Dones Espirituales

Los Dones Ministeriales o Funciones Carismáticas.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En un sentido amplio, un don espiritual es cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye tanto los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia), así como aquellos que trascienden los medios ordinarios (sanidades, profecía y milagros). Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Los dones ministeriales o funciones carismáticas son parte de este regalo maravilloso que constituyen los dones espirituales, los cuales han sido dados para la edificación de la iglesia del Cristo. Todos los dones actúan en el poder que nos da Dios. No hay un tipo de don que sea superior a otro (por ejemplo, los dones naturales o los sobrenaturales). Aunque un don opere exteriormente por medios ordinarios o naturales, está tan lleno del poder del Espíritu como un don milagroso o sobrenatural. En este sentido, todos los aspectos de la vida cristiana están llenos de poder sobrenatural (1 Corintios 12:13–31).

Aunque el Nuevo Testamento insiste en la universalidad del ministerio dentro del cuerpo de Cristo, también indica que algunos creyentes son apartados de manera exclusiva para funciones concretas dentro del ministerio. Con frecuencia se menciona al respecto Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. De esta manera se obtiene una lista de las que se han llamado en ocasiones “funciones carismáticas” o “dones ministeriales” de la Iglesia Primitiva, diferentes a los “puestos administrativos” (obispo, anciano, diácono), de los que se hace mención especial en las últimas epístolas del Nuevo Testamento. El importante papel que desempeñaron los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros en el ministerio de la Iglesia Primitiva está bien atestiguado en el Nuevo Testamento.

Referente a los dones ministeriales, el apóstol Pablo escribió: “Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, quien está sobre todos, en todos y vive por medio de todos. No obstante, él nos ha dado a cada uno de nosotros un don especial mediante la generosidad de Cristo. Por eso las Escrituras dicen: «Cuando ascendió a las alturas, se llevó a una multitud de cautivos y dio dones a su pueblo». Fíjense que dice «ascendió». Sin duda, eso significa que Cristo también descendió a este mundo inferior. Y el que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos, a fin de llenar la totalidad del universo con su presencia. Ahora bien, Cristo dio los siguientes dones a la iglesia: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y maestros. Ellos tienen la responsabilidad de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia, es decir, el cuerpo de Cristo. Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.” (Efesios 4:5-11, Nueva Traducción Viviente).

La validez y vigencia de las funciones carismáticas para nuestra época es incuestionable. Pablo mismo afirma que este proceso (la edificación de la iglesia a través de todos y cada uno de los dones ministeriales) continuará “hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios” (v. 11). En su misericordia, Dios ha dotado a su cuerpo, que es la iglesia, de dones en forma de hombres y mujeres. En este pasaje vemos que se registran cinco dones:

1)- El apóstol, aquel que establece, planta y fortalece las iglesias (el actual oficio o función del misionero).

2)- El profeta, aquel que pronuncia el mensaje de Dios.

3)- El evangelista, aquel que es llamado a predicar el evangelio.

4)- El pastor, aquel que alimenta y pastorea a los cristianos.

5)- El maestro, aquel que instruye a los cristianos en la Palabra de Dios.

Es importante hacer hincapié en el hecho de que estos no son títulos, sino funciones carismáticas o dones. Una persona no llega a ser profeta porque alguien le dé el nombre de profeta; más bien, llega a ser profeta cuando desarrolla la habilidad que Dios le ha dado de obrar como profeta y responde al llamado específico de Dios con un corazón dispuesto. El propósito de estos dones ministeriales es muy claro. The New American Standard Bible lo dice de esta forma: “Y Él puso a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, y a otros como pastores y, maestros, para equipar a los santos para la obra del servicio, para el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe, y al conocimiento del Hijo de Dios.” (Efesios 4:11-13)

Estos cinco dones ministeriales o funciones carismáticas también pueden llamarse dones de “equipamiento”, los cuales permiten a los santos (los creyentes) hacer la obra del ministerio, para que el Cuerpo de Cristo en la tierra (la iglesia) pueda funcionar como representante de Dios. Por lo tanto, estos dones tampoco nos pertenecen ni se dan por voluntad humana (Hechos 13:2; 1 Corintios 12:11; 1 Pedro 4:10). Más bien, estos hombres y mujeres han sido dotados para equipar al resto del Cuerpo de Cristo. Son dones en forma de hombres y mujeres, dados a la iglesia para su edificación. Analicemos brevemente cada uno de los dones ministeriales.

