Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Just Thinking | Tibieza espiritual

Por Fernando E. Alvarado

Sería terrible escuchar al Señor decirnos: “Conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca…” (Apocalipsis 3:15-16, NVI).

La tibieza no llega a la frialdad de aquel que rechaza al Señor y el mensaje del evangelio. Está claro que el tibio no rechaza al Señor. Él está a mitad de camino. Tiene un poco de los dos. Un poco del frío y otro poco del calor. Tiene momentos de emoción, pero esta no llega a ser el calor suficiente para producir la energía para realizar el trabajo. Participa de una reunión donde escucha sobre la importancia de la oración. Sale decidido a apagar ese televisor y clamar con todo su corazón. Pero lo que pronto se apaga no es el televisor, sino su calor.

Escucha una predicación sobre el temor de Dios y la santidad, y se asegura que nunca más pensará ni mirará lo que no deber mirar. Pero a los dos días se encuentra que sus pasiones lo superan. Lee un libro que lo motiva, inspira, y habla con otros con las palabras del escritor y tiene la esperanza de que ahora sí su vida cambiará. De pronto siente la pasión. Pero tan pronto termina el libro, termina el celo. El tiene momentos, entusiasmos, subidas de temperatura, y eso es lo que lo mantiene tibio. Sino sería frío. Y esto es lo que lo engaña. Al ver que tiene momentos donde se emociona, cree que él no es tibio.

El ha tenido tiempos de oración alguna vez, ha llorado ante Dios, la Palabra en algún momento le ha conmovido, hasta tal vez es activo en alguna área de la Iglesia, por lo que se dice: “Yo no soy tibio. Yo amo a Dios”. No tiene relación genuina, viva, de ida y vuelta y constante con Dios. Pero como él se ve con ojos humanos, le parece que no está tan mal. No está como en algún otro tiempo que él considera que estaba en la cúspide, pero se compara con alguna otra persona que conoce y considera que tampoco está como ese otro. La pregunta verdaderamente importante sería: ¿Cómo evaluaría Dios la temperatura de mi vida espiritual?

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