sino que es precisa y sin error con respecto a cualquier afirmación que haga (Juan 3:12; 17:17).

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PERSPECTIVAS EVANGÉLICAS SOBRE LA INERRANCIA DE LAS ESCRITURAS.

Sin embargo, es importante señalar que, entre los evangélicos, existen dos puntos de vista en relación con la inerrancia bíblica:

1.      INERRANCIA LIMITADA:

Algunos grupos evangélicos abrazan lo que se ha llamado “inerrancia limitada”. Según esta perspectiva, la “inerrancia” de un libro o pieza de literatura puede evaluarse únicamente a la luz de la intención o el propósito del autor. ¿Cumple el autor con su propósito por escrito? Si es así, la obra es inerrante. Si no, no lo es. Según esta perspectiva, el propósito de la Escritura Sagrada es hacernos sabios para la salvación (2 Timoteo 3:15), no hacernos sabios en botánica, geología, astronomía, historia antigua o cualquier otra rama del saber. Según esta corriente, los escritores bíblicos tenían propósito de informar los acontecimientos y el significado de los actos redentores de Dios en la historia para que los hombres puedan ser sabios para la salvación. Por lo tanto, desde esta perspectiva, la Biblia solo es inerrante en este sentido. En lo que a otros temas se refiere, las Escrituras pueden y se equivocan en otros asuntos no relacionados con la salvación del hombre.

2.      INERRANCIA ABSOLUTA:

Desde esta perspectiva, se entiende que las Escrituras son veraces y confiables en lo que tienen la intención de afirmar. De este modo, el término inerrancia es prácticamente sinónimo de infalibilidad y se utiliza para atestiguar que la Escritura, como está documentada en los manuscritos originales, los autógrafos, no tiene error. Al carecer de error y ser completamente veraces, las Escrituras son absolutamente confiables (2 Samuel 7:28; Salmo 119:160; Juan 17:17; Colosenses 1:5). En esta corriente, la infalibilidad y la inerrancia se aplican a todas las Escrituras; se acepta que todo lo que afirma y enseña la Biblia es verdad.

Para los inerrantes absolutos, las Escrituras son la revelación de Dios a los seres humanos, la regla autoritativa de fe y conducta y, como tal, exigen que las Escrituras sean vistas como dignas de absoluta confianza y credibilidad. Algunos teólogos prefieren usar la palabra “infalibilidad”, que proviene del latín infallibilitas, que significa “la calidad de no engañar ni ser engañado” para describir la inerrancia absoluta o completa. Sin embargo, ambos conceptos, infalibilidad e inerrancia, son complementarios, ya que “Inerrancia” proviene del latín inerrantia, y simplemente significa “libre de error”. Esto significa que las Escrituras no afirman nada contrario a los hechos. Juntas, las dos palabras expresan la idea de que toda la Escritura viene a nosotros como la misma Palabra de Dios y, por lo tanto, es confiable, verdadera, y libre de error.

¿Por qué es tan importante creer en la inerrancia absoluta de las Escrituras? Porque la veracidad bíblica y la autoridad bíblica están unidas. Solo la verdad puede tener la autoridad final para determinar la fe y la práctica, y las Escrituras no pueden tener esa autoridad más allá de lo que es verdadero. Por ejemplo, si la Biblia está equivocada en el área histórica, o si su relato de la creación es simplemente una colección de mitos, entonces ¿quién dice que es verdadera al hablar sobre cualquier otra cosa? Si la Biblia no puede contener verazmente los detalles sobre la creación, entonces tal vez los detalles sobre la salvación tampoco puedan ser confiables.

Así pues, podemos afirmar que la doctrina de la autoridad divina y la inerrancia de las Escrituras es el fundamento de todos los fundamentos. Por lo tanto, aunque uno puede ser salvo sin creer en la inerrancia, la doctrina de la salvación (por citar ejemplo) no tiene autoridad divina aparte de la infalibilidad e inerrancia de la Escritura. De hecho, ninguna otra doctrina la tiene.

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LA INERRANCIA BÍBLICA EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA.

Respecto a las doctrinas de la inerrancia, autoridad e inspiración de las Escrituras, al igual que otras notables doctrinas de la iglesia cristiana, es importante entender lo que la iglesia ha creído a través de los siglos. Si bien la discusión en torno a la inerrancia de la Escritura es sobre todo un fenómeno de años más recientes, un estudio de la historia eclesiástica sugiere que la iglesia tiene una perspectiva muy elevada de la inspiración de las Escrituras desde hace mucho tiempo, y que la infalibilidad e inerrancia están implícitas en esa perspectiva.

