Pluralismo Religioso, Postmodernidad

Just Thinking | Verdades no negociables

Por Fernando E. Alvarado

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12)

La creciente aceptación pública del pluralismo religioso merece ser confrontada debido a su efecto nocivo en la cultura Occidental. En el mundo de la postverdad la salvación está disponible para todos los hombres y mujeres en todas las religiones, y esto suena bien, suena tolerante, inclusivo, placentero y, sobre todo, políticamente correcto. Pero hay un problema con dicha afirmación: Es totalmente falsa. Por otro lado, declarar que solamente una fe tiene el único camino a la salvación suena inaceptable, ofensivo, retrógrada e intolerante para la mentalidad liberal postmoderna de hoy. Sin embargo, esa es la cruda verdad.

No es extraño que el mundo rechace la exclusividad del Evangelio. De hecho, era de esperarse pues “todo el mundo yace bajo el poder del maligno” (1 Juan 5:19, LBLA). Su mente está cegada, pues “el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios.” (2 Corintios 4:4, LBLA). Han sido abandonados a su propia necedad y pareciera que Pablo vio nuestra generación cuando afirmó:

“Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén. Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos indecentes, y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión. Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas sino que incluso aprueban a quienes las practican.” (Romanos 1:25-32, NVI)

Por eso, es natural que el mundo prefiera seguir cualquier otro camino menos el verdadero. ¡No pueden (o no quieren) evitarlo! La rebeldía está en su naturaleza caída y solo llevan a su máxima expresión la rebelión iniciada en el Edén. El problema real, lo verdaderamente preocupante, es aquello que se dan en el seno de la misma iglesia de Cristo. Y ocurre cuando el mismo pueblo del Señor se convence a sí mismo que Cristo y el Evangelio son, en el mejor de los casos, “un camino más”, “una opción igual de válida que otras” para llegar a Dios. Cuando se cae tan bajo como para afirmar tal cosa, el cristianismo es caricaturizado, Cristo es rebajado y el Evangelio es representado como otra religión hecha por el hombre en la búsqueda de monopolizar la salvación.

Por eso el pluralismo religioso no puede ser visto como un avance; no puede ser considerado progresista ni liberador, pues rompe nuestra conexión con la única verdad que nos puede hacer libres, sacrificando la integridad de la fe en en el altar de la tolerancia. Un cristiano no es “mente abierta” por degradar a Cristo y al cristianismo. Es, más bien, un traidor a la fe, un apóstata de la verdad: “Pero mi pueblo, lo mismo que Adán, ha faltado a mi alianza y me ha sido infiel.” (Oseas 6:7, DHH)

No todos los caminos llevan a Dios. Y es necesario decirlo con firmeza: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12). Las religiones de este mundo pueden venderte tal mentira, pero nunca podrán acercarte a Dios. O cuando menos no al Dios verdadero, “pues, aunque haya los así llamados dioses, ya sea en el cielo o en la tierra (y por cierto que hay muchos «dioses» y muchos «señores»), para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos” (1 Corintios 8:5-6, NVI).

Esta pretensión de saber que todos los caminos conducen a Dios, que todas las formas proporcionan la redención del pecado y la salvación, no es más que una mera falacia sin justificación alguna. Es muy parecido a la analogía de la montaña, en el que cada escalador toma un camino diferente para llegar a la cúspide. El budista toma un camino desde el norte que cree que llega a la cima, el hindú toma un camino desde el sur creyendo que también llegará a la cima, el musulmán toma un camino desde el este, y el cristiano desde el oeste. Desde sus perspectivas individuales, es imposible saber si todos los caminos conducen a la cima. Tal seguridad solo puede venir de alguien que tiene una vista desde lo alto de la montaña, y que puede ver todos los caminos de principio a fin. La única forma en que los escaladores pueden saber si su camino conduce a la cima es si les es revelado por quien está encima de la montaña. Justo ese es el caso de los cristianos; su conocimiento de que la fe en Cristo es el único camino a Dios no se basa en su perspectiva finita, sino más bien en la revelación de Dios —quien está encima de la montaña— a través de su Palabra.

El intento de validar todas las religiones como iguales solicita un inmediato e inevitable conflicto. ¿Cómo podemos saber qué es la verdad? ¿Por cuál ley moral deberíamos vivir? ¿Cuáles principios de la religión se deben utilizar como guía para la construcción de una buena sociedad? ¿Cuál religión tiene la definición correcta de la salvación? El resultado, irónicamente, es que el hombre es deificado y determina por sí mismo el bien y el mal. La nuestra no es la primera sociedad para caer en esta manera de pensar (Génesis 3:5). El hombre se hace su propio dios y el mundo es su arcilla. El pecado, la violación de la ley moral de Dios, queda sin castigo, y la libertad no es la libertad del pecado sino la libertad para pecar.

Afortunadamente, no vivimos en un mundo de incertidumbre. Hemos recibido la revelación de Dios y la verdad de su evangelio. Tenemos una comprensión clara de lo que la verdad, la justicia, la vida, y la redención son en Cristo: “Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo” (Tito 3:5)

Al hombre le gustaría orquestar su propia redención, creer en una falsa salvación por obras y mérito propio, pero encontramos en la Escritura que nuestras buenas obras sin Cristo son trapos sucios (Isaías 64:6). Jesús enseñó “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí” (Jn. 14:6). Esta afirmación de exclusividad quizá suene ofensiva en la mentalidad pluralista, liberal y relativista de hoy, pero fue, es y será el único fundamento seguro sobre el cual podremos edificar nuestra fe. Dios reveló al hombre la realidad, y nos expone por lo que realmente somos: seres humanos creados a Su imagen, perdidos en el pecado, y con necesidad de un salvador.

El apóstol Juan escribió que “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). No podemos negar la exclusividad de la fe cristiana. Y esta fe no es verdad simplemente porque nosotros decimos que lo es, sino porque el único que puede confirmarlo —Dios mismo— ha dicho que lo es. Pero este evangelio es mucho más que la salvación personal: es una renovación completa en Cristo. El evangelio es la buena noticia que Cristo gobierna en su trono, que Él ha dado libertad a los cautivos (Lucas 4:18), y que Él nos ha liberado del pecado y del poder del mal (Gálatas 1:4) para que podamos cumplir con alegría la voluntad de Dios.

Cristo es el Señor de todo. A través de la obra reconciliadora de Cristo en la cruz, no sólo tenemos la posibilidad de ser amigos de Dios, hijos e hijas traído de vuelta a la casa, sino que la maldición en el mundo traído por nuestra rebelión también puede ser levantada (Romanos 8:18-25). La nueva vida que surge de la tumba vacía es un anticipo de la transformación que Dios quiere para la totalidad del orden creado. Al reflexionar sobre el perdón y la gracia de Dios, encontramos nuestro deleite en Cristo. La salvación, la redención, y renovación solo se puede encontrar en Él, quien es soberano sobre todo. Fuera de Jesús no hay solución a la condición humana. Ni Buda, ni Mahoma, ni Confucio, ni Lao-Tsé. No hay Krishna ni Dios pagano que valga. Ninguno de ellos puede salvar. Solo Cristo es el camino. Solo Él es la verdad.

¿Una verdad incómoda? Quizá para algunos. Pero verdad al fin. Y una verdad que me ha hecho libre. Te invito a escuchar y seguir esa misma verdad:

Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda” (Isaías 30:21)

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5)

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