Navidad

Los Pentecostales y la Navidad.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Se acerca la Navidad y con ella los mensajes, sermones y publicaciones de cristianos que sostienen que celebrarla es antibíblico y anticristiano. Año con año leemos y escuchamos afirmaciones de personas convencidas, y que buscan convencer a otros, acerca de que la Navidad es una fiesta pagana. Dependiendo de su credo, su origen cultural y sus emociones, la Navidad será vista de forma positiva o negativa. Los pentecostales no somos ajenos a estas discusiones. De hecho, estamos en el centro de este interminable e inútil debate sobre la Navidad.

De todos es bien sabido que algunas iglesias evangélicas, mayormente pentecostales, tienden a creer que la Navidad es una fiesta pagana o un invento de la Iglesia Católica. Esto ha llevado a muchas de estas iglesias a dejar de celebrarla o incluso a oponerse de forma agresiva a su celebración. Sin embargo, la Navidad no es una fiesta pagana, sino el acontecimiento más importante para la Cristiandad y para la Humanidad entera.

 

LA NAVIDAD: ANTES Y DESPÚES DE ROMA.

El nacimiento de Cristo era celebrado por las iglesias primitivas orientales, antes que por la de Roma. No existe evidencia alguna de la fecha de nacimiento de Cristo, pero antes del siglo IV, el 6 de enero, en Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla, Armenia y otras regiones, las iglesias orientales, celebraban la Epifanía: ‘Hagia Phota’, ‘La Santa Luz’, Dios manifestado al Mundo, es decir, la Navidad o nacimiento de Cristo, su presentación en el templo y la visita de los ‘magos’.

La iglesia de Roma comenzó a celebrar el nacimiento de Cristo a principios del siglo IV, mucho después que las iglesias orientales, estando ya cristianizado el Imperio por Constantino. La fecha de la Navidad, sin embargo, fue transferida del 6 de enero al 25 de diciembre. El cambio de fecha obedecía en parte al cambio de calendario: En el año 46 a.C., el Emperador Julio César cambió el calendario romano por el juliano. Más adelante, en el siglo VI, el calendario juliano fue cambiado o corregido por el papa Gregorio III. En el calendario juliano, durante el siglo IV, la Encarnación de Cristo (el día en que Jesús fue concebido en el vientre de María) se suponía el 7 de abril, por lo que el alumbramiento, 9 meses después, se suponía el 6 de enero. De ahí la celebración de la Epifanía el 6 de enero por las iglesias orientales. En el calendario gregoriano, a la encarnación del Señor y la anunciación del ángel a María se le asignó la fecha del 25 de marzo, quedando el 25 de diciembre como la fecha supuesta del nacimiento de Cristo y, de esta manera, justificando la celebración del nacimiento del Salvador el 25 de diciembre, fecha cercana a la festividad dedicada, originalmente, a honrar el nacimiento de una deidad pagana, el Invencible Dios Sol (Deus Sol Invictus), título religioso aplicado al menos a tres divinidades distintas durante el imperio romano: El-Gabal (Elagabal o Elagabalus, una antigua deidad siria, cuyo culto llegó a Roma durante el reinado del emperador Heliogábalo, a principios del s. III d.C.), Mitra (dios persa del sol) y Helios (la personificación del sol en la cultura griega). En dicha fiesta se hacían ofrendas al sol y a otras divinidades paganas que lo representaban.

La Iglesia de Roma conservó la celebración de la Epifanía el 6 de enero, pero solamente como la visitación y adoración a Jesús, de los ‘magos’. Probablemente, para atraer a los paganos y así transformar sus fiestas en la celebración cristiana del nacimiento de Cristo, la iglesia de Roma escogió el solsticio de invierno, época en que, además de la fiesta en honor al sol, había otros importantes ‘carnavales’ romanos: las Saturnales, en honor a Saturno, dios de la agricultura, y las Calendas, banquetes en honor a los muertos, incluidas las parcas, tres diosas que personificaban el destino y que manejaban el hilo de la vida y de la muerte. Estos festivales eran bacanales y orgías desenfrenadas. Las saturnales se celebraban del 17 al 23 de diciembre, a la luz de velas y antorchas.

Las iglesias orientales desaprobaron el cambio hecho por la de Roma y la tacharon de idólatra y pagana, que fue realmente en lo que se transformó esta iglesia, ya que, en vez de cambiar la mentalidad y costumbres paganas de los romanos y conducirlos a Cristo, llevó la idolatría y el paganismo a la iglesia, lo cual perdura hasta el día de hoy, al igual que su conocido sincretismo. La Navidad fue recogiendo símbolos de todas partes del mundo: el árbol, de Alemania, que se dice reemplaza los robles de Odín (mitología nórdica, vikinga); las guirnaldas de las saturnales romanas; el muérdago de los druidas; el acebo de los sajones; elementos que aún perduran en los belenes españoles y en las posadas y pesebres de países hispanos, además de luces, regalos y adornos de todo tipo, para realzar la celebración.

 

LA NAVIDAD EN EL MUNDO PROTESTANTE.

