Arminianismo Clásico, Calvinismo, Vida Cristiana

¿Aborrece Dios al pecador?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

El mundo siente repugnancia por la idea del juicio venidero. Se horroriza ante la idea de un tormento eterno para los malvados e impenitentes. Hoy en día son populares frases como: “Dios es amor. Y puesto que Él nos ama a todos, todos seremos salvos”. Otros afirman: “Dios es amor y no enviará a nadie al infierno”. Esa es la creencia de los universalistas. Ellos prefieren enseñar que Dios está tan lleno de amor que simplemente no puede enviar a nadie al fuego eterno del infierno, pues eso estaría en contra de su infinito amor. Quieren que Dios perdone a todos, incluso a aquellos que abiertamente lo rechazan y mueren maldiciendo a Dios. Puedo entender en parte a quienes enseñan tal cosa. Ciertamente la Biblia describe el infierno como un lugar terrible y yo, personalmente, no quisiera que nadie fuese allí (o cuando menos no eternamente). Pero la verdad es que no importa lo que yo piense o desee. Importa lo que dice la Biblia.

Los arminianos afirman que Dios ama al pecador, mientras que al mismo tiempo aborrece al pecado. Los calvinistas, en el otro extremo de la balanza, enseñan que Dios odia tanto al pecador como al pecado ¿Quién tiene la razón? Nuevamente, nuestra opinión no importa. Importa lo que dice la Biblia.

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EL DIOS DE AMOR ES TAMBIÉN UN DIOS CASTIGADOR

La Biblia afirma con claridad que Dios es amor (1 Juan 4: 8). Esa es una verdad incuestionable de nuestra fe: “Dios amó tanto al mundo, que dio a su único Hijo, para que todo el que cree en él no se pierda, sino tenga vida eterna” (Juan 3:16, NBV). Sin embargo, también es cierto que Dios castiga la maldad y el pecado y que su ira reposa sobre todos los que hacen iniquidad. Dios no es unilateral. Él no es simplemente un Dios infinitamente amoroso. También es infinitamente justo. Debe lidiar con el pecado y, por ende, debe castigar al pecador.

La biblia nos revela que, como prueba de su amor por la humanidad, Dios proveyó una manera por la cual la raza caída de Adán pudiese ser salva. Ese único camino es a través del sacrificio de Jesús. Para todos los que confían en Él, la salvación vendrá. Pero para aquellos que se apartan de Él y rechazan la provisión divina de salvación por medio del Hijo, la ira de Dios permanece sobre ellos: ” El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; pero el que no quiere creer en el Hijo, no tendrá esa vida, sino que recibirá el terrible castigo de Dios.” (Juan 3:36, DHH).

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SI DIOS ES AMOR, ¿ES CAPAZ DE ODIAR?

La Biblia nos dice que sí. Dios es capaz de odiar. Así pues, leemos que:

“Ni en tu presencia hay lugar para los orgullosos. Tú odias a los malhechores” (Salmo 5:5, PDT)
“El Señor prueba al justo y al impío, y su alma aborrece al que ama la violencia” (Salmo 11:5, LBLA)
“No vivas conforme a las costumbres de los pueblos que voy expulsando de delante de ti. Yo los detesto debido a que hacen estas cosas vergonzosas.” (Levítico 20:23, NTV)
“Hay seis cosas que detesta el Señor y una séptima que aborrece del todo: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos manchadas de sangre inocente, mente que trama planes perversos, pies ligeros para correr hacia el mal, testigo falso que difunde mentiras y el que atiza discordias entre hermanos” (Proverbios 6:16-19, BLPH)
“Toda su maldad comenzó en Guilgal; allí comencé a aborrecerlos. Por causa de sus maldades, los expulsaré de mi casa. No volveré a amarlos, pues todas sus autoridades son rebeldes” (Oseas 9:15, NVI)

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La verdad contenida en estos versículos resulta difícil de aceptar para muchos y es fácil entender el por qué. No solo transmiten una verdad dura, sino también incómoda. Pero al Espíritu Santo, quien inspiró dichas palabras, no le interesaba nuestra comodidad, sino nuestra salvación. Por eso afirma sin rodeos que Dios odia el pecado.

