Arminianismo Clásico, c. S. Lewis, Calvinismo, Literatura Cristiana

La teología arminiana de C. S. Lewis (Parte I)

Por Fernando E. Alvarado

Un día llegarás a ser tan maduro que volverás a leer cuentos”

C. S. Lewis

INTRODUCCIÓN

C. S. Lewis es uno de los nombres más queridos y respetados en la literatura cristiana de nuestro tiempo. Desde su serie infantil The Chronicles of Narnia, hasta sus obras más especulativas como The Screwtape Letters y The Great Divorce, y sus novelas míticas como The Four Loves y Out of the Silent Planet, sus logros literarios son realmente formidables. Además, con la adaptación cinematográfica de Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el ropero, su popularidad ha crecido significativamente en nuestros días.

Sin embargo, las creencias de C. S. Lewis en materia teológica suelen ser desconocidas para la mayoría de sus seguidores, incluso cristianos. Esto se debe a que Lewis nunca escribió nada parecido a una teología sistemática. Mere Christianity, el más cercano de sus libros a lo que podría llamarse una disertación teológica, analiza solamente lo que Lewis consideraba el núcleo central de las creencias cristianas aceptadas por todos los seguidores de Cristo, independientemente de su denominación. Como tal, un estudio de sus puntos de vista sobre la providencia y la soberanía de Dios dentro del ‘debate’ entre el calvinismo y el arminianismo requiere mucho esfuerzo, ya que uno debe vadear a través de sus numerosas obras para obtener una comprensión general de sus pensamientos sobre el tema.

Una dificultad adicional es que jamás se encuentran referencias directas a las obras o pensamientos de Arminio o Calvino, y él solo menciona explícitamente el calvinismo en algunos lugares.[1] Lewis, sin embargo, se distanció en sus escritos de la teología calvinista, haciendo énfasis en la bondad y el carácter de Dios tanto como en Su poder, junto con el libre albedrío humano. Lewis afirmaba que Dios no tuvo que darnos libre albedrío, sino que eligió hacerlo para vivir en una relación verdadera y amorosa con su creación. Además, Lewis afirmaba que, pese al libre albedrío, Dios sigue siendo soberano, cumpliendo Sus propósitos en el mundo: sacando la Luz de la oscuridad y el bien de lo que estaba destinado al mal. En su obra “El Problema del dolor”, C. S. Lewis expresó:

“Un hombre misericordioso aspira al bien de su prójimo y cumple así “la voluntad de Dios”, cooperando conscientemente con el “bien simple”. Un hombre cruel oprime a su prójimo y, así, hace el mal simple. Pero al hacer ese mal es usado por Dios, sin su conocimiento o consentimiento, para producir el bien complejo —de manera que el primero de estos hombres sirve a Dios como un hijo, y el segundo como un instrumento. Ciertamente cumplirá con el propósito de Dios, no importa cómo actúe, pero para usted será diferente el que sirva como Judas, o como Juan. “[2]   

C. S. Lewis creía que Dios no condena a nadie al Infierno aparte de su libre elección mientras permanece soberano. Esto es precisamente lo que enseña el arminianismo.

Después de pasar algún tiempo leyendo (y verdaderamente disfrutando) las obras de C. S. Lewis para tener una idea clara de su teología, confío en que lo que sigue a continuación sea una explicación coherente, aunque ciertamente no exhaustiva, de los pensamientos de C. S. Lewis sobre la providencia y la soberanía de Dios. A medida que avance en la lectura del presente artículo, el lector confirmará que, de su propia boca, C. S. Lewis expresa concordancia con la teología arminiana; o al menos, se inclina fuertemente en esa dirección a pesar de que nunca se etiqueta a sí mismo como tal.

C. S. LEWIS, DE ATEO A DEFENSOR DE LA FE CRISTIANA

C. S. (Clive Staples) Lewis nació el 29 de noviembre de 1898 en Belfast (Irlanda del Norte). Sus padres eran Flora Augusta Hamilton, hija de un pastor anglicano, y Albert James Lewis, abogado de ascendencia galesa. Sus familiares y amigos le llamaban Jack, nombre que adoptó después de que su perro Jacksie falleciese atropellado cuando Lewis todavía era un niño. Lewis creció rodeado de libros, hecho que facilitó su interés por la literatura desde temprana edad. Muy imaginativo, junto a su hermano Warren creó diferentes mundos fantásticos que más tarde reflejó en sus textos.