 

LOS APÓSTOLES.

La palabra apóstol (en griego: Απόστολος) significa enviado o comisionado. Por lo tanto, la función carismática que llamamos “apóstol” describe a alguien que ha sido enviado o comisionado en representación de nuestro Señor Jesucristo. En el Nuevo Testamento la palabra “apóstol” se utiliza para describir a los discípulos comisionados por Cristo Jesús para la tarea de proclamar su evangelio y sus enseñanzas. El término “apóstol” describe a dos categorías de personas:

(1. Los Apóstoles comisionados por Jesús mismo. Describen exclusivamente a los doce que anduvieron con Jesús (a quienes Jesús mismo “les llamo apóstoles” Lucas 6:12-16). A esta categoría pertenecen exclusivamente quienes estuvieron con Jesús en su ministerio terrenal desde su bautismo hasta su resurrección, a los cuales Jesús personalmente comisionó, y los cuales llegaron a ser el fundamento doctrinal sobre el cual la iglesia primitiva determinó sus enseñanzas (Efesios 2:20), por el hecho de haber sido testigos de las enseñanzas de Jesús mismo (Hechos 1:21-22). El Nuevo Testamento deja en claro que el grupo conocido como “los Doce” se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba”. De lo contrario, no podría haber sido, en palabras de Pedro “hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (Hechos 1:24; 1:2). Estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo, mostrando que, para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; 1 Juan 1:1-4) y de su resurrección (Hechos 10:40-42; 1 Corintios 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hechos 12:2). El grupo exclusivo de los Doce quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Sin embargo, esto no significa que la función carismática del apóstol haya desaparecido de la iglesia del siglo XXI; de hecho, aún tenemos entre nosotros otro tipo de apóstoles que continuará hasta que Cristo venga.

(2. Otros discípulos de Jesús que no fueron parte de los doce, y siervos de Dios comisionados a servir por las iglesias locales. Es necesario recordar que el término “apóstol” se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso, el sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión. Un aspecto más específico de este sentido ocurre en 2 Corintios 8:23 y Filipenses 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea de carácter misionero. En este sentido, la palabra “apóstol” significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). Dicho de otra manera, y lejos de representar un título de autoridad universal sobre la iglesia como en el caso de los Doce, el término apóstol llegó a utilizarse dentro de la iglesia para describir también a creyentes que hacen la tarea que los apóstoles hacían, es decir, que son comisionados o enviados por las iglesias para evangelizar, plantar nuevas iglesias, y/o apoyar con la enseñanza (el discipulado) en iglesias ya existentes.

En escritos cristianos antiguos como la Didajé, o La Enseñanza de los Apóstoles (escrito alrededor del año 150 d.C. aproximadamente) se llama “apóstoles” a aquellos predicadores itinerantes enviados por las iglesias a ministrar a otros lugares: “Pero con respecto a los apóstoles y profetas, obrad con ellos en conformidad con el evangelio. Que todo apóstol, cuando venga a vosotros sea recibido como el Señor; pero no se quedará más de un solo día, o, si es necesario, un segundo día; pero si se queda tres días, es un falso profeta. Y cuando se marche, que el apóstol no reciba otra cosa que pan, hasta que halle cobijo; pero si pide dinero, es un falso profeta.” (Didajé, 11)

Estos siervos enviados o comisionados por las iglesias (apóstoles) no son columnas o fundamentos de la iglesia como los doce Apóstoles, simplemente hacen la función de lo que hoy llamamos misioneros. Describe el ministerio de personas comisionadas por la iglesia local para proclamar el evangelio, servir, instruir, o plantar nuevas iglesias en otros lugares. Es en este sentido que el ministerio apostólico continúa en la actualidad. Que los misioneros fueron llamados apóstoles es ampliamente testificado en el Nuevo Testamento:

