Bautismo en el Espíritu Santo, Cesacionismo, Continuismo, REFLEXIÓN BÍBLICA

¿Necesitamos la unción del Espíritu?

Por Fernando E. Alvarado

“Tenemos estudios teológicos, tenemos programas y ministerios de todo tipo, tenemos métodos innovadores y tenemos dinero ¡Tenemos más que cualquier otra generación de cristianos en la historia de la iglesia! ¿por qué necesitamos la unción?” — Dudo que un verdadero cristiano se atreva a decirlo en voz alta. Y sin embargo, es lo que muchos, incluso pentecostales, hacemos en la práctica o pensamos en nuestro foro interno.

Al contemplar mi propia ineptitud para hacer la obra de Dios muchas veces me he preguntado: ¿Cómo pueden decir algunos que no necesitan más de la unción? ¿Cómo pueden pensar que la porción del Espíritu que uno vez recibieron en la regeneración basta para toda una vida cristiana? ¿Por qué algunos se conformaron con una experiencia inicial de unción con el Espíritu Santo? El problema quizá se deba a que muchos ni siquiera entienden lo que significa ser ungido. Para muchos hoy, el término ungido se limita únicamente al sello del Espíritu puesto sobre el creyente durante la regeneración. Para otros, el término “ungido” ha llegado a tener una connotación exclusivista, usándose casi únicamente para referirse a aquellos que ejercen un ministerio destacado o desempeñan un rol de autoridad en la iglesia. Este, sin embargo, no es el sentido bíblico de dicha palabra. De hecho, el origen de la práctica de ungir (y el verdadero significado de la unción) puede hallarse en las viejas tradiciones pastoriles del Medio Oriente.

Muy a menudo, los piojos y otros insectos entraban en la lana de las ovejas, causándoles toda clase de molestias y hasta enfermedades. Por ejemplo, cuando los piojos y otros insectos llegaban cerca de la cabeza de las ovejas, estos podrían incluso hacer una madriguera en las orejas de las ovejas y, en casos extremos, provocarles la muerte. Para salvarlas, los antiguos pastores vertían aceite en la cabeza de las ovejas. Esto volvía resbaladiza la lana, haciendo imposible que los insectos llegaran cerca de las orejas de las ovejas porque se deslizarían. Por este motivo, la unción llegó a ser considerada símbolo de bendición, protección y empoderamiento (Salmo 23:5).

Etimológicamente, las palabras griegas usadas en el Nuevo Testamento para describir el acto de «ungir» son chrio, que significa «untar o frotar con aceite» y, por implicación, llegó a entenderse como símbolo de consagración para un oficio o servicio religioso. En el Nuevo Testamento se emplea además el término aleipho, que también significa «ungir”. De este modo, en los tiempos bíblicos, la gente era ungida con aceite para representar o señalar la bendición de Dios o el llamado de Dios en la vida de esa persona (Éxodo 29:7; Éxodo 40:9; 2 Reyes 9:6; Eclesiastés 9:8; Santiago 5:14). Debido a esto último, la palabra ungido llegó a tener la connotación de «escogido».

Este significado especial adquiere su expresión máxima en Jesucristo, nuestro Señor. A Jesús le llamamos el «Cristo», término que proviene de la palabra griega Christos, que significa «ungido» o «elegido», y que es el equivalente en griego de la palabra hebrea Mashiach, o «Mesías». De esta forma, el título de «Cristo», otorgado a Jesús a través de todo el Nuevo Testamento, significa que Él es el Ungido de Dios, el que cumple las profecías del Antiguo Testamento, el Salvador Elegido que vino a rescatar a los pecadores (1 Timoteo 1:15), y el Rey de reyes que volverá de nuevo para establecer Su Reino en la tierra (Zacarías 14:9). Jesús es el Cristo, el Ungido de Dios por excelencia.

Pero, ¿Quién ungió a Jesús? La Biblia dice que Jesús fue ungido con aceite en dos situaciones específicas por dos mujeres diferentes (Mateo 26:6-7; Lucas 7:37-38), pero la unción más significativa vino por medio del Espíritu Santo (Hechos 10:38). La Biblia dice que Cristo Jesús fue ungido por Dios con el Espíritu Santo para predicar la Buena Nueva y liberar a aquellos que habían sido cautivados por el pecado (Lucas 4:18-19; Hechos 10:38). Los creyentes, por extensión, somos ungidos con Él. A través de Él, quien es la Cabeza, la unción sobre Él derramada desciende sobre todo su Cuerpo, que es la Iglesia (Efesios 1:22; Colosenses 1:18; 2:10).