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EL ODIO AL PECADO EXIGE CASTIGO DEL PECADOR

Sin embargo, esto no termina allí. Otra verdad incómoda es presentada en estos versículos: Dios odia el pecado, pero Él no castiga el pecado. ¡Él castiga al pecador! El pecado no puede ser atado y arrojado al fuego. El pecado es una rebelión que ocurre dentro del corazón y la mente de las personas, es una violación de la Ley de Dios que convierte al que lo comete en objeto de la ira de Dios. ¿Por qué? Porque Dios es santo y justo y la persona que peca ofende a Dios. El carácter santo y justo de Dios no le permitirá ignorar esta ofensa contra su persona, su ley y su autoridad:

“El Señor es lento para la ira y abundante en misericordia, y perdona la iniquidad y la transgresión; más de ninguna manera tendrá por inocente al culpable; sino que castigará la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación” (Números 14:18, NVI)
“El Señor es lento para la ira, imponente en su fuerza. El Señor no deja a nadie sin castigo…” (Nahum 1:3, NVI)

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La Palabra de Dios no puede ser cuestionada. Él manda y las cosas ocurren (Génesis 1:3; 1:9; 1:11; 1:14; 1:20-21; 1:24; 1:26-27), pues Su Palabra nunca es inútil, vacía o sin poder:

“Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el aliento de su boca” (Salmo 33:6, LBLA)
“Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve” (Hebreos 11:3, NVI)
“Así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos” (Isaías 55:11, NVI)

Con la misma autoridad creativa y en ejercicio de su soberanía, de la boca de Dios surgió también su Ley. Dicha ley es un reflejo del carácter de Dios, el cual es puro y perfecto. Sus mandamientos reflejan la santidad y la justicia de Dios, pero estos mandamientos no están exentos de castigos. Una ley sin consecuencias es solo un eslogan vacío. Si Dios permitiese que Su Palabra, sus mandamientos y sus decretos fuesen pisoteados impunemente, la autoridad misma sobre la cual se fundamente su reino sería socavada. Dios sería un mentiroso. El resultado sería el caos universal y una rebelión total de sus criaturas. Mas Su palabra es verdad y Él ha dicho que castigará al infractor de la ley y lo hará.

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¿ES EXACTO ENTONCES DECIR QUE DIOS ODIA AL PECADOR?

No exactamente. Dios castigará al pecador no porque lo odia, sino porque es justo. Aunque es cierto que el eslogan: “Dios ama al pecador, pero odia el pecado”, no es una frase que se encuentre en la Biblia, el concepto en sí mismo sí es bíblico. Judas 1: 22–23 dice:

“Tengan compasión de los que dudan; a otros, sálvenlos arrebatándolos del fuego. Compadézcanse de los demás, pero tengan cuidado; aborrezcan hasta la ropa que haya sido contaminada por su cuerpo.”

Estos versículos nos mandan extender misericordia y compasión por las personas, mientras que, al mismo tiempo, odiamos el pecado. Si nosotros podemos hacer esto (amar a las personas mientras aborrecemos su pecado) ¿Por qué Dios sería menos capaz que nosotros de hacerlo? Dios puede odiar perfectamente el pecado y estar airado contra los pecadores en toda santidad, al mismo tiempo que ama perfectamente a los pecadores y desea que se arrepientan y reciban perdón (Salmo 5:11; Malaquías 1:3; Apocalipsis 2:6; 2 Pedro 3:9).