  • En Hechos 14 14 dice: “Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud, dando voces”
  • En Romanos 16.7 dice: “Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo”. Nótese que Andrónico y Junias (una mujer) también son llamados apóstoles.
  • 2 Corintios 8.23 dice: “En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias, y gloria de Cristo”. El texto griego dice que …” y en cuanto a nuestros hermanos, son “apostoloi” de las iglesias.” Así que la traducción exacta es que Tito y otros cuyos nombres allí no se mencionan son apóstoles de las iglesias puesto que desempeñaban labores misioneras y de apoyo a los Apóstoles originales.
  • En 1 Tesalonicenses 1.1 dice: “Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Y luego, en 1 Tesalonicenses 2.6 dice: “ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.” ¿A qué apóstoles se refiere aquí Pablo? A él mismo (Pablo), a Silvano y a Timoteo. Los 3 eran misioneros y se desempeñaban como tales.
  • Santiago 1.1 nos dice: “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud.” Éste era el hermano del Señor Jesús constituido como apóstol a los judíos en la dispersión. En 1 Corintios 15.7 dice: “Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles”
  • En Filipenses 2.25 dice: “Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero, y ministrador de mis necesidades” Aquí como en el caso de Tito, los traductores, prefieren traducirlo “vuestro mensajero”, aunque el original griego dice claramente “apostolôn” (por la forma del genitivo), o literalmente “vuestro apóstol”, ya que realizaba labores misioneras.
  • 1 Corintios 4:6,9 dice: “Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que, por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros… Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.” Nótese que Apolos, otro misionero, es llamado apóstol.

 

LOS PROFETAS.

La función carismática del profeta continúa vigente en nuestra época. El Nuevo Testamento deja clara evidencia de ello. Sin embargo, pocas palabras están tan malentendidas como las palabras “profecía, profetizar” y pocos ministerios son tan mal entendido como el de profeta. Se da por sentado que profetizar es vaticinar eventos futuros u otras veces que es la manifestación abierta de información secreta. De hecho, eso es el concepto pagano del término (los oráculos griegos, la Sibila, Nostradamus, el horóscopo). Entonces surgen falsos profetas que se creen dueños de la palabra divina y no invitan el cuestionamiento ni lo toleran. Es claro que Dios conoce el futuro, y lo ha revelado, pero no sólo para que conozcamos cosas del mañana, sino para que cumplamos su voluntad hoy, en el presente, a la luz del porvenir. Los profetas, en el sentido bíblico, no eran ni son futurólogos, mucho menos adivinos ni pitonisas. No eran profetas porque vaticinaban el futuro sino porque entendían el presente a la luz de la voluntad de Dios. Si no predecían nada futuro, no eran menos profetas. El profeta es profeta porque trae un mensaje de Dios para el pueblo y para los pueblos.

Estudiosos de las escrituras, analizando bien las acciones y los escritos de los profetas hebreos, han encontrado lo esencial y definitivo del profetismo en su doble función de denuncia y de anuncio. Denuncian los pecados e injusticias, tanto fuera de Israel (Amós 1:3 – 2:3) como dentro del pueblo de Dios (Amós 2:4-12). Su lenguaje es fuerte, no siempre amable (igual que el de Jesús). Anuncian juicio y salvación para Israel y las demás naciones y hasta una nueva creación (Isaías 65:17). Para hacer todo eso, los profetas deben ser como los hijos de Isacar, “entendidos en los tiempos, que sabían lo que Israel debía hacer” (1 Crónicas 12:32). Los profetas son profetas porque ven su mundo con los ojos de Dios y sus corazones arden con celo por la voluntad de Dios.

Entre las congregaciones que fundó Pablo, hubo dos extremos en cuanto a la profecía y el ministerio profético. En Tesalónica apagaban al Espíritu, despreciando las profecías (1 Tesalonicenses 5:19-20).  Eran lo que hoy llamaríamos “anti-pentecostales”. A ellos, Pablo les manda dejar de actuar así, pero a “someterlo todo a prueba”, es decir, ni rechazar las profecías de antemano ni tampoco creerlos ciegamente, sino examinarlas y retener lo bueno. Tenía que tomar las profecías más en serio, pero con discernimiento maduro, para no ser engañados por falsos profetas.

De 1 Corintios queda claro que en Corinto existía el otro extremo. Su tendencia de sobrevalorar los dones carismáticos los llevaba a exageraciones, abusos y en general mucho desorden. Hoy los llamaríamos “ultra-pentecostales”. 1 Corintios 14:29-33 nos dice: “En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. El don de profecía está bajo el control de los profetas, porque Dios no es un Dios de desorden sino de paz.” Este pasaje nos habla de mensajes proféticos que surgían espontáneamente en medio del culto. Eran profetas congregacionales en Corinto, más de veinte años después del Pentecostés. Parece que eran muchos, tanto que Pablo tuvo que ordenar la situación.

