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Una respuesta al cesacionisno | ¿Estuvieron los milagros limitados a ciertos períodos de la historia?

Por Fernando E. Alvarado

«𝑀𝑢𝑐𝘩𝑜𝑠 𝑚𝑖𝑙𝑎𝑔𝑟𝑜𝑠 𝑏𝑖́𝑏𝑙𝑖𝑐𝑜𝑠 𝑜𝑐𝑢𝑟𝑟𝑖𝑒𝑟𝑜𝑛 𝑒𝑛𝑡𝑟𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑖𝑜𝑑𝑜𝑠 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑡𝑖𝑣𝑎𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑐𝑜𝑟𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝘩𝑖𝑠𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎 𝑏𝑖́𝑏𝑙𝑖𝑐𝑎: 𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑠 𝑑𝑖́𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑀𝑜𝑖𝑠𝑒́𝑠 𝑦 𝐽𝑜𝑠𝑢𝑒́, 𝑑𝑢𝑟𝑎𝑛𝑡𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑚𝑖𝑛𝑖𝑠𝑡𝑒𝑟𝑖𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝐸𝑙𝑖́𝑎𝑠 𝑦 𝐸𝑙𝑖𝑠𝑒𝑜, 𝑦 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝐶𝑟𝑖𝑠𝑡𝑜 𝑦 𝑙𝑜𝑠 𝑎𝑝𝑜́𝑠𝑡𝑜𝑙𝑒𝑠. 𝑁𝑖𝑛𝑔𝑢𝑛𝑜 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑝𝑒𝑟𝑖𝑜𝑑𝑜𝑠 𝑑𝑢𝑟𝑜́ 𝑚𝑎́𝑠 𝑑𝑒 𝟷𝟶𝟶 𝑎𝑛̃𝑜𝑠. 𝐶𝑎𝑑𝑎 𝑢𝑛𝑜 𝑑𝑒 𝑒𝑙𝑙𝑜𝑠 𝑓𝑢𝑒 𝑡𝑒𝑠𝑡𝑖𝑔𝑜 𝑑𝑒 𝑢𝑛𝑎 𝑝𝑟𝑜𝑙𝑖𝑓𝑒𝑟𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑙𝑎𝑔𝑟𝑜𝑠 𝑠𝑖𝑛 𝑝𝑟𝑒𝑐𝑒𝑑𝑒𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑒𝑛 𝑜𝑡𝑟𝑎𝑠 𝑒𝑟𝑎𝑠. 𝐴𝑝𝑎𝑟𝑡𝑒 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑜𝑠 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑟𝑣𝑎𝑙𝑜𝑠, 𝑙𝑜𝑠 𝑢́𝑛𝑖𝑐𝑜𝑠 𝑒𝑣𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒𝑛𝑎𝑡𝑢𝑟𝑎𝑙𝑒𝑠 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑔𝑖𝑑𝑜𝑠 𝑒𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝐸𝑠𝑐𝑟𝑖𝑡𝑢𝑟𝑎𝑠 𝑓𝑢𝑒𝑟𝑜𝑛 𝑖𝑛𝑐𝑖𝑑𝑒𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑎𝑖𝑠𝑙𝑎𝑑𝑜𝑠.» (ᴊᴏʜɴ ғ. ᴍᴀᴄᴀʀᴛʜᴜʀ, ᴄʜᴀʀɪsᴍᴀᴛɪᴄ ᴄʜᴀᴏs (ɢʀᴀɴᴅ ʀᴀᴘɪᴅs: ᴢᴏɴᴅᴇʀᴠᴀɴ,1992), ᴘᴘ. 112.)

Uno de los argumentos más frecuentemente citados en defensa del cesacionismo (citada casi palabra por palabra por Josías Grauman durante su participación en Expositores 2022) es que las señales, milagros y prodigios no eran fenómenos regulares, ni siquiera en tiempos bíblicos. Más bien, estaban agrupados o concentrados en momentos clave de la revelación en la historia de la redención

Este argumento en sí mismo presenta numerosas fallas, las cuales son fácilmente aprovechadas para refutarlo. Entre ellas podemos mencionar:

I.- A simple vista podría parecer que únicamente en estos tres periodos de la historia de la redención (los días de Moisés, los ministerios de Elías y Eliseo, y la vida de Cristo y sus apóstoles) y solamente en ellos, los fenómenos milagrosos fueron visibles sobre la tierra, o que solamente durante los mismos Dios obró de forma milagrosa a través de sus siervos. Pero ese no es el caso.