La Reforma Protestante trajo consigo una diversidad de opiniones acerca de la Navidad. De hecho, los tres principales reformadores protestantes (Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino) tenían perspectivas diferentes en cuanto a la celebración de la Navidad que siguen con nosotros hasta el día de hoy.

A Lutero, el más fogoso y carismático de los reformadores, le encantó celebrar la Navidad y predicó muchas veces sobre el nacimiento de Cristo cuando se acercaba el 25 de diciembre. Puesto que Lutero se aferró al principio normativo en la adoración, esto es, que se acepta todo lo que la Escritura no prohíbe, el alemán se sintió enteramente justificado a la hora de celebrar la encarnación de manera especial una vez al año. Lejos de gastar su tiempo en discusiones estériles sobre la fecha o el origen de la Navidad, Lutero aprovechó las fechas especiales para dar a conocer las buenas nuevas del Evangelio. De hecho, en su famoso sermón ‘Un niño nos es nacido’ (predicado el día 26 de diciembre, 1531) Lutero hizo hincapié en la perfecta justicia de Cristo, la cual nos salva a través de la sola fe en su Evangelio. Este, para Lutero, era el verdadero mensaje de la Navidad.

Martín Lutero jugó también un papel importante en la instauración de otra tradición navideña: El árbol de navidad. Aunque el primer árbol de Navidad en la historia moderna fue erigido en una plaza pública en la ciudad de Tallin (Estonia) en 1441 y Riga (Letonia) en 1510, la tradición del árbol de Navidad dentro del protestantismo data del Siglo XVI, cuando Martín Lutero decoró con luces por primera vez un árbol dentro de su hogar.

Pero no todos los reformadores pensaron como Lutero. Al otro lado del espectro evangélico estuvo Ulrico Zuinglio. Sin lugar a duda Zuinglio era el más radical de los tres reformadores magistrales; no obstante, los protestantes más radicales (los anabaptistas) acabaron apartándose del reformador de Zúrich por dos razones: Zuinglio seguía bautizando a los niños y no creyó que la Iglesia tuviese que ser independiente del Estado. Zuinglio rechazó todos los días festivos eclesiásticos en Zúrich (Van Dellen, Idzerd y Monsma, Martin, The Church Order Commentary; Grand Rapids: Zondervan, 1941, p. 273. Citado en Williams, G.I., ¿Is Christmas Scriptural?).

Dado que Zuinglio creyó en el principio regulativo de la adoración, a saber, la idea de que las iglesias deben hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que hagan, se opuso a cualquier celebración que no fuese explícitamente mencionada en el texto bíblico. Fue esa misma convicción tocante al principio regulativo la que llevó a los presbiterianos escoceses y a los puritanos ingleses a rehusar celebrar la Navidad. De hecho, mientras el protestante Oliver Cromwell sirvió como Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda entre 1653-58, llegó a prohibir la Navidad a nivel nacional.

Juan Calvino asumió una posición intermedia. Aunque Calvino aceptase el principio regulativo de Zuinglio y no el principio normativo de Lutero, creía que cada congregación local podía determinar cómo mejor celebrar (o no celebrar) la Navidad. A pesar de que algunos aseveren que Calvino se opuso a la Navidad, el reformador escribió dos cartas específicas (enero 1551 y marzo 1555) para aclarar su postura al respecto. En la carta de enero 1551, explica que las autoridades de Ginebra ya habían abolido la celebración de los días festivos antes de que él llegara a la ciudad. Y dice en términos explícitos que él mismo –a nivel personal- sí celebró “el nacimiento de Cristo”. En la segunda carta, Calvino se opone a aquéllos que critican a ciertas iglesias que deciden conmemorar fechas especiales. Según el francés, estas cuestiones son “asuntos de indiferencia”. Cada iglesia puede tomar la decisión que sea después de haber meditado sobre el tema. En otras palabras, una iglesia tiene libertad en Cristo para celebrar la Navidad o para no celebrarla. Pero no tiene porqué meterse con otras congregaciones que hacen lo contrario (Selected Works of John Calvin, Tracts and Letters’ (Henry Beveridge and Jules Bonnet, ed.), Vol. 6, Letters, Part 3, 1554-1558, pp. pp. 162-169).

Estas tres corrientes siguen con el pueblo evangélico hasta el día de hoy. Así que no hay ninguna postura rotundamente evangélica en cuanto a la Navidad. La postura de Calvino, sin embargo, parece la más madura, sensata y pastoral y la más afín a las palabras del apóstol Pablo: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace” (Romanos 14:5-6).

 

VERDADES Y MITOS SOBRE LA NAVIDAD.

La polémica de si los cristianos deben celebrar la Navidad, o no, ha estado en discusión por siglos. Hay cristianos dedicados y sinceros en ambos lados del dilema, cada uno con múltiples razones del porque o por qué no se debe celebrar la Navidad en los hogares cristianos. Analicemos bíblicamente las razones por las que algunos cristianos no celebran la Navidad.

 

Razón # 1:

Las tradiciones que rodean esta festividad tienen su origen en el paganismo.