La inerrancia fue enseñada por Cristo y los apóstoles en el Nuevo Testamento. Y la enseñanza de Jesús es el fundamento de nuestra comprensión de las mismas. En Mateo 5:18, se cita a Jesús: «Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido». Jesús pensaba que las Escrituras tenían una significancia eterna, aun en sus detalles más mínimos. Si Jesús no hubiera afirmado la inspiración e infalibilidad completa de las Escrituras, la fuerza de su argumento se perdería. La insistencia de Jesús en la confiabilidad y autoridad de cada fragmento de las Escrituras se ve también en otros pasajes. En Juan 10:34-38, hace referencia a una breve declaración de los Salmos (82:6) y argumenta que ni esa ni ninguna otra parte de la Ley puede ser quebrantada. Si Jesús hubiera pensado que la inspiración de las Escrituras era parcial, y que estaban sujetas a errores en algún detalle, sin duda no hubiera hablado de la manera que habló.

Una de las declaraciones más contundentes sobre la plena inspiración de las Escrituras se encuentra en 2 Timoteo 3:16. Este pasaje, así como se traduce en muchas de sus versiones (RV, NTV, LBLA, DHH, entre otras) comienza con «Toda [o «cada»] Escritura es inspirada por Dios» [«o dada por inspiración de Dios»]. El escritor a los Hebreos expresa un entendimiento similar: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12).

Otro pasaje importante que ofrece gran conocimiento acerca de la función y la naturaleza de la inspiración es 2 Pedro 1:21: «Porque la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo». En su contexto, este pasaje señala la singularidad de las Escrituras cuando se las comparan con afirmaciones de inspiración humana, y declara: «Tenemos también la palabra profética más segura» (1:19, RV). Las personas que escribieron las Escrituras lo hicieron a través de la acción singular y poderosa del Espíritu Santo. Por lo tanto, el testimonio uniforme de las Escrituras es claro: Dios se dio a conocer a la mente del escritor (revelación); el Espíritu Santo guió la transmisión de su revelación mediante palabras (inspiración) ; y, a través de la actividad continua del Espíritu Santo (iluminación), recibimos la revelación original al encontrarnos con las Escrituras.

(1.- LA INERRANCIA EN LA IGLESIA ANTIGUA.

La inerrancia es la posición histórica de la Iglesia cristiana. Durante el período patrístico, se consideraba que las Escrituras eran el trabajo distinguido del Espíritu Santo, que llevaba adelante el mensaje divino. Para los padres de la iglesia, la inspiración se extendía incluso a la fraseología de la Biblia. Por lo tanto, Clemente de Alejandría recalca las palabras de Cristo en Mateo 5:18, al decir que ni siquiera una jota ni una tilde pasará porque la «boca del Señor, el Espíritu Santo, los pronunció».[2]

Gregorio Nacianceno sugiere que los trazos más pequeños de las Escrituras se deben al cuidado del Espíritu Santo, y que debemos ser meticulosos a la hora de considerar cada sombra de significado, por más mínima que sea.[3]

Justino Mártir hizo una distinción entre la inspiración divina y humana, y habló de la Palabra divina que movió a los escritores de las Escrituras.[4] Ireneo afirmó que podemos estar seguros de que «las Escrituras son perfectas, pues fueron dictadas por el Verbo de Dios y por su Espíritu».[5] Prácticamente no hay duda de que los primeros padres tenían una perspectiva muy elevada de la inspiración, y que ésta se extendía a los detalles más minuciosos de las Escrituras.

(2.- LA INERRANCIA BÍBLICA EN LA TRADICIÓN PROTESTANTE.

La Reforma Protestante no hizo nada para debilitar la creencia en la autoridad, inspiración e inerrancia de las Escrituras. Por el contrario, “dado que para muchos teólogos reformados la autoridad de la Biblia tomó el lugar que el papa había tenido en el esquema medieval, la infalibilidad de la Biblia se mantuvo firmemente y se definió más explícitamente entre algunos teólogos reformados.”[6]

Los reformadores, en su búsqueda de autoridad, aceptaron fácilmente la doctrina de la inspiración y, de manera implícita, la infalibilidad y la inerrancia. Zuinglio apeló a ambos Antiguo Testamento y Nuevo Testamento en su defensa de la doctrina cristiana pura.[7] Calvino declaró que, puesto que el Espíritu Santo autentica las Escrituras, «afirmamos con certeza absoluta (como si estuviéramos mirando la majestad de Dios mismo) que [la Escritura] ha fluido hacia nosotros de la boca misma de Dios por el ministerio de los hombres».[8] Lutero argumentó a favor de una perspectiva elevada de la inspiración y creía que las Escrituras carecían de error.[9] Aunque los reformadores no dedicaron una parte decisiva de su teología al tema de la inspiración e inerrancia bíblica, es evidente que aceptaron la plena autoridad de las Escrituras.