La Biblia registra que los milagros ocurrieron sin excepción en todos los períodos de la historia sagrada, incluso en aquellos fuera de los tres episodios ya mencionados. Por ejemplo:

• El milagro ocurrido al hacer retroceder las aguas del Jordán (Josué 3:14-17), la caída de las murallas de Jericó (Josué 6:6-20) y el milagro del sol y la luna (Josué 10:12-14), todos ellos efectuados por la mano de Dios a través de Josué y en un período posterior a la muerte de Moisés.
• Los truenos y lluvias por invocación de Samuel (1 Samuel 12:18).
• El don de sabiduría otorgado a Salomón (1 Reyes 3)
• El milagro de juicio sobre el brazo de Jeroboam, su posterior sanidad y la profecía que luego vino a través de otro profeta para condenar la desobediencia del primero (1 Reyes 13).
• El milagro de hacer retroceder la sombra del reloj de Ezequías efectuado por el profeta Isaías (2 Reyes 20:9-11).
• El milagro que salvó a Sadrac, Mesac y Abednego (Daniel 3:19-27).
• El milagro de Daniel y los leones (Daniel 6:16-23) y sus posteriores visiones y profecías del futuro.
• El milagro de Jonás y la ballena (Jonás 2:1-10)
• Los dones de revelación de todos los profetas del Antiguo Testamento desde Josué hasta el último profeta del Viejo Pacto (ya sea que haya escrito un libro inspirado o no).

Aún si aceptáramos la tesis de MacArthur y Grauman y creyéramos que los milagros ocurridos en dichos períodos fueron más destacables que en períodos posteriores, aun así, este hecho sería insuficiente para probar que los fenómenos milagrosos no existieran en otras épocas diferentes a los tres períodos señalados por los cesacionistas. Mucho menos demostraría que los milagros, señales y prodigios hechos por la mano del Señor a través de sus siervos no pudieran ocurrir en épocas posteriores.

II.- La idea de la aparente escasez de milagros en ciertos periodos del Antiguo Testamento pudiera deberse más a la terquedad del pueblo de Dios que a un supuesto principio teológico que establece como norma la escasez de manifestaciones sobrenaturales fuera de ciertos períodos específicos.

Así pues, la relativa baja frecuencia de los milagros se debiera a la rebelión, la incredulidad y la apostasía de Israel a lo largo de gran parte de su historia (Salmos 74:9-11; 77:7-14), no a la voluntad de Dios de restringir los milagros a momentos específicos de la historia y únicamente a ellos.

Hallamos respaldo bíblico para pensar de esta manera en el hecho mismo de que incluso Jesús no siempre pudo efectuar todos los milagros, sanidades y prodigios que hubiese querido en algunas ocasiones durante su ministerio, todo debido a la incredulidad de la gente, la cual maravilló al mismo Jesús:

“Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.” (Marcos 6:5)
“Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.” (Mateo 15:38)

El problema no era el decreto de Dios de limitar sus señales a un período específico (¡Esto le ocurrió al mismo Jesús!), o la incapacidad y falta de respaldo divino del Maestro, sino a la incredulidad y dureza de corazón del pueblo y sus líderes. Si los cesacionistas ven que los dones carismáticos, las señales y prodigios escasean en sus filas o están totalmente ausentes de sus congregaciones, el problema ciertamente no está en Dios. Deberían más bien examinarse a sí mismos.

III.- El cesacionismo es ajeno a la mentalidad de los escritores sagrados. Jamás nadie en el Antiguo o el Nuevo Testamento argumentó que debido a que los fenómenos milagrosos estaban «agrupados» en puntos concretos de la historia de la redención, no deberíamos esperar que Dios desplegara su poder en otro momento.

¡Los cesacionistas simplemente no existían en el Antiguo o el Nuevo Testamento! Es más, en ningún momento de la historia del Antiguo Testamento cesaron los milagros. El hecho de que en ciertos periodos de la historia de la redención se hayan recogido unos pocos milagros solamente demuestra dos cosas: que los milagros sí ocurrieron, y que la narración bíblica recogió unos pocos; no demuestra que solamente ocurrieran unos pocos o que solo ocurrieron en los tres períodos mencionados por los cesacionistas.

Fijémonos en la declaración de Jeremías 32:20:

“Tú hiciste señales y portentos en tierra de Egipto hasta este día, y en Israel, y entre los hombres; y te has hecho nombre, como se ve en el día de hoy.”