¿Puedes imaginar algo más glorioso? ¡Cristo comparte Su unción con nosotros! Dicha unción es el Espíritu Santo que fluye a través de la iglesia y cada uno de sus miembros. Después de dejar la tierra, Cristo nos dio el don del Espíritu Santo (Juan 14:16). Por eso ahora todos los cristianos somos ungidos (no solo una escasa y reducida élite dentro del liderazgo eclesiástico). Tú no necesitas ser pastor, apóstol, evangelista o profeta para ser parte de los ungidos, ¡Tú ya eres un ungido de Jehová! Todos los creyentes nacidos de nuevo hemos sido escogidos para un propósito específico: promover el Reino de Dios (1 Juan 2:20). El apóstol Pablo recalcó esta verdad cuando dijo: «Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones” (2 Corintios 1:21-22).

Muchos cristianos, sin embargo, parecen haber olvidado que fueron ungidos para el servicio. En muchos casos, la unción ha sido sustituida por cosas sin importancia o que, aún siendo necesarias, no son fuente de poder divino sobre nosotros ¡La unción sí lo es! “Fui ungido y sellado por el Espíritu en mi conversión, eso es suficiente, ¡no necesitamos nada más!” “No somos como esos pentecostales que creen en segundas bendiciones después de la conversión ¡Ya tenemos lo que necesitamos!” ¿En serio? Al parecer olvidan que “la Unción” de la cual nos habla el Nuevo Testamento es también una Persona ¡Y no cualquier persona, sino la Tercera Persona de la Trinidad! Del Espíritu Santo, nuestra bendita Unción, se nos dice: “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.” (1 Juan 2:27)

¿Cómo? ¿Una unción que enseña? Cristo explica aún mejor las palabras de Juan: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.” (Juan 14:26). Y puesto que la unción sobre nosotros es una Persona Divina, nuestra unción se renueva a diario cuando cultivamos nuestra relación con tan precioso Ser. Sobre ese caminar constante cultivando nuestra relación con el Espíritu Santo, David escribió: “Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; seré ungido con aceite fresco.” (Salmo 92:10)

Y tú, ¿Eres ungido a diario con aceite fresco? ¿o te conformas con el aceite que recibiste hace años ya durante la conversión? Aceite que, en muchos casos, parece haberse secado sobre la cabeza de muchos creyentes. Y es que en la vida de muchos cristianos el lamento del profeta Joel parece ser una realidad latente: “El campo está asolado, se enlutó la tierra; porque el trigo fue destruido, se secó el mosto, se perdió el aceite.” (Joel 1:10). Al igual que Saúl, la supuesta “vida abundante” y lo que muchos cristianos escépticos al mover del Espíritu en nuestros días llaman “unción”, ahora huele más bien a muerte espiritual: “Montes de Gilboa, Ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros, ni seáis tierras de ofrendas; Porque allí fue desechado el escudo de los valientes, El escudo de Saúl, como si no hubiera sido ungido con aceite.” (2 Samuel 1:21)

David, en cambio, afirma: “Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.” (Salmo 23:5), viviendo y experimento un eterno y constante fluir de la unción divina sobre su vida. Hermano, ¡No te conformes con haber sido sellado con el Espíritu durante la conversión! Si eso fuera lo único que Dios ofreciera estaría bien, pero Él nos invita a renovar continuamente esa unción hasta hacer que dicha unción sea “como el buen aceite que, desde la cabeza, va descendiendo por la barba… hasta el borde de sus vestiduras.” (Salmo 133:2, NVI), es decir, que seas lleno, empapado completamente, sumergido y cubierto por la unción. Lo que recibiste un día, Dios desea dártelo de nuevo pero magnificado a un nivel muy superior de lo que eres capaz de imaginar. ¡El quiere bautizarte, sumergirte, llenarte del aceite divino de su Espíritu Santo?