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OBJECIONES A LA INERRANCIA.

Quienes pretenden poner en duda la veracidad de la Palabra de Dios argumentan que sus escritos registrados son mera producción humana. Sin embargo, todo cristiano fiel y que considera haber sido alcanzado por la gracia de Dios, no puede menos que aceptar la inspiración e inerrancia de las Escrituras.

Las objeciones más comunes a la inerrancia bíblica suelen ser las siguientes:

  • Dios usó seres humanos pecaminosos y propensos a errores en el proceso de escribir. ¿Acaso no es lógico esperar entonces, que la Biblia contenga errores humanos?
  • A veces la Biblia describa las cosas tal como aparecen, es decir, fenomenológicamente, en lugar de como realmente son. ¿No es esto prueba de su carácter humano e imperfecto?
  • En la Biblia, Dios frecuentemente se acopla al lenguaje y experiencia humanos al dar a conocer en las Escrituras su voluntad y sus caminos. ¿Acaso no prueba esto la inspiración humana de la Biblia?
  • Los autores de las Escrituras cometan ocasionalmente errores de gramática. ¿No debería ser esto suficiente para descartarlas como inspiradas?
  • La Biblia enfatizando ciertos conceptos o doctrinas más que otros, ¿No es esta una falla por sí misma?
  • Si la Biblia es inspirada e inerrante, ¿Por qué las interpretaciones de la Biblia no son uniformes?
  • La Biblia registra mentiras y acciones no éticas, ¿Acaso no contradice esto su inerrancia?
  • Los autores del Nuevo Testamento citan o aludan al Antiguo Testamento con poca precisión verbal, ¿Acaso no es esto un error en las Escrituras?
  • El relato registrado de ciertos eventos no es exhaustivo en sus detalles, ¿acaso no se esperaría exhaustividad de un texto infalible?
  • A veces los autores bíblicos usaron material no inspirado y erróneo al escribir las Escrituras, ¿Acaso no es esto suficiente para descartar la inerrancia del texto bíblico?

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RESPONDIENDO A LAS OBJECIONES

(1.- AUTORÍA HUMANA DE LA BIBLIA

Una cosa es decir que, siendo humanos, podemos cometer errores. Esta es una verdad indiscutible. Ahora bien, el simple hecho de ser humanos no quiere decir que debemos cometer errores (2 Pedro 1:21). Negar la doctrina de la inerrancia porque los escritores de la Biblia fueron seres humanos es un grave error o, ¿A través quién más iba Dios a darnos su palabra? La humanidad presente en cada página de la Biblia es de hecho una prueba adicional de su veracidad, ya que muestra una total ausencia de confabulación y, a la vez, una total coherencia entre sus autores.

La humanidad de la Biblia es innegable. al mirar los estilos de escritura de los diversos autores humanos, está claro que sus personalidades están muy presentes en lo que escriben. No hay dictado mecánico palabra por palabra sucediendo aquí. Por ejemplo, el apóstol Pablo escribió con frases largas y complicadas, y nuestras traducciones en español generalmente las ponen en frases más cortas para que podamos entenderlas más claramente. Sin embargo, Marcos escribió su Evangelio usando frases cortas y llenas de acción que corren a lo largo de una manera muy diferente.

Mientras que el Evangelio de Juan también cubre la vida de Jesús, su descripción de la vida, palabras y hechos de Jesús proviene de un punto de vista muy diferente al de Lucas. Sin embargo, ambos estaban transmitiendo el mensaje inspirado que Dios les dio. La humanidad de las Escrituras no disminuye la realidad de su inerrancia, inspiración y autoridad divina, más de lo que la deidad de Cristo disminuye la realidad de su carne humana. Los cristianos creemos que el mensaje que Dios nos dio en la Biblia es único y, de hecho, infalible. Es la obra del Espíritu Santo la que guio tanto a los escritores de la Escritura que nos dieron, de manera única, exactamente el mensaje que Dios quiso. Así podemos decir que la Biblia es un libro muy humano, porque vemos en él tanto la elegancia como la falta de pulimento, tanto de finura como de lucha de sus autores humanos. Pero también es un libro divino, porque es el único libro en todo el mundo que es verdaderamente “inspirado por Dios”.

