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Calvinismo: ¿Fe reformada o retorno a viejas doctrinas católicas?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El calvinismo (a veces llamado tradición reformada, la fe reformada o teología reformada) es un sistema teológico protestante y un enfoque de la vida cristiana que pone el énfasis en la soberanía de Dios sobre todas las cosas. Esta vertiente del cristianismo protestante es así nombrada en relación al reformador religioso francés del siglo XVI Juan Calvino, quien sistematizó muchas de las más conocidas doctrinas que forman parte de la teología reformada. Si bien la tradición reformada fue desarrollada por teólogos como Martin Bucer, Heinrich Bullinger, Pietro Martire Vermigli, Ulrico Zuinglio, Teodoro de Beza y Guillaume Farel (e influyó en reformadores británicos como Thomas Cranmer y John Knox), debido a la gran influencia y al papel de Juan Calvino en los debates confesionales y eclesiásticos del siglo XVII, la tradición llegó a conocerse con el nombre de calvinismo. Hoy en día, el término designa también las doctrinas y prácticas de las Iglesias reformadas.

¿QUIÉN FUE JUAN CALVINO?

Juan Calvino (Jean Cauvin o Calvin; Noyon, Francia, 1509 – Ginebra, 1564) fue un teólogo y reformador protestante. Educado en el catolicismo, cursó estudios de teología, humanidades y derecho. Con poco más de veinte años se convirtió al protestantismo, al adoptar los puntos de vista de Lutero: negación de la autoridad de la Iglesia de Roma, importancia primordial de la Biblia y doctrina de la salvación a través de la fe y no de las obras. Tales convicciones le obligaron a abandonar París en 1534 y buscar refugio en Basilea (Suiza). 1536 fue un año decisivo en su vida: por un lado, publicó un libro en el cual sistematizaba la doctrina protestante (Las Institución de la Religión Cristiana), que alcanzaría enseguida una gran difusión; y por otro, llegó a Ginebra, en donde la creciente comunidad protestante le pidió que se quedara para ser su guía espiritual. Calvino se instaló en Ginebra, pero sus autoridades le expulsaron de la ciudad en 1538 por el excesivo rigor moral que había tratado de imponer a sus habitantes.

En 1541 los ginebrinos volvieron a llamarle y, esta vez, Calvino no se limitó a predicar y a tratar de influir en las costumbres, sino que asumió un verdadero poder político, que ejercería hasta su muerte. Aunque mantuvo formalmente las instituciones representativas tradicionales, estableció un control de hecho sobre la vida pública, basado en la asimilación de comunidad religiosa y comunidad civil. Un Consistorio de ancianos y de pastores, dotado de amplios poderes para castigar, vigilaba y reprimía las conductas para adaptarlas estrictamente a la que suponían voluntad divina: fueron prohibidos y perseguidos el adulterio, la fornicación, el juego, la bebida, el baile y las canciones obscenas; hizo obligatoria la asistencia regular a los servicios religiosos; y fue intolerante con los que consideraba herejes (como Miguel Servet, al que hizo quemar en la hoguera en 1553). El culto se simplificó, reduciéndolo a la oración y la recitación de salmos, en templos extremadamente austeros de donde habían sido eliminados los altares, santos, velas y órganos.

La lucha por imponer todas estas innovaciones se prolongó hasta 1555, con persecuciones sangrientas, destierros y ejecuciones; después, Calvino reinó como un dictador incontestado. Ginebra se convirtió así en uno de los más importantes focos protestantes de Europa, desde donde irradiaba la Reforma. El propio Calvino se esforzó hasta el final de su vida por hacer proselitismo, extendiendo su influencia religiosa, especialmente hacia Francia. Muerto Ulrico Zuinglio en 1531, Calvino se había erigido en el principal dirigente del protestantismo europeo, capaz de hacer frente a la Contrarreforma católica. El calvinismo superó pronto en influencia al luteranismo (limitado al norte de Alemania y los países escandinavos): calvinista fue el protestantismo dominante en Suiza y en Holanda, así como el de los hugonotes franceses, los presbiterianos escoceses o los puritanos ingleses (que después emigraron a Norteamérica), y otras comunidades importantes de tendencia calvinista surgieron en países como Hungría, Polonia y Alemania.