Si una vez fuiste ungido ¡Reafirma esa unción! Pide la promesa del Padre sobre tu vida. El caso de David es una vez más representativo de nuestra llamado y empoderamiento a través de la unción. Al ser llamado por Dios, David fue ungido por Samuel en Belén (1 Samuel 16:1-13). Tal unción le dio derecho al reino, le hizo de la realeza tal como tu y yo fuimos constituidos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9) durante la regeneración. Pero cuando el tiempo de servir, de actuar en autoridad y ejercer su ministerio real llegó, “vinieron los hombres de Judá y ungieron allí a David como rey sobre la casa de Judá.” (2 Samuel 2:4) y de nuevo, al ser nombrado rey de toda la nación, “todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón para hablar con el rey David, y allí el rey hizo un pacto con ellos en presencia del Señor. Después de eso, ungieron a David para que fuera rey sobre Israel.” (2 Samuel 5:3). Sí, ¡David fue ungido de nuevo! ¡Dos veces más! Y al igual que él, todos nosotros necesitamos esa unción fresca y renovada una y otra vez, para ejercer el ministerio, la misión y el llamado que hemos recibido.

Nada puede sustituir la unción. Nada puede suplantarla. Ni títulos, cargos, sabiduría humana o larga formación académica ¡Ni aunque te sepas la biblia, te aferres a las 5 solas, los credos y catecismos de memoria lograrás hacer nada sin la unción renovándose continuamente en tu vida! Pues cada misión nueva, cada nuevo llamado al servicio requerirá una renovación de la unción, pues “sed llenos del Espíritu” (Efesios 5:18) no solo es un buen consejo, ¡Es una orden!

Muchos, sin embargo, se ahogan en su autosuficiencia, creyendo que no necesitan más unción. ¡Ignoran que Cristo mismo, aun siendo Dios en la carne, se sometió a la necesidad de dicha unción! ¡Cuánto más nosotros, simples mortales! Jamás debemos olvidar que, entre muchas otras cosas, Jesús es presentado en el Nuevo Testamento como Aquel que traspasa la unción que él mismo ha recibido a aquellos que entran en su Reino. Él es el Ungido, así como Aquel que vino a ungir a los suyos haciéndolos parte de Su Cuerpo. Esto es un elemento crucial para entender apropiadamente las dimensiones del ministerio del Espíritu en la Iglesia actual, elemento que ha sido ignorado durante demasiado tiempo y que, con el surgimiento del pentecostalismo a principios del siglo XX, y el movimiento carismático a mediados del mismo, Dios le recordó a Su pueblo.

¿Dependía nuestro Señor del Espíritu Santo? Sin duda. Y nosotros aún más. Un estudio cuidadoso de los cuatro Evangelios (y de textos relevantes en Hechos y en las epístolas) revela la afirmación de que el poder mediante el que Jesús vivió (Lc. 4.1; Jn. 1:32; 3:34-35), enseñó (Hechos1:1-2), predicó (Lc. 4:18), expulsó demonios (Mt, 12:22-32; Hechos 10:37-38), resistió a la tentación (Lc. 4:1-2), adoró al Padre (Lc. 10:21), sanó enfermos (Lc. 4:18; 5:17; 6:19; 8:48; 24:29), se ofreció a sí mismo en sacrificio por los pecados (Hebreos 9:13-14) y fue resucitado de entre los muertos (Hechos 17:31; 1Ti. 3:16) era la presencia del Espíritu Santo. ¿Queremos hacer los mismo? Jesús quería que lo hiciéramos (Juan 14:12), pero para ello necesitamos la unción como Él.

En su Evangelio, Lucas identifica precisamente el poder de Jesús como el poder del Espíritu Santo y, por lo tanto, atribuye las cosas que Jesús hizo, al poder del Espíritu. El mismo Jesús atribuye explícitamente su poder sobre los demonios a que el Espíritu Santo moraba en Él. Entendió que Su capacidad para sanar, hacer que las personas fueran completas, restaurar la vista a los ciegos, dar el habla a los mudos, y expulsar a las fuerzas destructoras del mal, no estaba en ÉI mismo, ni en la fuerza de su persona, sino en el poder de Dios mediando en ÉI a través del Espíritu. En sus actos, Dios actuaba. En sus predicaciones, Dios hablaba. Su autoridad era la autoridad de Dios. En otras palabras, el mismo Jesús era plenamente consciente de la fuente última de su poder. Sabía que Él dependía del poder del Espíritu Santo. ¿Qué hay de nosotros? ¿Escapamos a esta necesidad?