(2.- USO DE LENGUAJE Y EXPERIENCIA HUMANOS.

Algunos creen erróneamente que la inerrancia requiere que todo en la Biblia se tome literalmente, como diciendo que esta doctrina significa que Dios literalmente tiene alas, y que las montañas literalmente saltan de alegría, etc. Pero la verdad es expresada frecuentemente en palabras no literales o figurativas, y en lenguaje simbólico. La inerrancia de las Escrituras no queda invalidada por el uso de las numerosas figuras de dicción y los diversos géneros literarios. A través de la Biblia, encontramos parábolas, analogías, símiles, metáforas, hipérboles, símbolos, etc. Entre otros géneros literarios, los escritores emplearon el género narrativo, poético, apocalíptico, profético, didáctico y epistolario para trasmitir la verdad de Dios. Una interpretación precisa de los textos bíblicos requiere prestar suma atención a sus formas literarias.

(3.- USO DE LENGUAJE FENOMENOLÓGICO.

Los autores bíblicos usaron el lenguaje de la apariencia para describir su mundo, así como suelen hacerlo los autores modernos. Es decir, escribieron desde su perspectiva y no en términos técnicos. Así, por ejemplo, podían hablar (como lo siguen haciendo los autores modernos) del sol «saliendo» o «poniéndose», con absoluta veracidad. Con respecto a los milagros, los escritores nos narran lo que vieron y experimentaron sin tratar de explicar el misterio en términos científicos. Por tanto, el milagro del cruce del Mar Rojo, por ejemplo, se anuncia de manera casual: «El Señor envió sobre el mar un recio viento del este que lo hizo retroceder» (Éxodo 14:21-31). Otros milagros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento se comunicaron de manera similar, tal como se habían observado. Los escritores informan los hechos poderosos de Dios que experimentaron, y los atribuyen a su intervención misericordiosa. El objetivo final de los escritores es llamar a sus lectores a tener la misma fe en su Dios poderoso que mostraron ellos, no describir los hechos empleando un lenguaje técnico y científico satisfactorio para el hombre moderno.

La inerrancia de las Escrituras debe también considerarse a la luz de su contexto histórico y cultural. La Biblia llega a nosotros desde el Antiguo Cercano Oriente, una cultura y una época muy distantes del presente. Por ende, la exactitud científica en torno a los números y las citas que se espera de la escritura técnica contemporánea no se aplica a los textos bíblicos.

(4.- ERRORES GRAMATICALES.

En lo que concierne al Espíritu Santo usando a seres humanos en el proceso de producción de las Escrituras, debe comprenderse que los autores usaron sus habilidades gramaticales particulares. Por lo tanto, encontrar lo que la gente moderna consideraría construcciones gramaticales incorrectas de ninguna manera resta valor a la inerrancia bíblica. Debe tenerse en cuenta que una declaración puede tener un error gramatical en su estilo, mientras que es totalmente cierta en su contenido.

(5.- ÉNFASIS EN CIERTOS CONCEPTOS O DOCTRINAS MÁS QUE EN OTROS.

Algunos han llegado a la conclusión injustificada de que, dado que la Biblia no enfatiza, digamos, la geología, la botánica, la astronomía o cualquier o ciencia, entonces cuando habla de ellas, habla erróneamente. Es cierto que la declaración: “Jesucristo, resucitado de entre los muertos” (2 Timoteo 2:8) es más importante que: “Erasto se quedó en Corinto” (2 Timoteo 4:20). Pero la falta de importancia de esta última no significa que sea falsa.

En Job 36:27-28, por ejemplo, la Biblia describe las tres fases principales del ciclo del agua: la evaporación, la condensación y la precipitación. Actualmente, los meteorólogos siguen sin comprender todos los detalles sobre el origen de este fenómeno atmosférico. ¿No es acaso asombrosa la exactitud de la Biblia aún en un tema secundario? ¿Por qué, pues, desconfiar de ella en temas centrales, solamente porque no enfatiza otros que nosotros quisiéramos que fuesen abordados? La Biblia no fue hecha para satisfacer nuestra curiosidad en cada tema, sino para mostrarnos el camino de la salvación.

(6.- INTERPRETACIONES DISCORDANTES ENTRE LOS ERUDITOS BÍBLICOS.