Dicho texto nos alerta del peligro de usar el silencio como argumento. El hecho de que, desde los tiempos del Éxodo hasta el Exilio, se recogieran pocos casos de señales y prodigios no significa que no ocurrieran, ya que Jeremías insiste en que sí ocurrieron. Las palabras de Juan bien podrían aplicarse en este caso:

“Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús (y no dudamos que también sus siervos en todas las generaciones del tiempo), las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén.” (Juan 21:25)

No todas las obras de Dios y sus señales milagrosas fueron registradas en las Escrituras. Las que lo están se registraron para que creyéramos; pero al parecer esto no funciona con los cesacionistas. Los cuales hayan más fácil creer que Dios “pudo” hacer algo en algún momento remoto de la historia pasada, pero no que “puede” hacer algo hoy a través de sus ministros.

IV.- La idea de que los milagros cesaron fuera de estos tres periodos especiales, solo tiene sentido si nos tragamos la definición tan limitada propuesta por los cesacionistas, la cual se obstina en creer que, para considerarlos milagrosos, los hechos extraordinarios deben ocurrir «mediante un agente humano» y deben servir para «autentificar» el mensajero mediante el cual Dios está revelando ciertas verdades.

Pero esos requisitos para considerar algo como milagroso no han sido impuestos por la Palabra de Dios, sino por MacArthur. Así pues, si hace falta un «agente humano» o una persona «con dones» para que un acontecimiento se considere milagroso, ¿dónde quedan milagros como el nacimiento virginal o la resurrección de Jesús? ¿Qué hay de la resurrección de los santos mencionada en Mateo 27:52-53, o de la liberación de Pedro de la cárcel en Hechos 12? La muerte instantánea de Herodes en Hechos 12:23, ¿deja de ser un milagro porque el agente fue un ángel? El terremoto que abrió la prisión donde estaban Pablo y Silas, ¿deja de ser un milagro porque Dios actuó directamente, sin utilizar un agente humano? La liberación de Pablo del veneno de una víbora (Hechos 28), ¿también deja de ser un milagro? Definir un milagro solamente como aquellos fenómenos milagrosos que implican a un agente humano es arbitrario. Esta definición se ha desarrollado principalmente porque ofrece una manera de reducir la frecuencia de los milagros en el relato bíblico.

Además ¿la revelación de Dios siempre ha ido acompañada de milagros para evidenciar que se trataba de una revelación divina? No, ese no siempre ha sido el caso. Como ya lo mencioné en un artículo anterior, los milagros,señales, prodigios y dones carismáticos sirvieron para varios propósitos distintos, no solo para probar la validez del ministerio apostólico o ratificar una revelación. Por ejemplo:

A) Propósitos doxológicos (para glorificar a Dios: Jn 2:11; 9:03; 11:04; 11:40, y Mt 15:29-31.)

B) Propósito evangelístico (para preparar el camino para que el evangelio sea dado a conocer: ver Hch 9:32-43)

C) Propósito pastoral (como expresión de la compasión y el amor y el cuidado de las ovejas: Mt 14:14, Mr 1:40-41)

D) Para la edificación (para edificar y fortalecer a los creyentes: 1 Co 12:07 y el «bien común», 1 Co 14:3-5, 26).

Es cierto que en muchos casos los milagros confirmaban y autentificaban al mensajero divino. Pero reducir el propósito de los milagros a esa función es ignorar las otras razones por las cuales Dios los ordenó. La asociación de lo milagroso con la revelación divina sería un argumento a favor del cesacionismo solamente si la Biblia restringiera la función de los milagros exclusivamente a la verificación. Pero eso no es así. El Antiguo Testamento revela un patrón coherente de manifestaciones sobrenaturales presente en el transcurso de la historia humana. Además de la multitud de milagros durante la vida de Moisés, Elías y Eliseo, vemos muchos casos de actividad angélica, visitas sobrenaturales y de revelación, sanidades, sueños, visiones, etcétera. Y estos no siempre se dieron con la intervención de un agente humano ni para verificar una revelación divina. Una vez que nos desprendemos de la definición limitada de lo milagroso propuesta por MacArthur, tenemos una imagen diferente de la vida religiosa del Antiguo Testamento.

V.- La mayoría de cesacionistas insiste en que la profecía del Antiguo y la del Nuevo Testamento son la misma. También reconocen rápidamente que la profecía del Nuevo Testamento era un don «milagroso».

Si la profecía del Antiguo Testamento tenía la misma naturaleza, entonces tenemos un ejemplo de un fenómeno milagroso que se da a lo largo de la historia de Israel. En cada época de la historia de Israel en la que existió actividad profética, existió actividad milagrosa. Entonces, ¿qué sucede con el argumento de que los milagros, incluso con la definición tan limitada, eran poco frecuentes y aislados? Así que parece ser que el argumento cesacionista que apela a que los fenómenos milagrosos se daban por grupos, en momentos concretos y aislados en la historia de la redención, no es ni bíblicamente defendible, ni lógicamente posible.

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