Calvino finalmente falleció a la edad de 54 años, en mayo de 1564, en brazos de Teodoro de Beza, su sucesor. Su cuerpo fue expuesto al público, pero ante la afluencia de visitantes, los reformadores temieron ser acusados de promover la veneración de santos. Por lo que es enterrado al día siguiente en una tumba anónima, en el Cementerio de los Reyes de Ginebra. Se desconoce la ubicación exacta de la tumba, pero se colocó una piedra funeraria en el siglo XIX para marcar la ubicación tradicionalmente considerada como su lugar de descanso.[1]

Juan Calvino jamás admitió opiniones contrarias a la suya. A pesar de ser considerado uno de los más grandes reformadores de la historia, Calvino tenía un lado muy oscuro. Muchos calvinistas desconocen, o ignoran voluntariamente, los hechos que cualquier historiador secular y honesto podría constatar. Intencionalmente, muchos ocultan que Calvino, habiendo dispuesto ser instalado como un líder protestante en Ginebra, Suiza, estableció una dictadura, convirtiéndose en un autócrata civil y religioso. La ciudad de Ginebra fue apodada la Roma protestante, mientras que a Calvino se le llamaba el Papa de la Reforma. Así que rompió con las verdaderas intenciones de la Reforma, y estableció una teocracia protestante. Su iglesia creía ser la depositaria de la única verdad. Calvino nunca podía considerar cualquier opinión contraria o diferente, o cualquier disidencia doctrinal o en asuntos políticos, declarando que eran un crimen contra el Estado y la Iglesia. Como tales, merecían ser castigados por la autoridad civil con la mayor severidad y crueldad.

No había límite al poder de Calvino. Ejercía su autoridad y hegemonía, y cualquier persona que persistía con enseñanzas heterodoxas tenía que morir en la hoguera. Calvino deseaba mantener en perfecto estado su teocracia. Eso significó para muchos “morir en la estaca” o perecer por el fuego. Calvino introdujo un control absoluto de la vida privada de cada ciudadano. Él instituyó una “policía espiritual” para supervisar constantemente a todos los ginebrinos. Ellos fueron sometidos a inspecciones periódicas en sus hogares por la “policía des moeurs”. Calvino logró destruir los lazos normales entre las personas y la decencia simple, induciéndolos a espiar a los demás. Su método de intimidación y terror fue perfeccionado a fin de mantener el control de todas las actividades menores.

Se opuso siempre a la fusión de las iglesias reformadas, inspiradas por él, con las de inspiración luterana, alegando irreductibles diferencias teológicas. Entre éstas destaca la doctrina de la predestinación: según Calvino, Dios ha decidido de antemano quiénes se salvarán y quiénes no, con independencia de su comportamiento en la vida; el hombre se salva si ha sido elegido para ese destino por Dios; y las buenas obras no constituyen méritos relevantes a ese respecto, sino una conducta también prevista por el Creador. Quienes han sido destinados a la salvación han sido también destinados a llevar una vida recta; curiosamente, esta doctrina produjo entre los creyentes calvinistas un efecto moralizante, caracterizándose dichas comunidades por un extremado rigor moral y una dedicación sistemática al trabajo, como Calvino prescribió. Otras peculiaridades de su doctrina, como la de admitir el préstamo con interés (en contraste con los católicos y con los luteranos) han permitido que desde Max Weber algunos historiadores vieran en la ética calvinista el «caldo de cultivo» más propicio para el desarrollo de la moderna economía capitalista.

FUENTES DE LA TEOLOGÍA CALVINISTA: ¿CALVINISMO O AGUSTINIANISMO?