 Una razón contra la celebración de la Navidad es que las tradiciones que rodean esta festividad tienen su origen en el paganismo. La búsqueda de la información sobre este tema es difícil porque los orígenes de muchas de nuestras tradiciones son tan oscuros que sus fuentes de información a menudo se contradicen entre ellas. Campanas, velas, muérdago y otras decoraciones se mencionan en la historia del culto pagano, pero el uso de estas en el hogar ciertamente no indica retornar al paganismo.

Es innegable confesar que antes de la conversión de Constantino al cristianismo en el siglo IV los romanos pasaban una semana adorando a Saturno de manera inmoral durante el festival de Saturnalia (que comenzaba el 17 de diciembre). La celebración era seguida por el culto al “Sol Invicto” para así coincidir (más o menos) con el solsticio de invierno el 25 de diciembre. Pero cuando al cristianismo se le dio una nueva esfera de influencia en el Imperio Romano gracias a Constantino, la Iglesia trató de distanciarse de cualquier clase de paganismo. Esta fue la razón por la cual los cristianos decidieron adorar al Sol de justicia (esto es, Jesucristo) en lugar de al Sol Invicto (Malaquías 4:2). La celebración de la bondad de Dios al enviar a Jesús a la tierra marcó a los creyentes como un pueblo santo, quienes se diferenciaron de la tradición pagana. Por lo tanto, cualquier reclamo contemporáneo que proponga que la conmemoración de la Iglesia de la encarnación se originó en el paganismo es totalmente falso. De hecho, la razón por la que la Iglesia decidió adorar a Jesús por su nacimiento el 25 de diciembre era precisamente para alejarse del paganismo. Si los paganos optan por adorar a sus falsos dioses en el día de Navidad, pueden hacerlo. Pero los cristianos siempre se han negado a inclinarse ante el sol. Ellos adoran al Dios Uno y Trino el 25 de diciembre para recordar la obra de la salvación eterna. En resumen, el día de Navidad, como lo celebraban los cristianos, no tiene nada que ver con el paganismo. Es un día libre de paganismo en el corazón de los verdaderos hijos de Dios. No hay ninguna base para la objeción histórica a la celebración de la Navidad.

Mientras que hay definitivamente raíces paganas en algunas tradiciones, hay muchas más asociadas con el verdadero significado de la Navidad – el nacimiento del Salvador del mundo en Belén. Campanas que tañen para anunciar las buenas nuevas, velas que se encienden para recordarnos que Cristo es la Luz del Mundo (Juan 1:4-9), una estrella que se coloca en la punta del árbol para conmemorar la estrella de Belén y regalos que se intercambian para recordarnos los obsequios de los reyes magos a Jesús, el más grande regalo de Dios a la humanidad.

Hay una falla más en este argumento. Si de evitar aquello cuyo origen es pagano se trata, todos los cristianos estarían pecando en mayor o menor grado. Es más, tendrían de abandonar por completo la sociedad como la conocen. Por ejemplo:

 

  • Deberíamos cambiarle nombre a los días de la semana, ya que evocan la adoración de dioses paganos. El día que en español llamamos domingo era originalmente llamado “dies Solis” por los romanos, y aún hoy es nombrado Sunday (día del Sol) en inglés, recordándonos la dedicación de dicho día al sol. Con la llegada del cristianismo, el antiguo día del sol fue renombrado a “die Domini”, día del Señor, santificando un día pagano y dándole un nuevo significado cristiano (justamente lo mismo que se hizo con la Navidad. No obstante, pocos pensarían en satanizar actualmente el domingo debido a su origen pagano, ya que se ha convertido en el principal día de adoración de la cristiandad en general. Lo mismo podemos decir de los otros días: Lunes (Llamado dies Lunae -día de la Luna- por los romanos, ya que honraba a la diosa Selene); Martes (Dies Martis, dedicado a Marte, el dios de la Guerra); Miércoles (Dies Mercurii, dedicado a Mercurio, el dios mensajero. Era muy normal que en este día se anunciaran decisiones y problemas a la familia); Jueves (Este día era conocido por los romanos como dies Jovis y representaba al dios Júpiter o Zeus); Viernes (dies Veneris, dedicado a la diosa del amor Venus); Sábado (Dies Saturni, día en honor al dios Saturno -Cronos para los griegos).