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¿Cómo explicamos las aparentes contradicciones? ¿Acaso no dice Salmo 5:5 que Dios odia a “a todos los que hacen iniquidad”? Sí, lo dice. Sin embargo, cualquier persona que ha leído la Biblia entiende que uno de sus temas más grandes es el amor. La Biblia dice que Dios es amor (1 Juan 4:8). También explica que Dios mostró Su amor hacia nosotros mientras estábamos todavía en nuestros pecados:

“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osará morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:6-8)

Un aspecto interesante de este pasaje es que enfatiza que los pecadores perdidos no eran “justos” o “buenos” cuando Cristo demostró Su amor por ellos. En la narración del joven rico, Jesús explicó que a este joven le faltaba algo para agradar a Dios. Pero, aunque al joven rico le faltaba algo y estaba perdido, la Biblia dice que Jesús “le amó” (Marcos 10:21). Cuando Jesús hizo lamentación por la Jerusalén perdida, declaró:

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! (Mateo 23:37).

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Jesús dijo que Su amor por los habitantes perdidos de Jerusalén era como el de una gallina para sus polluelos. Ese enunciado obviamente denota amor por los pecadores en Jerusalén.

En uno de los versículos bíblicos más conocidos acerca del “amor”, Jesús dijo:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Dios demostró Su amor para el mundo perdido antes que los perdidos creyeran en Jesús. Juan además explicó esto cuando escribió:

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

Es claro por estos versículos que Dios ama a los pecadores perdidos, y que Él mostró ese amor al enviar a Jesús. Entonces, ¿cómo podemos reconciliar los versículos que parecen sugerir que Dios odia a los pecadores, pero que los ama a la misma vez?

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RESOLVIENDO LA APARENTE CONTRADICCIÓN

Una de las soluciones más plausibles es que los escritores de la Biblia usaron una figura de expresión llamada metonimia cuando escribieron que Dios odia a los pecadores. La metonimia” es una figura en la cual se usa un nombre o sustantivo relacionado en vez de otro. La metonimia puede ser una figura de causa, cuando se reemplaza la cosa que se realiza con la persona que realiza tal cosa. Por ejemplo, en Lucas 16:29, el texto dice: “A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos”. En realidad, ellos no tenían a “Moisés y a los profetas”, sino tenían sus escritos. El nombre Moisés es una metonimia que representa a sus escritos, ya que él era la causa de los escritos. En tiempos modernos sería como decir, “Odio a Shakespeare”. ¿Quiere decir esa persona que odia literalmente a la persona de Shakespeare? No. Nosotros entendemos que estaría diciendo que no le gusta los escritos de Shakespeare, sin tener en cuenta la personalidad del dramaturgo.

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Si aplicamos la misma figura de expresión en los pasajes que declaran que Dios “odia a los pecadores”, podemos ver que se reemplaza el pecado con el pecador. Por ende, cuando Dios dice que Él odia al “testigo falso que habla mentiras” (Proverbios 6:19), quiere decir que Él odia las mentiras. Al usar la metonimia, se reemplaza la mentira (el efecto) con el que miente (la causa). Es interesante notar cuán clara puede ser esta característica en otros contextos. Por ejemplo, Proverbios 6:17 dice que Dios odia “la lengua mentirosa”. ¿Significa eso que Dios odia a una lengua mentirosa hecha de músculos y tejidos? No. Significa que Dios odia el pecado que la lengua puede realizar. En el mismo contexto, aprendemos que Dios odia a “los pies presurosos para correr al mal” (6:18). Otra vez, ¿significa eso que Dios odia a los pies físicos? No. Simplemente significa que odia el pecado que esos pies pueden realizar. Es interesante que pocos (o nadie) sugirieran que Dios odia a lenguas o pies físicos, pero ellos insistirían que Dios odia realmente a los pecadores, así como al pecado que realizan.[1]

Cuando estudiamos la Biblia, es muy importante tener en cuenta que los escritores de la Biblia a menudo usaron figuras de expresión. Cuando consideramos la idea que Dios odia el pecado, pero ama a los pecadores, la figura de expresión conocida como metonimia clarifica la confusión. Así como Dios no odia a los pies o a las lenguas físicas, Él no odia a los pecadores. Estos sustantivos se usan para representar lo que realizan—el pecado.

