Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, c. S. Lewis

C. S. Lewis, gracia previa y resistibilidad de la gracia (III)

Por Fernando E. Alvarado

Como hemos visto en artículos anteriores, los puntos de vista de Lewis concuerdan con el arminianismo clásico con respecto a la bondad de Dios y la naturaleza sinérgica de la salvación, que es meramente una respuesta humana (aceptación a través de la no resistencia) a la gracia preveniente de Dios. Esto conduce directamente al tercer tema que abordaremos en el tercer artículo de esta serie: El tema de la gracia preveniente de Dios, que inevitablemente se superpondrá con la discusión anterior (el libre albedrío).

Como todos sabemos, el punto de vista calvinista es que la gracia de Dios es limitada, irresistible, eficaz e incondicional. Aquellos a quienes Él ha elegido para extender Su gracia serán salvos. Aquellos a quienes no ha elegido para ofrecer su gracia no serán salvos. Para el calvinista, aunque la gracia es irresistible, esta solo se da a los elegidos.

UNA COMPRENSIÓN ARMINIANA DE LA GRACIA

En marcado contraste con el calvinismo está la visión arminiana, la cual ve la gracia de Dios como universal, condicional y resistible. Como señaló el propio Arminio, todos estamos muertos en nuestros pecados y somos incapaces de responder a Dios: “El libre albedrío del ser humano en relación con el verdadero bien no sólo está herido, lisiado, enfermo, distorsionado y debilitado; sino que también está encarcelado, destruido y perdido.”[1] Así pues, todo el proceso de salvación es obra de la gracia de principio a fin. El Arminianismo, por lo tanto, no cree en un libre albedrío absoluto que pueda llegar a Dios por sí mismo sin el auxilio de la gracia, sino más bien en un libre albedrío que, inicialmente atado por el pecado, ha sido llevado por el Espíritu de Cristo a un punto en el que pueda responder libremente a la llamada divina”.[2]

De acuerdo con la teología arminiana, la gracia preveniente debe primero actuar en el hombre y renovar y restaurar la capacidad de éste para responder al llamado de Dios. Sin embargo, esta gracia puede ser rechazada, de lo cual dan amplio testimonio las Escrituras (Isaías 63:10; Salmo 106:33; Hechos 7:51) ya que muchas personas han resistido al Espíritu Santo y rechazado la gracia que se les ofrece (Zacarías 7:12; Lucas 7:30). Arminio afirmó claramente que: “Todas las personas no regeneradas tienen libertad de voluntad y capacidad para resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios ofrecida, de despreciar el consejo de Dios contra sí mismas, de negarse a aceptar el evangelio de la gracia y no abrirse al que llama a la puerta del corazón; y estas cosas pueden hacerlas realmente, sin ninguna diferencia entre los elegidos y los réprobos.”[3]

C. S. LEWIS Y SU COMPRENSIÓN DE LA GRACIA PREVENIENTE

En Mero Cristianismo, Lewis afirma esta comprensión arminiana de la gracia preveniente de Dios. Él afirmó:

“Cuando se trata de conocer a Dios, la iniciativa es Suya. Si Él no se muestra, nada de lo que hagas te permitirá encontrarlo. Y, de hecho, Él muestra más de sí mismo a algunas personas que a otras, no porque tenga favoritos, sino porque es imposible para Él mostrarse a una persona cuya mente y carácter están en condición totalmente inadecuada para ello.”[4]

Además, para Lewis, Cristo es la manifestación más grande y completa de esta gracia previa de Dios. Por medio de Cristo Jesús, Dios abrió el camino para que toda la humanidad entrara nuevamente en relación con Dios. Fue gracia para todos los pueblos, gracia para toda la Creación:

“Es como si algo que siempre está afectando la masa humana empieza, en un cierto punto, a afectar a esa misma masa humana de una manera nueva. A partir de ese punto el efecto se extiende por toda la humanidad. Afecta a aquellos que vivieron antes de Cristo, así como a aquellos que vivieron después de Él. Afecta a aquellos que nunca han oído hablar de Él. Es como dejar caer en un vaso de agua una gota de algo que le da un nuevo sabor o un nuevo color a toda ella”[5]