 

  • Algunos meses del año necesitarían ser renombrados:
  1. Enero – IANVARIVS: Toma su nombre del dios bicéfalo Janus. Este era el Dios de las puertas, portones, principios y finales -razón por la cual se lo ve representado en tantas puertas-. Como Enero es el mes que abre el año se honró a dicho Dios nombrando al mes que abre el año.
  2. Febrero – FEBRVUARIVS: Proviene de la palabra en Latín “Februare”, la cual nace de Februo, que significa “limpiarse”. Este mes fue nombrado de esta manera ya que en Febrero los romanos realizaban ciertos ritos religiosos, dedicados a Plutón, que tenían una finalidad de conseguir pureza.
  • Marzo – MARTIVS: Marzo era el primer mes del Calendario Romano antiguo y era nombrado en honor a Marte el dios de la Guerra. Esto era porque en este mes se planeaban todas las campañas militares que tendrían lugar tras el transcurso del año.
  1. Abril – APRILIS: Proviene de “aperio”, que significa abrir. Se dio este nombre a dicho mes ya que en Abril es cuando las plantas comienzan a florecer -ubicándonos en la geografía de Italia. Sin embargo, un gran número de estudiosos señala que también puede estar tomado de los griegos que lo dedicaban a la diosa Afrodita.
  2. Mayo – MAIVS: Proviene de la diosa Maia, una de las diosas más ancianas de Roma que también era la diosa de la primavera. Los sacrificios a Maia, madre, Tierra, se ofrecían el primero de Mayo.
  3. Junio – IVNONIVS: Nombrado en honor a la Diosa Juno, Diosa del matrimonio y una de las más poderosas figuras del Olimpo.

 

  • La celebración de cumpleaños debería ser prohibida: Las varias costumbres que la gente observa hoy día al celebrar sus cumpleaños se remontan a mucho tiempo atrás en la historia. Nacen dentro del dominio de la magia, la astrología y la superstición. En la antigüedad, las costumbres de felicitar, dar regalos y hacer una fiesta con las velas encendidas que la completan, tenían el propósito de proteger de los demonios al que celebraba su cumpleaños, y de garantizar su seguridad durante el año entrante. La costumbre de rodear la tarta o pastel con velas viene de la antigüedad. El círculo de velas formaba parte de un ritual que protegía al homenajeado de los malos espíritus durante un año.

 

  • El día de las madres debería ser abolido: esta festividad tiene también un origen pagano. Los romanos llamaron a esta celebración Hilaria cuando la adquirieron de los griegos. Se celebraba el 15 de marzo en el templo de Cibeles o templo de Magna Mater, el cual fue un templo del monte Palatino en Roma dedicado a Cibeles, una diosa frigia, identificada como la personificación de la fértil tierra, una diosa de las cavernas y las montañas, murallas y fortalezas, de la naturaleza y los animales (especialmente leones y abejas). En la mitología griega, era conocida como Rea, la madre de los dioses. Durante tres días se realizaban ofrendas y dádivas en honor a la diosa madre. Los católicos transformaron estas celebraciones para honrar a la Virgen María.

 

Entonces, ¿Eres un pagano si celebras la Navidad, o cualquiera de las fiestas arriba mencionadas? Sí y no. La respuesta depende de lo que adores durante la temporada festiva. Si tus deidades son el dinero, la autoindulgencia y el materialismo, entonces puedes etiquetarte como un pagano de pura cepa. Pero si tu deseo en Navidad es adorar al Dios Trino y darle gracias a Jesús por venir a la tierra, entonces no hay nada pagano en ti.

La Navidad es una fiesta cristiana si los celebrantes son cristianos y hacen de la encarnación de Cristo el centro del festejo. Para esto pueden valerse de símbolos diversos que apuntan hacia la centralidad del Verbo encarnado.

 

Razón # 2:

La Biblia prohíbe traer árboles a nuestros hogares para decorarlos.

 Otro argumento contra la Navidad, y especialmente en contra del árbol de navidad, es que la Biblia prohíbe traer árboles a nuestros hogares para decorarlos. ¿Es esto cierto? El pasaje más citado es el de Jeremías 10:1-16, pero este pasaje se refiere a cortar árboles, cincelar la madera para hacer un ídolo y después decorarlo con plata y oro con el propósito de inclinarse ante él y adorarlo (Isaías 44:9-18). El pasaje en Jeremías no puede tomarse fuera de contexto y aplicarse como legítimo argumento contra los árboles de Navidad. Simplemente no es correcto torcer la Escritura de esa manera para justificar nuestra preferencia.

 

Razón # 3:

Los judíos, el pueblo de la Biblia jamás tuvieron la costumbre de adornar árboles. Esa era una costumbre ajena al judaísmo, la religión madre del cristianismo. Lo no judío debe ser descartado pues ninguna costumbre de los pueblos gentiles puede ser incorporada en la adoración al Dios de Israel.

 Muchos, más judaizantes que cristianos, descartan la costumbre de colocar el árbol de Navidad, y con ello la Navidad misma, por no haber sido nunca parte de las tradiciones o religión judías de las cuales se derivó el cristianismo. Tal razonamiento concluye que, si no fue una costumbre de los pueblos de la Biblia, no es digna de ser considerada o cristianizada. Suelen enfatizar que la adoración de árboles es parte del paganismo, no de la religión bíblica. ¿Es esto cierto?