Combatió en la Primera Guerra Mundial formando parte del ejército inglés, y estudió Lengua y Literatura Griega y Latina en la Universidad de Oxford. En esta misma universidad fue profesor de inglés durante los años 1925 y 1955. Más tarde impartió clases de Literatura Medieval y Renacentista en Cambridge. En Oxford entabló amistad con J. R. R. Tolkien, con quien creó el grupo Inklings, conjunto de escritores y profesores que reunidos en el pub “The Bird And Baby” charlaban sobre asuntos literarios, históricos, mitológicos, sociales y religiosos.

La religión fue asunto clave en la vida y obra de C. S. Lewis. En sus años mozos renegó del cristianismo y se manifestó ateo buscando respuestas en asuntos esotéricos. Con el paso de los años, en su madurez, influenciado, entre otros, por George MacDonald, G. K. Chesterton y el propio Tolkien (aunque el autor de “El Señor De Los Anillos” era católico, y Lewis anglicano), recuperó su fe y se convirtió en uno de los principales apologistas cristianos de la época. Su mujer, la poetisa estadounidense Joy Davidman (nacida en 1915, exmujer del escritor William L. Gresham), también sufrió un proceso espiritual parecido al de su marido. Joy falleció de cáncer de huesos en 1960. La pareja se había casado en el año 1956 y C. S. crio a David y Douglas, los dos hijos que Joy había tenido con Gresham.

Su obra literaria más conocida es “Las Crónicas De Narnia”, colección de siete libros de fantasía juvenil escrita entre los años 1951 y 1956: “El León, la Bruja y el ropero” (1951), “El Príncipe Caspian” (1951), “La Travesía del Viajero del Alba” (1952), “La Silla de Plata” (1953), “El Caballo y el Muchacho” (1954), “El Sobrino del Mago” (1955) –escrito en 1955 pero configurado como el inicio de la saga- y “La Última Batalla” (1956). Tanto sus creencias religiosas como su erudición literaria y medieval-mitológica (en especial la nórdica) fueron bases esenciales para la creación de estos libros. Al margen de estos volúmenes, la bibliografía de Lewis destaca por su “Trilogía Espacial”, compuesta por las novelas de ciencia-ficción “Más Allá Del Planeta Silencioso” (1938), “Perelandra” (1943) y “Esa Horrible Fortaleza” (1946).

C. S. Lewis, quien siempre defendió el pensamiento independiente y la búsqueda de la verdad, también escribió la sátira “Cartas Del Diablo a Su Sobrino” (1942); libros sobre el cristianismo, como “El Problema Del Dolor” (1940), “Mero Cristianismo” (1952) o “Los Cuatro Amores” (1960); ensayos sociales, como “La Abolición Del Hombre” (1943); o volúmenes sobre literatura, como “Literatura Inglesa En El Siglo XVI” (1954). Su existencia y el progreso de su pensamiento viene recogido en parte en su libro autobiográfico “Sorprendido por la Alegría” (1955). Lewis falleció en Oxford el 22 de noviembre de 1963 a los 64 años. Sus restos mortales fueron enterrados en el cementerio Holy Trinity Church, en Headington Quarry, Oxford. Su obra y legado, sin embargo, son imortales.

C. S. LEWIS, ARMINIANISMO Y LA BONDAD DE DIOS

En los escritos de C. S. Lewis, la soberanía y la bondad de Dios se acentúan claramente junto con el libre albedrío humano. Contrariamente a la percepción popular, la bondad de Dios (no el libre albedrío humano) es el núcleo central alrededor del cual se construye la teología arminiana, y Lewis parece hacer lo mismo. En su conocida obra “Las Crónicas de Narnia: el León, la Bruja y el ropero”, Lewis enfatiza que, si bien Dios es todopoderoso, también es totalmente bueno; y su bondad condiciona sus acciones y uso del poder. Es decir, Dios actúa de acuerdo con su carácter, haciéndolo comprensible y confiable. En una parte del relato, una niña llamada Lucy ha llegado a la tierra de Narnia con sus hermanos a través de un viejo armario, y se encuentran con un par de castores que les cuentan sobre el león Aslan, quien es la figura de Cristo en la historia de Narnia. Después de escuchar sobre Aslan, la conversación de Lucy con los castores es la siguiente:

“—¡Ooh! —dijo Susan—. Pensaba que era un hombre. ¿No es peligroso? Me pone un poco nerviosa la idea de encontrarme con un león.
—Lo entiendo, querida, y es comprensible —indicó la señora Castor—, si existe alguien capaz de presentarse ante Aslan sin que le tiemblen las rodillas, o bien es más valiente que la mayoría o es sencillamente un necio.
—Entonces ¿es peligroso? —dijo Lucy.
—¿Peligroso? —contestó el señor Castor—. ¿No has oído lo que ha dicho la señora Castor? ¿Quién ha dicho que no sea peligroso? Claro que es peligroso. Pero es bueno. Es el rey, ya os lo he dicho.
—Estoy deseando verlo —indicó Peter—, aunque me sienta asustado cuando llegue el momento.”[3]

Aquí vemos un ejemplo de la percepción que Lewis tenía de Dios. Aslan ( quien en la obra simboliza a Jesucristo) es todopoderoso (Él, de hecho, es ‘peligroso’, temible en su gloria) pero Su bondad, Su carácter condiciona Su poder. Esto es bastante consistente con la teología arminiana clásica, que argumenta que:

“El meollo del asunto es cómo entendemos el carácter de Dios. El problema no es cuán poderoso es Dios, sino lo que significa decir que Él es perfectamente amoroso y bueno.”[4]

Como tal, una objeción arminiana clave al calvinismo es que pone en tela de juicio el carácter de Dios; es decir, su bondad. Como bien lo señala el erudito arminiano Roger E. Olson:

“La disputa verdaderamente fundamental no es sobre el poder sino sobre el carácter de Dios… La cuestión fundamental aquí es qué paradigma teológico hace un mejor trabajo al representar la imagen bíblica del carácter de Dios.”[5]

En consecuencia, si alguien afirma (como lo hace el calvinismo) que Dios es la “realidad determinante”, la causa de todo lo que sucede, entonces Dios es el autor del pecado y del mal, así como del bien. Si bien es cierto los calvinistas argumentan en contra de esta conclusión, afirmando que Dios no es moralmente culpable por el pecado y el mal a pesar de que éste fue decretado o hecho cierto por él, la verdad es que no pueden afirmar lógica y razonablemente que Dios causó la Caída, y causa o hace que ocurran ciertas cosas (incluso las malas), sin ser el Autor del pecado y del mal también. En su obra A Grief Observed, escrito en las semanas posteriores a la muerte de su esposa, Lewis abordó esa noción:

“¿O es que vamos a acoger en serio la idea de un Dios malo, colándose por la puerta trasera, a través de una especie de Calvinismo llevado a sus extremos? Se nos podrá decir que somos seres caídos y depravados. Tan depravados que nuestra noción de bondad es inoperante, menos que nada: el mero hecho de que pensemos en algo bueno, encierra la presunta evidencia de su real maldad. De hecho, Dios —y en eso se revelan verdaderos nuestros más crudos temores— posee todas las características que atribuimos a los malos: irracionalidad, vanidad, revanchismo, injusticia, crueldad. Pero todos estos puntos negros (tal como aparecen ante nosotros) son realmente luminosos. No es más que nuestra depravación lo que hace que nos parezcan negros.
¿Y entonces qué? A efectos prácticos y especulativos, eso es como borrar a Dios de la pizarra. La palabra «bueno», aplicada a Él, se vacía de sentido, se vuelve abracadabra. No hay razón para que le obedezcamos. Ni siquiera para que le tengamos miedo. Es verdad que tenemos sus amenazas y sus promesas. Pero ¿por qué habría que tomárselas en serio? Si, desde el punto de vista, la crueldad es algo bueno, decir mentiras también puede ser bueno. Y aunque fueran verdades, ¿con eso qué? Si las ideas de Dios sobre lo bueno son tan diferentes de las nuestras, lo que Él llama Cielo bien puede corresponder a lo que nosotros llamaríamos Infierno, y viceversa. Y, por último, si carece hasta tal punto de sentido en sus mismas raíces (o dándole la vuelta, si nosotros somos tan absolutamente imbéciles), ¿qué más da ponerse a pensar en Dios que en otra cosa cualquiera? El nudo se afloja cuanto más intenta uno apretarlo.”[6]