En el pensamiento de Lewis, la gracia de Dios va antes y permite la aceptación humana de esta gracia salvadora. Esta es también la perspectiva arminiana clásica sobre la gracia preveniente: no era que primero amáramos a Dios, sino que Él nos amó primero. Dios ha hecho todo lo posible para restaurar y redimir a la humanidad, incluso después de que ella eligió rebelarse contra Él. Atrae a todos los hombres hacia Él, pero no sin que ellos decidan no resistir. Esta es la razón por la que Lewis (y los arminianos) afirma un “sinergismo evangélico” con respecto a la salvación. En El Problema del Dolor, Lewis analiza este asunto:

“San Agustín dice al respecto, en alguna de sus obras lo siguiente: «Dios quiere darnos algo, pero no puede porque nuestras manos están llenas. No tiene sitio en el que poner sus dádivas». O, como dice un amigo mío: «Consideramos a Dios como el aviador considera el paracaídas. Lo tiene ahí para casos de emergencia, pero no espera usarlo nunca». Ahora bien, Dios, que nos ha creado, sabe lo que somos y conoce que nuestra felicidad se halla en Él. Pero nosotros nos negamos a buscarla en Él tan pronto como el Creador nos permite rastrearla en otro lugar en que creemos que la encontraremos. Mientras lo que llamamos «nuestra propia vida» siga siendo lisonjera, no se la ofreceremos a Él. ¿Qué otra cosa puede hacer Dios en favor nuestro salvo hacernos un poco menos agradable «nuestra propia vida» y eliminar las fuentes engañosas de la falsa felicidad? Precisamente en ese instante, en el momento en que la providencia divina parece ser más cruel, es cuando la humillación divina, la condescendencia del Altísimo merece mayores alabanzas… Si Dios fuera orgulloso, no nos aceptaría fácilmente en esas condiciones. Pero no lo es, y se rebaja para conquistarnos, nos acepta aun cuando hayamos demostrado que preferimos otras cosas antes que a Él y vayamos en pos de Él porque no haya «nada mejor» a lo que recurrir.”[6]

Aquí leemos una comprensión arminiana de la gracia preveniente de Dios. Es Él quien nos persigue, nos capacita, nos renueva para que podamos vivir nuevamente en relación con Él. Nuestro libre albedrío no significa que Dios no busque traernos de regreso a una relación con Él. La Encarnación debería ser una amplia evidencia de este hecho. Su gracia preveniente llega a las personas aparte de su voluntad en un sentido, pero puede ser rechazada. Consideremos el siguiente ejemplo: No podemos elegir cuándo un amigo nos ofrece ayuda aunque la necesitemos (esto es algo que Él decide darnos libre y soberanamente), pero podemos negarnos a aceptar su oferta. La gracia preventiva sigue este patrón. La búsqueda de Dios por redimirnos (argumenta Lewis) es “forzada” a todos en este sentido, pero no tenemos que aceptarlo, no tenemos que responder de manera positiva. ¿De qué otra manera podría ser si en nuestra condición caída no podemos ni siquiera perseguir a Dios sin Su gracia? Sin embargo, tal gracia es, de hecho, resistible. Esto da como resultado la posibilidad de una relación verdadera y amorosa entre la criatura y el Creador, pero también la posibilidad trágica, pero inevitable, del pecado, el mal, el infierno y la condenación eterna.

C.S. LEWIS: UN ARMINIANO CLÁSICO

Como se ha afirmado en artículos anteriores, C.S. Lewis parece caer de lleno y de manera sólida dentro de un marco teológico arminiano. Comenzamos señalando que Lewis comienza con el carácter, la bondad de Dios como base para sus afirmaciones teológicas. Como tal, Dios no puede ser el Autor o Causa del pecado y el mal, directa o indirectamente. Por lo tanto, uno debe dar una respuesta al problema del dolor, el pecado y el mal que existe en este mundo actual.

Los calvinistas ven todo esto como preordenado (en el sentido de causado o hecho cierto) por Dios para Su gloria. Lewis (y los arminianos) por otro lado, cree que las condiciones del mundo actual son el resultado del abuso del libre albedrío humano dado por Dios. Para tener una verdadera relación, era necesario el libre albedrío, y Dios eligió darnos este regalo. Por lo tanto, la Caída y el Infierno fueron condicionales e innecesarios aparte de la elección humana de rebelarse y persistir en la rebelión. Incluso después de la Caída, Dios ha extendido Su gracia a la humanidad, más plena y completamente en Cristo, restaurando nuestra capacidad para elegir resistir o no resistir Su gracia. Sin embargo, el libre albedrío permanece y Dios no obligará a nadie a aceptar este don de gracia y redención. Lewis expresa firmemente estos puntos de vista y, por lo tanto, podemos decir con seguridad que, aunque nunca usa la expresión él mismo, era un arminiano.