Cuando los primeros cristianos llegaron al norte de Europa, descubrieron que sus habitantes celebraban el nacimiento de Frey, dios del Sol y la fertilidad, adornando un árbol de fresno perenne, en la fecha próxima a la Navidad cristiana. Este árbol simbolizaba al árbol del Universo, llamado Yggdrasil, en cuya copa se hallaba Asgard (la morada de los dioses) y el Valhalla (el palacio de Odín); y en las raíces más profundas estaba Helheim (el reino de los muertos). Posteriormente con la evangelización de esos pueblos, los conversos​ tomaron la idea del árbol, para celebrar el nacimiento de Cristo, pero cambiándole totalmente el significado. Se dice que Bonifacio (680-754 E.C.), evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó un árbol que representaba al Yggdrasil (aunque también pudo ser un árbol consagrado a Thor), y en su lugar plantó un pino, que, por ser perenne, simbolizó el amor de Dios, adornándolo con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo como luz del mundo. Conforme pasó el tiempo, las manzanas y las velas, se transformaron en esferas, luces y otros adornos.

¿Es suficiente motivo el origen germánico de esta tradición para satanizar el árbol de navidad? No lo creo. El Señor Jesús no vino a fundar una religión, ni siquiera a confirmar al judaísmo, él vino a trascender fronteras culturales, económicas, raciales y políticas, pues su mensaje alcanza a todos los hombres. Aunque su advenimiento se produce en el marco de una cultura, pues vino como hombre, su misión tiene un carácter escatológico, es decir, su encarnación es la intervención directa de Dios en la historia, lo que indudablemente deberá tener notoriedad universal de alguna forma.

El nacimiento de Jesús no fue un hecho común y corriente, como tampoco puede serlo la Navidad, que no es otra cosa que la celebración de su advenimiento. Aunque Jesús nació en la más humilde condición, en torno a él se dan hechos que testifican de su universalidad, su grandeza y deidad. Voces de júbilo y gloria irrumpieron en el cielo, y en la tierra se proclamó paz y buena voluntad para con los hombres. Al lugar llegaron los Magos de Oriente guiados por la Estrella para rendir tributo y saludar con beneplácito el nacimiento de Jesús. (Mateo 2:1-12). Los sabios más grandes de la época se inclinaron para honrar al niño. El gesto de estos magos viene a sugerir que Jesús tiene señorío sobre todo conocimiento, cultura o religión. Él era el misterio de Dios que había estado oculto por las edades y que fue revelado como la esperanza de gloria. (Colosenses 1:26-27). El nacimiento de Jesús no fue anunciado en el templo, no se quemó incienso en los altares ni se celebraron ceremonias oficiales para la ocasión. Quienes más cerca estuvieron de él fueron los Magos. Ellos no pertenecían ni a la religión ni a la cultura judía. Hoy diríamos que se trataba de gentes paganas, lo que evidencia que el Señor es también Señor de los paganos, de lo sagrado y de lo secular. Por desconocer esta dimensión de Cristo, es que el arbolito de Navidad, elemento decorativo alusivo al nacimiento de Cristo, está siendo talado por algunos cristianos que buscan lograr su extinción definitiva bajo el alegato de que es de origen pagano.

El concepto de pagano no puede ser aplicado a todos aquellos elementos que no surgieron dentro de la cultura judía. Solo es aplicable con propiedad a aquellas manifestaciones culturales, cuya esencia riñe con lo que Dios establece en su Palabra. Paganas son prácticas que en esencia y principio se oponen a los que Dios establece: La idolatría, los sacrificios humanos, la promiscuidad sexual, la hechicería y otros asuntos semejantes constituyen prácticas paganas, pero todas las culturas poseen elementos redimibles que pueden utilizarse para honra y gloria de Dios.

Es muy significativo que las fiestas navideñas tengan el colorido que tienen. Que las casas se pinten con nuevos colores y se decoren con arbolitos y campanas, que las calles se iluminen con luces multicolores, que se canten villancicos por los campos y ciudades; en fin, que la fiesta al más Grande sea la más grande. Lo que no se entiende es por qué muchos cristianos están empeñados en despojar a la Navidad de los símbolos que evocan su contenido. Da la impresión de que si muchos cristianos pudieran suspender la celebración de estas fiestas lo harían sin mayor vacilación. Nuestra posición no debería ser la de oponernos a la Navidad, sino llenarla de sentido, reorientarla y enfatizar en actitud festiva su verdadera sustancia y razón. Algunos cristianos suspiran por un Cristo fuera de la cultura, un Cristo religioso y sectario, excluido de todo ruido y algarabía mundana. Parecen desear un Cristo sin fama y sin fiesta. Por fortuna y para gozo y satisfacción de muchos cristianos, Jesús es el hombre más conocido de la tierra, el más celebrado y adorado, el más influyente y quizás también el más detractado y ofendido. Los cristianos estamos llamados a proclamar su obra y propósito, a sustanciar con su amor y espíritu todas las esferas, no a “defenderlo” de las expresiones culturales que reconocen su grandeza, como es el caso del hoy anatemizado arbolito de Navidad, un símbolo de la naturaleza y de la vida, que una cultura ha puesto a los pies de Cristo para reconocerle y que todo Occidente ha asimilado como un icono que celebra su nacimiento.