Indiscutiblemente, la idea de un Dios que provoca todo y es la causa activa de todo, incluso del mal (pues si Dios lo determina todo es el responsable de todo, y el hombre es apenas un mero títere), le era totalmente desagradable a C. S. Lewis. Y es que Dios, para Lewis, no era un ser moralmente ambiguo; de hecho, en su libro Mere Christianity, Lewis llega al extremo de etiquetar la noción calvinista de Dios como panteísta. ¿Por qué? Porque si debes creer que Dios controla todo y está detrás de todo, controlando cada acto, determinando hasta la más mínima cosa que ocurre en el universo, y si el albedrío de sus criaturas es una ilusión y hasta lo más ínfimo que hacen y piensan es una expresión de Su voluntad (incluso lo malo y pecaminoso), entonces Dios es todo (lo bueno y lo malo) y está en todo (panteísmo). En tal caso su carácter bueno, justo y santo queda en entredicho; pero si, por otro lado, Dios está separado del mundo y algunas cosas que vemos en él son contrarias a su voluntad, entonces Dios no es la causa determinante de todo ni el responsable del mal y la injusticia. Su carácter moral queda entonces reivindicado. En palabras de C. S. Lewis:

“Si no se toma muy en serio la distinción entre el bien y el mal, es fácil decir que todo lo que se encuentra en este mundo es parte de Dios, Pero, por supuesto, si creemos que algunas cosas son realmente malas, y Dios realmente bueno, no podemos hablar de esta manera. Tenemos que creer que Dios está separado del mundo y que algunas de las cosas que vemos en este son contrarias a Su voluntad. Frente a un cáncer o frente a una barriada miserable, el panteísta puede decir: ¨Si tan solo pudieras verlo desde el punto de vista divino, te darías cuenta de que esto también es Dios¨. El cristiano responde: ¨No digas esas tonterías¨. Porque el cristianismo es una religión de lucha. Piensa que Dios hizo el mundo [bueno] … Pero también piensa que muchas cosas andan mal en el mundo que Dios hizo y que Dios insiste, e insiste con mucha fuerza, en que las pongamos en buen camino otra vez.”[7]

Paul Helm, un destacado teólogo calvinista, parece darle la razón a Lewis. Helm afirma:

“No hay ninguna razón en principio por la cual la providencia de Dios no se extienda a todas las acciones malvadas y pecaminosas”.[8]  

Helm argumenta que Dios permitió la caída (lo cual es cierto), pero continúa afirmando que lo que quiere decir con “permitir”, en el caso de Dios, “es tanto una acción como una actuación.”[9]   Por lo tanto, concluye:

“Si es correcto decir que Dios permitió la caída… también es correcto decir al menos que Dios permite que tengan lugar, en el sentido de permiso que se ha otorgado. Porque, si Dios no permitiera el mal de esta manera, a saber, realizar o causar, entonces tanto su conocimiento como su poder se verían comprometidos.”[10]

 Muy probablemente la respuesta de Lewis ante las afirmaciones de Helm, el renombrado teólogo calvinista, sería: “Vamos Helm, ¡No hables tonterías! Si Dios causó la caída, ¿qué es bueno y qué es malo? Las palabras pierden todo significado.”

Finalmente, en su libro El problema del dolor, encontramos a Lewis nuevamente defendiendo la bondad y el carácter de Dios al rechazar la noción calvinista de que Él es la causa del pecado y el mal. En este libro, Lewis aborda la existencia del dolor y el sufrimiento, la maldad y el pecado en un mundo creado por un Dios bueno y soberano:

“El cristianismo no es resultado de un debate filosófico acerca de los orígenes del universo; es un acontecimiento histórico con carácter de cataclismo, que sigue a la larga preparación espiritual a que ya me he referido. No es un sistema al cual tengamos que acomodar la inconveniente realidad del dolor; es, de suyo, uno de los hechos inconvenientes al que hay que hacer cabida en cualquier sistema que fabriquemos. En cierto modo, el cristianismo más bien crea el problema del dolor, en lugar de resolverlo; ya que éste no sería problema alguno, a no ser que, junto con nuestra experiencia cotidiana de este mundo doloroso, recibiéramos la certeza de que la realidad esencial es justa y amorosa.”[11]