Las ideas de Calvino, sin embargo, están lejos de ser originales. Juan Calvino fundamentó su teología en las enseñanzas de Agustín de Hipona, Agustín de Hipona, conocido también como san Agustín o, en latín, Aurelius Augustinus Hipponensis (Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hippo Regius, 28 de agosto de 430), un santo, padre y doctor de la Iglesia católica. Calvino fundamentó su teología en las enseñanzas de Agustín exclusivamente para ciertas doctrinas como la predestinación. Por ejemplo, como Calvino señala en su De aeterna Dei Praedestinatione (1552), él basó su doctrina de la predestinación sobre la evidencia de los libros de Agustín. Las tabulaciones hechas por estudiosos han mostrado en la Opera Omnia de Calvino, más de 3.200 referencias explícitas a los padres de la iglesia; de estas, más de 1700 son referencias de citas de Agustín. Los números aumentan cuando se toman en cuenta las veces que Calvino hace eco o alude al mismo.

No hay duda que Calvino impuso sobre la Biblia ciertas interpretaciones erróneas de origen católico romano. Muchos líderes calvinistas están de acuerdo en que los escritos de Agustín fueron la fuente real de la mayoría de lo que hoy se conoce como Calvinismo. Los calvinistas David Steele y Curtis Thomas señalan que “las doctrinas básicas de la posición calvinista habían sido fuertemente defendidas por Agustín contra Pelagio durante el quinto siglo”.[2] En su revelador libro, “El otro lado del Calvinismo”, Laurence M. Vance documenta minuciosamente que “Juan Calvino no originó las doctrinas que llevan su nombre…”.[3]

Para este mismo efecto Vance cita numerosos calvinistas. Por ejemplo, Kenneth G. Talbot y W. Gary Crampton escriben, “el sistema de doctrina que lleva el nombre de Juan Calvino en ninguna manera lo origino él…”.[4] B. B. Warfield declaró, “el sistema de doctrina enseñada por Calvino es sólo el Agustinianismo común a todo el grupo de los reformadores”.[5] Así también a Agustín se le reconocen muchos credos que salen de la reforma. Esto no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que la mayoría de los reformadores habían sido parte de la iglesia católica romana, de los cuales Agustín fue elogiado como uno sus “Santos” más grandes. Incluso John Piper reconoce que Agustín fue la mayor influencia de Calvino, quien continuó reverenciándolo a él y a sus doctrinas, incluso después de que se separaron del Catolicismo Romano.[6] C. H. Spurgeon admitió que el calvinismo “proviene principalmente de los escritos de Agustín”.[7] Alvin L. Baker escribió, “Casi no hay doctrina de Calvino que no lleve las marcas de la influencia de Agustín”.[8] Por ejemplo, el siguiente escrito hace eco a través de los escritos de Calvino: “Aun cuando los ha nombrado a ser regenerados… a quien él predestino a la vida eterna, como el más misericordioso otorgador de gracia, mientras que a aquellos a quienes él ha predestinado a la muerte eterna, también es el más justo otorgador de castigo”.[9] C. Gregg Singer dijo, “las principales características de la teología de Calvino se encuentran en los escritos de Agustín hasta tal punto que muchos teólogos consideran que el Calvinismo es el desarrollo más completo del Agustinianismo”.[10] Tales declaraciones son sorprendentes ante el hecho indiscutible de que, como señala Vance, la iglesia católica tiene un mayor derecho sobre Agustín que los mismos Calvinistas.[11] Calvino mismo dijo: “Agustín es tan integral conmigo, que si quisiera escribir una confesión de mi fe, podría hacerlo con toda plenitud y satisfacción de sus escritos”.[12]

Las enseñanzas agustinas que Calvino presentó en su Institución de la Religión Cristiana, incluyen la soberanía de Dios como la causa de todo (incluyendo el pecado), la predestinación de algunos para salvación y otros para la condenación, la elección y la reprobación, fe como un irresistible don de Dios — de hecho, todos los conceptos claves del corazón del Calvinismo. Buscamos en vano la evidencia de que alguna vez Calvino desaprobara alguna de las herejías de Agustín. El calvinista Richard A. Muller admite, “Juan Calvino fue parte de una larga línea de pensadores que fundamentaron su doctrina de la predestinación sobre la interpretación agustiniana de Pablo”.[13] En cada edición ampliada de sus escritos, las citas de Calvino dependen más y más de Agustín.