Una escena de La Silla de Plata, parte de Las crónicas de Narnia, parece un resumen y una conclusión adecuados. Aquí encontramos una metáfora de la desesperada necesidad de redención de la humanidad y el ofrecimiento gratuito de la gracia que debe aceptarse. Aquellos que eligen no resistir la gracia obtienen a Dios, la Vida eterna y el cielo; y aquellos que eligen resistir la gracia y hacer su voluntad y deseo, reciben lo opuesto, es decir, el Infierno. Esta escena involucra a una chica llamada Jill que entra en Narnia y se encuentra con Aslan en un bosque. Ella ha estado buscando agua y su sed sigue creciendo. Finalmente ve un arroyo y se llena de alegría. Pero luego ve a Aslan, de pie junto al arroyo. Jill pasa un tiempo debatiendo sobre lo que debería hacer, ya que su sed solo está aumentando, pero aun así le tiene miedo al león. Finalmente, Aslan habla, rompiendo el silencio y diciéndole a Jill que puede venir a beber si lo desea. Sin embargo, todavía duda, asustada.

—¿No tienes sed? —preguntó el León.

—Me muero de sed —respondió Jill.

—Entonces, bebe —dijo el León.

—¿Me dejas… podría yo… te importaría alejarte mientras bebo? —dijo Jill.

El León respondió sólo con una mirada y un gruñido apagado. Al contemplar aquella corpulenta masa inmóvil, Jill comprendió que igualmente podría pedirle a la montaña entera que se hiciera a un lado para darle el gusto a ella. El delicioso murmullo del río la estaba volviendo loca.

—¿Me prometes que no me… harás nada si me acerco? —preguntó Jill.

—Yo no hago promesas —dijo el León.

Jill tenía tanta sed que, sin darse cuenta, se había acercado un paso más.

—¿Te comes a las niñas? —preguntó.

—Me he tragado niñas y niños, mujeres y hombres, reyes y emperadores, ciudades y reinos —repuso el León. No lo dijo como vanagloriándose, ni como si se arrepintiera, ni como si estuviera enojado. Simplemente lo dijo.

—No me atrevo a ir a beber —murmuró Jill.

—Entonces morirás de sed —dijo el León.

—¡Dios mío! —exclamó Jill, acercándose otro paso—. Supongo que tendré que irme y buscar otro río.

—No hay otro río —dijo el León.

Jamás se le ocurrió a Jill no creerle al León —nadie que viera su cara severa podría dudar— y de súbito tomó su decisión. Era lo peor que le había tocado hacer en su vida, pero corrió hacia el río, se arrodilló y empezó a tomar agua con la mano. Era el agua más fría y refrescante que había probado. No necesitabas beber una gran cantidad, porque apagaba de inmediato tu sed.”[7]

Para Lewis, al final, todo se reduce a una elección, una decisión, un sinergismo evangélico. Dios nos lleva a un lugar donde debemos decidir. Beber del arroyo y vivir; o negarse a beber y morir. Y, de hecho, “no hay otro arroyo”. Como bien lo dijera Lewis:

“En última instancia sólo hay dos tipos de personas: los que dicen a Dios “hágase tu voluntad” y aquellos a quienes Dios dirá, al fin, “hágase tu voluntad”. Todos los que están en el infierno lo han elegido. Sin esta opción personal no habría infierno. Nadie que desee continua y seriamente la alegría se va a equivocar. Los que buscan, encuentran. A quienes golpean la puerta, se les abre.”[8]

BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS:


[1] Pub. Disp. XI, em Works 2,192

[2] Olson, Roger E. Arminian Theology: Myths and Realities.  Downer’s Grove: InterVarsity Press, 2006., 162, 164-165.

[3] Art. XVII, em Works 2,721.

[4] C. S. Lewis, Mere Christianity. New York: HarperCollins Publishers, 1952, 164.

[5] Ibid., 181.

[6] C. S. Lewis, The Problem of Pain. New York: HarperCollins Publishers, 1940, 94-96.

[7] C. S. Lewis, The Chronicles of Narnia: The Silver Chair (Middlesex, England: Puffin Books, 1977), 26-27

[8] C. S. Lewis, The Great Divorce. New York: HarperCollins Publishers, 1946. 75.

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