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CONCLUSIÓN

La Biblia nos habla del del amor de Dios por el pecador. El amor de Dios por el pecador se afirma literalmente en la Biblia (Tito 3:4; Juan 3:16; Romanos 5:8). Dios no solo siente amor, Él es amor, y todo aquel que le tiene en su vida lleva dentro suyo el fruto del amor de Dios, de esta manera nosotros podemos amar también a los pecadores (1 Juan 4:8). Decir que sólo nosotros amamos a los pecadores y Dios no, es una enorme contradicción. De hecho, sería una difamación del carácter y los atributos de Dios. ¿Por qué? Pablo dijo en cierta ocasión:

“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas” (Romanos 9:1-3)

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¿Podríamos decir que Pablo sabía amar mejor a los pecadores que Dios? ¡No! El amor que Pablo sentía por los perdidos era el amor que había sido derramado en su corazón por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). Todo lo que Pablo dice en estos versos es un testimonio en el Espíritu Santo (Romanos 9:1). Pablo no hablaba por su cuenta, estaba siendo inspirado en el momento de escribir la epístola. Pablo amaba a los pecadores porque el amor de Dios moraba en él.

Ahora bien, el amor de Dios es consistente y consecuente con Su palabra. Dios no mandaría a sus hijos algo que él mismo no cumpliría:

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen” (Mateo 5:44)

Cristo nos mandó a obedecer y él mismo fue obediente, nos mandó a decir siempre la verdad y él siempre habló con verdad, nos mandó a orar y él siempre dio ejemplo de ello. Por esto mismo, Cristo nos manda a amar a los pecadores siendo él mismo el más grande ejemplo de ello. Por esto Pablo pudo expresar:

“Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que, si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió” (2 Corintios 5:14-15)

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Es interesante también que en 1 Timoteo 2:1-5, Dios nos demande orar y suplicar por todos los hombres sin excepción. La explicación que Pablo da de esto es que Dios quiere que todos sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. La pregunta a esto sería: ¿Si Dios no ama a los pecadores por qué nos manda a suplicar con intensidad por ellos? En Jesús encontramos la respuesta.

Jesús demostró constantemente amor hacia los pecadores, aun hacia aquellos que no le recibieron (Marcos 10:20-22). A Judas: Le permitió estar en la última cena y le dio a comer de su propio pan (Juan 13:26), Le besó y le llamó amigo (Mateo 26:50). A los que le contradecían, les ofrecía salvación:

“Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno; más digo esto, para que vosotros seáis salvos” (Juan 5:34).

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Lloró por la incrédula nación de Israel y se lamentó por ella. Además, manifestó un amor intenso al decir que los había buscado constantemente y sin respuesta. Llorando dijo:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37)

Defendió y curó la oreja a un soldado que lo arrestaba (Lucas 22:47-51). A los que le mataban, rogó por perdón para ellos (Lucas 23:34).

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No debemos albergar duda alguna: La Biblia asegura que la Israel pecadora es amada por Dios. Aún del Israel incrédulo, considerado enemigo del evangelio, se dice que son amados por Dios (Romanos 11:28). Estas no son las únicas evidencias bíblicas del amor de Dios, pero son suficientes para demostrar que Dios ama a todos los hombres sin excepción. Así que, ¡prediquemos el mensaje del evangelio con mucha esperanza! Toda doctrina que pretenda contradecir la clara enseñanza de la Palabra tiene que ser examinada con mucha precaución a la luz de las Escrituras, y desechada.

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REFERENCIAS:

[1] Bullinger, E.W. (1898), Figures of Speech Used in the Bible (Grand Rapids, MI: Baker), reimpresión de 1968.

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