El origen del árbol de Navidad, con su carácter decorativo y festivo, suele ser trazado por sus opositores a los cultos paganos de Alemania con el objetivo de desacreditar su uso. Quienes esto hacen no han logrado descubrir que el oro, el incienso y la mirra que llevaron los magos al pesebre, y que el evangelista Mateo destaca como un homenaje al Dios Encarnado, también es de origen “pagano” y que quien esculpió las figuras que adornan el templo de Salomón se formó en las artes escultóricas de Tiro, cuyo origen no era judío (1 Reyes 7:1). La Biblia dice que cuando Cristo se establezca en la tierra vendrán los reyes de todas las latitudes del planeta para honrar con sus diversas expresiones culturales al Rey de Reyes y Señor de Señores (Isaías 2:2).  El árbol de Navidad no necesita ser de origen judío, ni ser mencionado en la Biblia para ser considerado como una expresión cultural válida y legítima de celebración.

 

Razón # 4:

La Biblia no proporciona la fecha del nacimiento de Cristo.

 Los cristianos que prefieren ignorar la Navidad indican el hecho de que la Biblia no proporciona la fecha del nacimiento de Cristo, lo cual es cierto. El 25 de diciembre puede no estar ni siquiera aproximado a la fecha en que nació Jesús. Es más, hay sobrados motivos para pensar que el nacimiento de nuestro Señor no ocurrió en esta fecha. No tenemos ninguna información acerca de que los primeros cristianos celebrasen la Navidad, en los tres primeros siglos de la iglesia; menos, que el día de nacimiento fuese en el mes de diciembre, cuando es invierno en esa región.

La costumbre pastoril en época de primavera y verano en la antigua Palestina era la de hacer pastar a los rebaños en corrales de campo con pasturas en las noches de temperatura templada o suave. En esos días no guardaban a sus ovejas en el establo que usaban en otoño, invierno y días inclementes. Porque estaban afuera, cuidando el rebaño de los lobos, los pastores vieron a los ángeles cantando la buena noticia de que un Salvador había nacido en la ciudad de David. Por lo tanto, puede inferirse que sólo podría haber ocurrido hasta alrededor del 21 de septiembre, que es cuando comienza el otoño en esa región.

¿Por qué, entonces, diciembre? La información de una fiesta próxima a la Navidad es el solsticio de invierno, el cual ocurre entre el 21 y el 22 de diciembre de cada año en el hemisferio norte. Dicha festividad recibía el nombre de “Sol Invictus”, un culto al sol proveniente de la antigua Babilonia. Es bien sabido que el típico sincretismo del Imperio Romano los llevaba a incorporar rituales de las culturas propias de los países que dominaban. Ese día era propicio para sus orgías, en las que el sentido común y la razón eran adormecidos. También es sabido que al emperador romano se lo llamaba “Sol” y que así se le veneraba. Más adelante, por decreto imperial se obligó a los ciudadanos a adoptar la fe de los cristianos, a quienes antes el emperador perseguía y masacraba por millares. Posteriormente, se hizo coincidir la festividad del “Sol Invictus” con el día (cierto, pero no conocido) del nacimiento del Hijo de Dios; pero moviendo la festividad una semana adelante como gesto de buena voluntad hacia el Papa, quien trasladó a ese día (25 de diciembre) la Epifanía del 6 de enero. Así pues, la Navidad comenzó a celebrarse el 25 de diciembre a partir del siglo IV. Tal cambio pretendía resaltar la prevalencia de Cristo sobre el sol: Cristo es el verdadero sol invicto (Malaquías 4:2).

A pesar de la adopción, en el siglo IV, del 25 de diciembre como fecha oficial para recordar el nacimiento de Cristo, cabe destacar que dicha festividad ya era celebrada antes del siglo IV aunque en otra fecha diferente (el 6 de enero) por las iglesias cristianas orientales de Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla, Armenia y otras regiones, las cuales denominaban a esta fecha ‘Hagia Phota’ o ‘La Santa Luz’, es decir, la Navidad.

Es innegable que el día exacto del nacimiento de nuestro Señor no ha quedado taxativamente registrado en la Biblia; tampoco en la historia secular. Simplemente la Biblia no nos dice cuando nació Cristo. Algunos ven en ello la prueba de que Dios no desea que celebremos Su nacimiento, mientras que otros ven en esta omisión de la Biblia una tácita aprobación.

Lo cierto es que la omisión bíblica de la fecha exacta del nacimiento de Jesús no es motivo suficiente para “satanizar” la Navidad. Lo importante, en realidad, no es conocer la fecha exacta del nacimiento de Cristo. Tampoco es importante lo que los romanos, griegos o babilonios hacían milenios atrás en la misma fecha. Lo que importa es anunciar y celebrar que Dios se hizo Hombre para salvar al mundo. Importa anunciar y celebrar que Dios envió a su Hijo al mundo, para que todo aquél que en Él crea tenga vida eterna.

Pablo nos enseñó que las fechas exactas y la observancia o no de días sagrados es irrelevante en el Evangelio. Es Cristo y reconocerlo a Él en todo como Señor lo que verdaderamente importa:

“Por tanto, que nadie los critique a ustedes por lo que comen o beben, o por cuestiones tales como días de fiesta, lunas nuevas o sábados. Todo esto no es más que la sombra de lo que ha de venir, pero la verdadera realidad es Cristo. No dejen que los condenen esos que se hacen pasar por muy humildes…” (Colosenses 2:16-18, DHH).