No. La importancia de esto para nosotros, sus discípulos, resulta evidente cuando vemos que lo primero que Jesús hizo inmediatamente después de resucitar de entre los muertos y reunirse con sus seguidores fue transferirles, como un don de su Padre (Hch. 2:23) el mismo poder por el cual vivió, triunfó, y rompió las ataduras de sus propias limitaciones humanas. El mismo día de la resurrección, se acercó a sus temerosos discípulos, encerrados en sus miedos, y «sopló» sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20:22). Y añadió: “Y he aquí, yo enviaré sobre vosotros la promesa de mi Padre; pero vosotros, permaneced en la ciudad hasta que seáis investidos con poder de lo alto.” (Lucas 24:49, LBLA). Dicho de otra forma, la misión de Jesús no acabó con su ascensión. Simplemente entró en una nueva fase.

Jesús continúa la misión que el Padre le dio enviando a los discípulos con el mismo poder con el que el Padre le envió a Él: el poder del Espíritu Santo. Por lo tanto, no debería sorprendemos que Lucas utilice exactamente la misma frase para describir la experiencia que el creyente tiene del Espíritu que la que usó para describir la experiencia de Jesús. Tanto Él como nosotros debemos estar «llenos del Espíritu Santo» (Lc.4:1; Hch. 6:5). Pablo yuxtapone deliberadamente dos palabras en 2 Corintios 1:21 para subrayar nuestra posición y poder. Dice que «el que nos confirma con vosotros en Cristo (christon) [o «en el Ungido»], y el que nos ungió (chrisas), es Dios». Por lo tanto, al igual que Jesús dijo de sí mismo «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (Lucas 4:18), los cristianos hablamos como ungidos porque nosotros también hemos recibido el Espíritu Santo y hemos sido apartados y capacitados para servir a Dios y autorizados a actuar en su nombre (1 Juan 2:18-22, 27-28).

Así pues, la importancia del Espíritu Santo en la vida de Jesús se hace extensivo a sus seguidores en todas las cuestiones, grandes y pequeñas, de su existencia. El Espíritu que ayudó a Jesús a superar las tentaciones, que le fortaleció en la debilidad, que le dio poder para conseguir lo imposible, que le capacitó para perseverar y completar la tarea que Dios le había encargado, que le hizo vencer a la muerte mediante la resurrección, es el Espíritu que el Jesús resucitado ha dado gratuita y generosamente ¡para todos los que quieran ser sus discípulos hoy!

“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Hechos 2.39)

¡Necesitamos clamar, anhelar, buscar desesperadamente ser bautizados, llenos y revestidos con su Espíritu! ¡necesitamos clamar por la llenura del Espíritu Santo como si nuestra vida dependiera de ello! Y es que, en muchos sentidos, nuestra vida espiritual depende de ello; pues en el Valle de los huesos secos ¡O eres profeta o eres uno más de los huesos secos!

“La mano del Señor vino sobre mí, y su Espíritu me llevó y me colocó en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Me hizo pasearme entre ellos, y pude observar que había muchísimos huesos en el valle, huesos que estaban completamente secos. Y me dijo: «Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?» Y yo le contesté: «Señor omnipotente, tú lo sabes». Entonces me dijo: «Profetiza sobre estos huesos, y diles: “¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor! Así dice el Señor omnipotente a estos huesos: ‘Yo les daré aliento de vida, y ustedes volverán a vivir. Les pondré tendones, haré que les salga carne, y los cubriré de piel; les daré aliento de vida, y así revivirán. Entonces sabrán que yo soy el Señor’”». Tal y como el Señor me lo había mandado, profeticé. Y mientras profetizaba, se escuchó un ruido que sacudió la tierra, y los huesos comenzaron a unirse entre sí. Yo me fijé, y vi que en ellos aparecían tendones, y les salía carne y se recubrían de piel, ¡pero no tenían vida! Entonces el Señor me dijo: «Profetiza, hijo de hombre; conjura al aliento de vida y dile: “Esto ordena el Señor omnipotente: ‘Ven de los cuatro vientos, y dales vida a estos huesos muertos para que revivan’”». Yo profeticé, tal como el Señor me lo había ordenado, y el aliento de vida entró en ellos; entonces los huesos revivieron y se pusieron de pie. ¡Era un ejército numeroso!” (Ezequiel 37:1-10, NVI)

¡Seamos parte de ese ejército ungido y vivificado por el Espíritu!

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