Explicar interpretaciones diferentes debe ser responsabilidad del intérprete, no del texto. El hecho de que soy un credo-bautista (solamente los creyentes deben ser bautizados), y uno de mis amigos cercanos es un paedo-bautista (él practica el bautismo de infantes), significa que uno de nosotros está equivocado, pero no es que las Escrituras lo estén. Por lo tanto, la inerrancia sigue siendo cierta a pesar de que la Biblia no es igualmente clara en todas partes. En otras palabras, la inerrancia de las Escrituras no garantiza su completa lucidez. Incluso el apóstol Pedro reconoció que el apóstol Pablo escribió algunas “cosas difíciles de entender” (2 Pedro 3:16). Pero la complejidad y dificultad de lo que Pablo escribió no significa que sea menos cierto o preciso que aquello que Pedro, Lucas, o Juan escribieron.

Algunas veces una enseñanza bíblica se apoya en algún detalle histórico (Hebreos 7:4-10), una palabra o frase (Hechos 15:13-17) o en la diferencia entre el singular y el plural (Gálatas 3:16). Pero, a pesar de que la Biblia es infalible, las interpretaciones humanas no lo son. Aunque la Palabra de Dios es perfecta (Salmos 19:7), mientras existan seres humanos imperfectos habrá interpretaciones erróneas de la Palabra de Dios y puntos de vista equivocados acerca de su contexto.

(7.- ACCIONES NO ÉTICAS REGISTRADAS EN LA BIBLIA.

El estudiante de la Biblia debe distinguir entre lo que la Biblia simplemente informa, y lo que aprueba; entre la autoridad descriptiva y la autoridad normativa. Que la Biblia nos informe sobre algo, incluso sobre acciones incorrectas o poco éticas de algunos de sus personajes, no significa que las apruebe o concuerde con ellas.

(8.- POCA PRECISIÓN VERBAL EN EL USO DE CITAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO POR PARTE DE AUTORES DEL NUEVO TESTAMENTO.

Debemos tener cuidado de no imponer artificialmente a los autores en el primer siglo las normas literarias del siglo XXI. Relacionado con lo anterior está el hecho de que los autores de las Escrituras redondean o aproximan números y medidas. Por lo tanto, las supuestas “imprecisiones” deben ser juzgadas por los estándares aceptados del contexto histórico-cultural en que el autor escribió, no por la precisión científica y computarizada de la tecnología del siglo XXI. Grudem señala que “Los límites de la veracidad dependen del grado de precisión implícito por el que habla, y lo que esperaban sus oyentes originales”.[10]

De modo que, la precisión y la verdad no son sinónimos, aunque se traslapan en significado. Frecuentemente se requiere una cierta cantidad de precisión para la verdad, pero esa cantidad varía de un contexto a otro. En la medida en que la precisión es necesaria para la verdad, la Biblia es lo suficientemente precisa. Pero no siempre tiene la cantidad de precisión que algunos lectores demandan. Tiene un nivel de precisión suficiente para sus propios fines, no para los fines que algunos lectores emplean.

(9.- FALTA DE EXHAUSTIVIDAD EN CIERTOS DETALLES.

No es correcto pensar que porque la descripción de un evento sea parcial esto significa que sea falsa. La inerrancia simplemente significa que cuando las Escrituras hablan, ya sea algo extenso o mínimo, habla con precisión. Relacionado a esto están aquellos casos en que dos autores registran el mismo evento desde diferentes perspectivas y para diferentes propósitos. Por lo tanto, no es un error que Mateo mencione a un ángel en la tumba de Jesús (Mateo 28:2) mientras que Lucas menciona dos (Lucas 24:4). Después de todo, si había dos, seguramente había uno. Si Mateo hubiera dicho que había “solamente” un ángel, y Lucas hubiera dicho que había dos, tendríamos un problema. Pero ese no es el caso.

(10.- USO DE MATERIAL NO INSPIRADO O ERRÓNEO POR PARTE DE LOS AUTORES SAGRADOS.

La inerrancia no prohíbe el uso de material extrabíblico o no inspirado, simplemente significa que cuando ellos citan o toman prestado de fuentes no inspiradas, lo hacen con precisión. No es una buena objeción a la inerrancia decir que no podemos, en este momento, armonizar todos los eventos o datos supuestamente dispares. Esto haría que la autoridad de la Biblia dependa del ingenio de los humanos. También indicaría que hemos aprendido poco de la historia, ya que en incontables ocasiones los descubrimientos históricos, arqueológicos, exegéticos, y científicos han resuelto las aparentes contradicciones en la Biblia.

