Arminianismo Clásico, Salvación

Salvación, obtenida y asegurada por fe

Por Fernando E. Alvarado

¿Cómo se obtiene la salvación? ¿Podemos ganarla por medio de obras? Una vez obtenida ¿Cómo podemos perseverar en ella? ¿Cuál es nuestra parte en el proceso de salvación?

Ciertamente, ser cristiano no es cuestión de buenas obras. La salvación se logra solamente por gracia por medio de la fe (Efesios 2:8–9). La fe acepta el hecho de que Cristo murió en lugar de la humanidad pecadora para que estuviera disponible el perdón de sus pecados. Por fe, los humanos solo pueden confiar en la misericordia de Dios y aceptar a Cristo como Salvador. La fe capta la maravillosa realidad de que ahora los humanos que crean y se arrepientan son los que reciben la justicia de Cristo, acreditada a ellos sin mérito alguno de su parte (Filipenses 3:9) y dada «por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él» (Romanos 3:22). Aunque «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, [son] justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Romanos 3:23–24; 5:1). Además, nosotros comprendemos esta posición con respecto a Dios, recibida por su gracia, porque nos capacita para ello el Espíritu Santo, quien «da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Romanos 8:16).

SI LA SALVACIÓN ES POR GRACIA ¿PODEMOS ACTUAR COMO QUEREMOS?

Aunque justificados y con la justicia de Cristo acreditada a su favor, los creyentes también son «creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Efesios 2:10). Más aún; se les encomienda en su vida diaria que sean «llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo» (Filipenses 1:11). De manera que la ejercitación real de la justicia de Cristo en el creyente es un proceso continuo. Comprende una formación espiritual deliberada y progresiva, como se ilustra acertadamente en 2 Pedro 1:5–8: “Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” Dicha verdad también es enseñada en Romanos 6:12–13; 8:13 y Colosenses 3:1–5.

LA VIDA CRISTIANA ES UN PROCESO DE SANTIFICACIÓN PROGRESIVA

Nuestro crecimiento espiritual individual varía en calidad y madurez a medida que aprendemos a obedecer la Palabra de Dios y confiar en la dirección y la capacitación del Espíritu Santo que habita en nosotros. No obstante, aunque nos hallemos aún en el proceso de formación, y por imperfectos que seamos, seguimos estando justificados por medio de la fe en Cristo, y nunca por nuestras buenas obras. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).

El crecimiento espiritual también tiene previsto que el creyente se comprometerá a seguir a Cristo en una obediencia de toda la vida a sus enseñanzas. El Nuevo Testamento le da gran importancia a un fiel atravesar las pruebas de la vida y perseverar en la fe hasta su final. En la Parábola del Sembrador, Jesús dijo: «la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia [en hypomoné]» (Lucas 8:15). Santiago recoge ambos conceptos de la fidelidad en medio de las pruebas y de la perseverancia cuando escribe: «La prueba [to dokimion] de vuestra fe produce paciencia hypomonēn. Pedro añade: «Para que sometida a prueba [to dokimion] vuestra fe … sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1 Pedro 1:7). El escritor de la epístola a los Hebreos coincide: «Porque os es necesaria la paciencia [hypomonés], para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa» (Hebreos 10:36).

NUESTRA SALVACIÓN ESTÁ ASEGURADA POR LA FE

Como pentecostales y arminianos, creemos que la seguridad de los creyentes nos viene por medio de la fe, tanto cuando recibimos la salvación, como cuando continuamos en comunión con Cristo por medio de su Espíritu. Junto con Pablo, el creyente ora para «ser hallado en él [en Cristo], no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe» (Filipenses 3:9).

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