“Hay quien considera que un día tiene más importancia que otro, pero hay quien considera iguales todos los días. Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones. El que le da importancia especial a cierto día, lo hace para el Señor. El que come de todo, come para el Señor, y lo demuestra dándole gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y también da gracias a Dios… Tú, entonces, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú, ¿por qué lo menosprecias?” (Romanos 14:5-7, 10).

 

Razón # 5: Puesto que el mundo celebra la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo.

Algunos cristianos piensan que, puesto que el mundo celebra la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo. Pero este mismo es el argumento usado por falsas religiones que niegan totalmente a Cristo, al igual que ciertos cultos como los Testigos de Jehová, quienes niegan Su deidad.

La lógica misma se impone ante este argumento. No todo lo que haga un inconverso es malo por el simple hecho de no ser cristiano. Por ejemplo: El hecho de que los paganos usen el dinero no significa que los cristianos deban dejar de usar el dinero. Y sólo porque los paganos lean libros, eso no significa que los cristianos deban dejar de leer libros. De la misma manera, sólo porque algunos falsos adoradores glorificaron a sus dioses (hace siglos ya) en un día que coincide con nuestra celebración de Navidad, eso no significa que los cristianos deban dejar de adorar a Jesús en tal fecha. Aquellos cristianos que sí celebran la Navidad tienden a ver en ello, la oportunidad para proclamar a Cristo como “la razón de la celebración” entre las naciones y para aquellos cautivos en falsas religiones.

Si aquellos que usan este argumento desean ser consistentes, deberían hacer un cambio cultural extremo. No sólo abstenerse de celebrar la Navidad, sino también dejar de celebrar otras festividades o practicar costumbres y hábitos nacidos fuera de la comunidad cristiana.

Además, tampoco podrían hacer cosas tan sencillas como ver Tv, estudiar en la universidad, usar ropa de marca, salir de paseo, ir a la playa, comer ciertas cosas, etc., ya que el mundo también lo hace. ¿Hasta qué punto serían capaces de llegar?

 

Razón # 6: Puesto que la Biblia no nos ordena celebrar la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo, ya que no es bíblico.

 Tal premisa es reduccionista y rudimentaria. Primero habría que dilucidar qué comprenden por bíblico. Porque si a su lógica nos atenemos tampoco Jesús mandó realizar actividades que estoy seguro los adversarios evangélicos de la Navidad sí realizan: viajar en avión, usar calcetines, comunicarse por teléfonos celulares, usar las redes sociales para difundir mensajes, acompañar los cantos con instrumentos que no se describen en el Nuevo Testamento y un largo etcétera. Considero un desatino afirmar que exclusivamente los seguidores y seguidoras de Jesús tenemos permitido hacer lo expresamente ordenado por Jesús. El Evangelio no es un manual en el que estén normadas todas y cada una de las acciones que debemos llevar a cabo. Lo que sí está claro es el espíritu de amor, servicio y compasión que debiera caracterizar nuestras conductas cotidianas, que ellas reflejen el Espíritu de Cristo en lugar de andar de fiscales de conductas de los demás.

Quienes argumentan que no debemos celebrar la Navidad, ya que la Biblia no manda su celebración ignoran felizmente que, en el evangelio de Juan, vemos a Jesucristo mismo celebrando una fiesta que no era mandada en las Escrituras. Leemos lo siguiente: “En esos días se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús andaba por el templo, en el pórtico de Salomón” (Juan 10:22-23). ¿Qué hacía Jesús en el templo? Celebrando, por supuesto. Se celebraba la fiesta de la dedicación, la cual no estaba autorizada por las Escrituras Hebreas; era una institución relativamente reciente. Esta fiesta se había este intuido en el periodo entre los dos testamentos, para marcar la re-dedicación del templo después de ser profanado por Antíoco Epifanes en el 164 a.C. (New Bible Commentary: 21st Century Edition (ed. D. A Carson et al.; Downers Grove: InterVarsity Press, 1994), 1047).

La fiesta de la dedicación era celebrada por los judíos ya que era algo digno de celebrarse. Jesucristo, siendo judío, la celebró. Nosotros no somos judíos, así que no tenemos por qué celebrar esta fiesta (además, el Nuevo Testamento es claro en el libro de Hebreos que toda celebración del Templo, con sus rituales y fiestas, se han cumplido por y en Jesucristo). Sin embargo, encontramos este principio: que la Biblia admite (por el ejemplo de Jesucristo mismo) el derecho a celebrar algo digno de celebrarse. La pregunta correcta sería: ¿Es la encarnación y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo algo digno de ser celebrado? Definitivamente sí.