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CONCLUSIÓN

Entonces, ¿por qué es tan importante la doctrina de la inspiración verbal, plenaria, e inerrantemente de las Escrituras? Porque la veracidad y la autoridad bíblicas están unidas. Solo la verdad puede tener la autoridad final para determinar la fe y la práctica, y las Escrituras no pueden tener esa autoridad más allá de lo que es verdadero. Si no podemos afirmar la veracidad total de la Biblia no podemos afirmar que proviene de Dios, tampoco sería la norma infalible para determinar nuestras convicciones y conducta.

La Bibliología (como parte de la teología sistemática que trata los hechos esenciales sobre las Sagradas Escrituras), y en particular la Bibliología evangélica, se sostiene o cae por la veracidad o falsedad de la inspiración verbal, plenaria, e inerrantemente de las Escrituras. La Biblia no puede errar porque es Palabra de Dios, y Dios no se equivoca. Si lo hiciera, dejaría de ser Palabra de Dios. Y entonces ¿Qué sentido tendría estudiarla? ¿cuál sería entonces la validez de la teología cristiana? ¡Ninguna! Pues la Biblia no sería más que simple literatura humana, una obra de ficción religiosa. Como tal, la Biblia sería incapaz de mostrarnos el camino de la salvación.

Pero la Biblia no es invención humana. El Dios personal de la creación, la redención y la consumación, quería de tal manera comunicarse con su pueblo que eligió darse a conocer a través de la Biblia. Él supervisó la trasmisión escrita de esa actividad reveladora de una manera tan poderosa que podemos confiar en ella plenamente. Mediante el poder del Espíritu Santo, Él sigue iluminando su revelación escrita en el corazón y la mente de las personas que se han abierto a leer, escuchar y obedecer la Biblia, con su fuerza vivificante. La plena confianza de las Sagradas Escrituras debe ser defendida en cada generación, contra toda crítica.

Jesús afirmó que “la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35; Lucas 16:17, RVR1995). Como libro infalible, la Biblia también es irrevocable. Jesús declaró: “Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18; Lucas 16:17, NVI). Las Escrituras también tienen autoridad definitiva, teniendo la última palabra en todo lo que tratan. Jesús empleó la Biblia para resistir al tentador (Mateo 4:4,7,10), para solucionar disputas doctrinales (Mateo 21:42), y para reivindicar su autoridad (Marcos 11:17). Nosotros, los cristianos evangélicos, nos acercamos con humildad a la revelación bíblica, pidiendo al Espíritu Santo que hable a través de ella, y que conforme nuestra voluntad y cosmovisión a ella. Concedemos la primacía absoluta a la revelación bíblica, y estamos seguros de que nos guiará a toda verdad.

REFERENCIAS:

[1] Wayne Grudem, “La Autoridad de las Escrituras”, Teología Sistemática, (USA: Editorial Vida, 2007), p. 90.

[2] Alfonso Ropero, Protréptico [Exhortación a los gentiles], Obras escogidas de Clemente de Alejandría: El pedagogo (España: CLIE, 2018), p. 110.

[3] Gregorio Nacianceno, Oración 2, Los Cinco Discursos Teológicos (España: Editorial Ciudad Nueva, 1995), p. 105.

[4] Alfonso Ropero, “Apología I”, Obras Escogidas de Justino Mártir: Apología I, Apología II, Diálogo con Trifón, (España, CLIE, 2017), p. 36.

[5] Ireneo de Lyon, Contra las herejías, (USA: Ivory Falls Books, 2017), 2.28.2.

[6] Albert Mohler, Albert. “Inspiración Limitada”, Predicando a un Mundo Posmoderno (USA: Moody Publishers, 2019), pp. 48-49.

[7] Ulrico Zuinglio, “De la certeza y claridad de la palabra de Dios”, Escritos de Ulrico Zuinglio, vol 1, La Defensa de la Fe Reformada (USA: Wipf & Stock Publishers, 1984), p. 121.

[8] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, (España: Libros Desafío, 2012), I, 7, 5.

[9] Martín Lutero, “Respuesta a Latomus”, Obras del Dr. Martín Lutero, (España: Verlag Hermann Publishers, 2000), 8.98.27.

[10] Wayne Grudem, “La Autoridad de las Escrituras”, Teología Sistemática, (USA: Editorial Vida, 2007), p. 91.

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