CONCLUSIÓN.

Podría presentar documentación adicional, pero esto debe ser suficiente para trazar brevemente la influencia católico-romana, a través de Agustín, en los escritos y teología de Calvino — y a través de Calvino, en los púlpitos y las casas de los protestantes en toda Europa, Inglaterra y América. No es de extrañar que aquellos que, como Arminio, se atrevieron a cuestionar el calvinismo fueron abrumados por la oposición. Por supuesto, diversos sínodos y asambleas se llevaron a cabo para formular credos aceptados para castigar a los disidentes. Pero las condiciones estaban a favor del calvinismo, y ninguna influencia fue permitida para mitigar este error. El ejemplo supremo de tales abusos fue el infame Sínodo de Dort, un sínodo nacional que tuvo lugar en Dordrecht, en Holanda en 1618-1619, por la Iglesia Reformada Holandesa, con el objetivo de regular una seria controversia en las Iglesias Holandesas iniciada por el ascenso del arminianismo. La primera reunión del sínodo fue el 13 de noviembre de 1618 y la última, la 154ª fue el 9 de mayo de 1619. Fueron también invitados representantes con derecho de voto venidos de 8 países extranjeros. El sínodo decidió el rechazo de las ideas arminianas, estableciendo la doctrina reformada en cinco puntos: depravación total o corrupción radical, elección incondicional, expiación limitada, vocación eficaz (o gracia irresistible) y perseverancia de los santos. Estas doctrinas, descritas en el documento final llamado Cánones de Dort, son también conocidas como los Cinco puntos del calvinismo. Tras este sínodo, Johan van Oldenbarnevelt y otros dirigentes principales del arminianismo fueron ejecutados, mientras que otros muchos, entre los que se encontraban Hugo Grocio y Simón Episcopius, tuvieron que exiliarse. El calvinismo había mostrado por fin su verdadera cara: Intolerancia y retorno a las viejas doctrinas de Roma.

REFERENCIAS:

[1] Stepanek, Sally; John Calvin, Chelsea House Publishers, 1987.

[2] David N. Steele and Curtis C. Thomas, the Five points of Calvinism; Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1963, 19.

[3] Laurence M. Vance, the Other Side of Calvinism; Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed., 1999, 37.

[4] Kenneth G. Talbot and W. Gary Crampton, Calvinism, Hyper-Calvinism and Arminianism, Edmonton, AB: Still Water Revival Books, 1990, 78.

[5] Benjamin B. Warfield, Calvin and Augustine, ed. Samuel G. Craig; Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1956, 22.

[6] John Piper, the legacy of Sovereign Joy: God’s triumphant Grace in the lives of Augustine, Luther, and Calvin; Wheaton, IL: Crossway Books, 2000, 24-25.

[7] Charles Haddon Spurgeon, ed., Exposition of the Doctrine of Grace, Pasadena, CA: Pilgrim Publications, n. d., 298.

[8] Alvin L. Baker, Berkouwer’s Doctrine of Election: Balance or imbalance?; Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1981, 25.

[9] St. Augustine, A treatment On the Soul and its Origins, Book IV, 16.

[10] C. Gregg Singer, John Calvin: His Roots and Fruits; Abingdon Press, 1989, vii.

[11] Vance, Other Side, 40.

[12] John Calvin, “A Treatise on the Eternal Predestination of God,” in John Calvin, Calvin’s Calvinism, trans. Henry Cole; Grandville, MI: Reformed Free Publishing Association, 1987, 38; cited in Vance, Other Side, 38.

[13] Richard A. Muller, Christ and the Decree; Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988, 22.

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