Si, como afirma el calvinismo, Dios ha causado o predeterminado ciertos eventos, incluso la caída de la humanidad en el pecado, entonces el problema del dolor, según Lewis, parece haber sido eliminado. Dios se vuelve moralmente ambiguo ya que se ha revelado como bueno, pero es la causa de lo que consideramos malo. Por lo tanto, el problema del dolor puede eliminarse, pero a expensas de la bondad de Dios. Si bien no todos los calvinistas afirman que la bondad de Dios es completamente diferente de nuestra concepción del bien, defienden la preordenación de Dios del pecado y el mal apelando a un bien mayor o superior.[12]  Esto, sin embargo, todavía parece hacer que la bondad de Dios sea muy diferente de nuestra comprensión del bien y del mal, tanto que resulta en que Dios es incognoscible y moralmente ambiguo. La pregunta sigue siendo: “¿Qué clase de Dios es el que se glorifica preordenando y reprobando incondicionalmente a las personas al infierno?”[13]  

La respuesta de Lewis a tales nociones es la siguiente:

“Por una parte, si Dios es más sabio que nosotros, su juicio debe diferir del nuestro en muchos aspectos, y no menos con respecto al bien y al mal. Lo que nos parece bueno puede, por lo tanto, no ser bueno a sus ojos; y lo que nos parece malo, puede no serlo. Por otra parte, si el juicio moral de Dios difiere en tal forma del nuestro que aquello que para nosotros es “negro” puede para Él ser “blanco”, el que lo llamemos bueno significa absolutamente nada, ya que decir “Dios es bueno” y al mismo tiempo afirmar que su bondad es completamente diferente a la nuestra, es realmente sólo decir “Dios es, no sabemos qué”. Y, una cualidad completamente desconocida de Dios no puede darnos un fundamento moral para amarle y obedecerle. Si Él no es (en nuestro sentido) “bueno”, le obedeceremos—si es que lo hacemos— solamente por miedo, y deberíamos estar igualmente dispuestos a obedecer a un espíritu malévolo omnipotente. La doctrina de la depravación total —cuando se llega a la conclusión que, ya que somos completamente depravados, nuestra idea del bien vale simplemente nada— puede convertir el cristianismo en una forma de culto al demonio.”[14]

¿Y ENTONCES QUÉ?

Las creencias de Lewis están claramente en línea con las de Arminio, quien dijo que, si Dios decreta todas las cosas, incluida la Caída, entonces uno solo puede suponer “‘que Dios realmente peca… Dios es el único pecador… [y] el pecado no es pecado”[15]   Por lo tanto, sobre el tema del carácter de Dios, Lewis se mantiene firmemente en la tradición arminiana.

BIBLIOGRAFÍA

[1] C. S. Lewis, A Grief Observed (Nueva York: HarperCollins Publishers, 1961), 31-34.

[2] C. S. Lewis, El problema del dolor, (Nueva York: HarperCollins Publishers, 1940), 111.

[3] CS Lewis, The Chronicles of Narnia: The Lion, the Witch, and the Wardrobe , (Nueva York: HarperCollins Publishers, 1978), 80

[4] Jerry L. Walls y Joseph R. Dongell, Why I Am Not A Calvinist , (Downer’s Grove: InterVarsity Press, 2004), 217.

[5] Roger E. Olson, Por qué no soy calvinista, Arminian Theology: Myths and Realities , (Downer’s Grove: InterVarsity Press, 2006), 97-114.

[6] C. S. Lewis, A Grief Observed (Nueva York: HarperCollins Publishers, 1961), 31-32.

[7] C. S. Lewis, Mere Christianity , (Nueva York: HarperCollins Publishers, 1952), pp. 36-38.

[8] Paul Helm, La Providencia de Dios: contornos de la teología cristiana, (Downers Grove: Inter Varsity Press, 1993), 101.

[9] Ibid.

[10] Ibid..

[11] C. S. Lewis, El problema del dolor , (Nueva York: HarperCollins Publishers, 1940), 14.

[12] Paul Helm, La Providencia de Dios: contornos de la teología cristiana, (Downers Grove: Inter Varsity Press, 1993), 8.

[13] Roger E. Olson, Arminian Theology: Myths and Realities , (Downer’s Grove: InterVarsity Press, 2006), 99, nota 5.

[14] C. S. Lewis, El problema del dolor , (Nueva York: HarperCollins Publishers, 1940), 28-29.

[15] Roger E. Olson, Arminian Theology: Myths and Realities , (Downer’s Grove: InterVarsity Press, 2006), 105.

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