Por otro lado, la objeción de que no debemos celebrar la navidad porque la Biblia no lo manda explícitamente es más teológica que histórica. Preguntémonos; ¿Dios, realmente, nos ordena adorarle por la encarnación? Sí y no. No hay ningún mandamiento bíblico específico que diga: “Adorarás al Señor tu Dios por la encarnación”, pero la Biblia sí hace resaltar una y otra vez que debemos agradecer a Dios por todo (encarnación incluida). Si leemos el relato de la Navidad registrado en los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas, notaremos algo sorprendente: Mucha gente alaba a Dios por la Encarnación. He aquí una breve lista de las personas que la Biblia menciona: los sabios de Oriente, María, los pastores, los ángeles, Elizabeth, Zacarías y el anciano hermano Simeón. Sólo Dios sabe cuánta gente lo alabó por el nacimiento de Jesús y en ninguna parte de la Biblia dice que Dios les reprendió por hacerlo. Es algo espiritual alabar a Dios y si la Navidad nos motiva a agradecer a Dios por su desbordante gracia y bondad, entonces, ¡hagámoslo de todas las maneras posibles! Dios no puede ser ofendido por tal adoración. Así que no. No es pecado agradecer a Dios por la encarnación, aunque en ningún lugar se nos ordene. Pablo mismo nos da el ejemplo al agradecer, celebrar y adorar a Dios por la encarnación de Cristo. 1 Timoteo 3:16 nos dice:

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.”

Celebrar o no celebrar la Navidad no significa mayor o menor compromiso con los valores enseñados por Jesús. Hacer una u otra opción debe quedar en la libertad cristiana para decidir sobre asuntos que permiten pluralidad de posibilidades, ya que elegir una de esas posibilidades no contraviene normas fundamentales del ser cristiano. Los que han concluido no celebrar Navidad están en su derecho, lo verdaderamente inquietante es cuando son misioneros de la anti-Navidad y su decisión la quieren hacer válida para los demás y miden la fidelidad al Evangelio con lo que se hace o deja de hacer el 25 de diciembre. Las narraciones de los Evangelios sobre la natividad de Jesús hablan en sentido festivo, jubiloso, sobre la promesa que fue cumplida al irrumpir la luz en las tinieblas, al nacer Emmanuel, Dios con nosotros. Esto debería ser suficiente para nosotros.

 

CONCLUSIÓN.

En el mundo cristiano de hoy, pequeños grupos de creyentes están lanzando ataques a otros santos de Dios que optan por celebrar la Navidad. Ellos justifican su agresión afirmando que la Navidad era originalmente un festival pagano. Por lo tanto, los cristianos deben abstenerse de cualquier sentimiento pro-Navidad. Otra bala en su pistola es que Dios nunca nos manda celebrar la encarnación en las Escrituras. Hacerlo es, según ellos, algo no bíblico y fuera de lugar.

Como hemos visto, no hay realmente una razón bíblica para no celebrar la Navidad. Al mismo tiempo, no hay tampoco un mandato bíblico para celebrarla. A fin de cuentas, celebrar la Navidad o no, es una decisión personal. Sin importar la opción que los cristianos elijan en relación con la Navidad, sus puntos de vista no deben ser usados como un arma para atacar o denigrar a aquellos con criterios opuestos, tampoco deben ser usados como un galardón para el orgullo sobre si se debe celebrar esta festividad o no. Como en todo, debemos pedir sabiduría a Aquel que la otorga liberalmente a todo aquel que la busca (Santiago 1:5) y aceptarnos unos a otros en gracia y amor cristianos, independientemente de nuestras opiniones sobre la Navidad.

El apóstol Pablo estaba particularmente preocupado de que ningún miembro de la Iglesia juzgase a otro por la celebración de días especiales. Quienes se oponen a celebrar la Navidad tienden a hablar motivados por un celo mal dirigido y así hacen mucho daño al cuerpo de Cristo. Evitemos destruirnos mutuamente por causa de la Navidad. Pablo enseñó: “Uno hace diferencia entre día y día (por ejemplo, el día de Navidad); otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace” (Romanos 14:5-6). También dijo: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:16).

Lo importante, en realidad, no es conocer la fecha exacta del nacimiento de Cristo. Tampoco es importante lo que los romanos, griegos o babilonias hacían milenios atrás en la misma fecha. Lo que importa es anunciar y celebrar que Dios se hizo Hombre para salvar al mundo. Importa anunciar y celebrar que Dios envió a su Hijo al mundo, para que todo aquél que en Él crea tenga vida eterna. Importa proclamar que nos ha nacido, en la Ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres!

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Van Dellen, Idzerd y Monsma, Martin, The Church Order Commentary; Grand Rapids: Zondervan, 1941, p. 273. Citado en Williams, G.I., ¿Is Christmas Scriptural?
  • Selected Works of John Calvin, Tracts and Letters’ (Henry Beveridge and Jules Bonnet, ed.), Vol. 6, Letters, Part 3, 1554-1558, pp. pp. 162-169.
  • A. Carson, The Gospel According to John (PNTC; Grand Rapids: Eerdmans, 1991), 391.
  • New Bible Commentary: 21st Century Edition (ed. D. A Carson et al.; Downers Grove: InterVarsity Press, 1994), 1047.

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