Tal como el texto lo deje entrever, con una libertad a veces excesiva, casi todos en la congregación de Corinto querían hablar lenguas y profetizar, aparentemente creyendo que las lenguas y las profecías fueran Palabra de Dios sin mediación humana falible y hasta pecaminosa. A ellos Pablo les manda poner en orden su conducta, a profetizar uno a la vez y no más de dos o tres en cada culto, Además. al mandar que “los demás juzguen” cada profecía (hoi alloi diakrinô), Pablo repite, en otras palabras, la exhortación de 1 Tesalonicenses 5, de examinar (dokimazô) las profecías antes de recibirlas como revelación. Por las palabras de Pablo resulta más que obvio que la profecía no funciona aquí como revelación infalible al mismo nivel que la Biblia, sino como don carismático de la congregación. Nótese que los verbos “examinar” y “juzgar” en estos textos están en el modo imperativo. Todos los fieles, como portadores/as del Espíritu de Dios, tienen el deber de aportar a la valoración crítica de las profecías y demás mensajes. La palabra profética va para la comunidad de fe, y por eso todos ellos (hoi alloi) están llamados a juzgarla (diakrinô, evaluar, discernir), ya que todos son portadores/as del Espíritu de Dios. La iglesia debe escuchar la profecía y recibirla con respeto, pero con discernimiento crítico (1 Tesalonicenses 5:19-21). Lo más significativo en este texto es que describe esta profecía congregacional como revelación (apokaluptô). Según la Biblia, Dios se revela de distintas maneras. Su máxima revelación es Jesucristo, el Dios encarnado (Juan 1:14,18; Hebreos 1;1-2). Segundo, la Palabra escrita, inspirada por el Espíritu, da testimonio de él (1 Corintios 2:9-13; Juan 5:39). Además. la creación revela a su Creador (Salmos 19:1-6; Romanos 1:18-21). Y según 1 Corintios 14:29-33, las profecías, debidamente escrutadas y convalidadas, son también revelación de Dios y su voluntad 1 Corintios 14:30; Juan 16:8-13).

El Nuevo Testamento evidencia la continuidad del ministerio profética en la Iglesia de Cristo. Existe referencia en el Nuevo Testamento a profetas como oficios en la iglesia en tres lugares, Hechos capítulos 13, 15 y 21. Se mencionan a Bernabé, Simón el que se llamaba Níger, Lucio de Cirene, Manaén, y Saulo. Judas y Silas, cuatro hijas de Felipe que profetizaban y a un profeta llamado Agabo. Veamos estas referencias:

  • “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.” (Hechos 13:1-3).
  • Hechos 15:32 “Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras.”
  • Se menciona de Felipe el evangelista tenía cuatro hijas que profetizaban: “Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.” (Hechos 21:8-9).
  • Hechos 21:10-11 nos habla de un profeta llamado Agabo: “descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien, viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”

La literatura proveniente de los primeros cristianos también constata la existencia de esta función carismática dentro de la iglesia aún después de la muerte del último de los Doce: “No todo el que habla en el Espíritu es un profeta, sino sólo el que tiene los caminos del Señor. Por sus caminos pues, será reconocido el profeta falso y el profeta. Y ningún profeta, cuando ordenare una mesa en el Espíritu, comerá de ella; pues de otro modo es un falso profeta. Y todo aquel que diga en el Espíritu: Dadme plata u otra cosa, no le escuchéis; pero si os dice que deis a favor de otros que están en necesidad, que nadie le juzgue. Pero que todo el que venga en el nombre del Señor sea recibido; y luego, cuando le hayáis probado, le conoceréis, porque discerniréis la mano derecha de la izquierda. Pero si no tiene oficio proveed de que viva como un cristiano entre vosotros, pero no en la ociosidad. Si no hace esto, es que está traficando con respecto a Cristo. Guardaos de estos hombres.” (Didajé, 11-12).

Con base en el Nuevo Testamento y los escritos de los primeros cristianos, podemos afirmar que la función de los profetas en el Nuevo Testamento (y en la iglesia actual) no es exactamente la misma como en el Antiguo Testamento. En el orden del Antiguo Testamento, Dios llamó profetas con el mandato de anunciar y escribir Su revelación autoritativa para el pueblo; es decir, escribir los libros de la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo. Debe destacarse que ninguno de los profetas mencionados explícitamente en el Nuevo Testamento escribió un libro de la Biblia. Ellos tenían simplemente la función de animar, exhortar y advertir a los hermanos con lo que Dios les revelaba. (Hechos 15:32). Además, es una función importante de la profecía, traer a la luz “las cosas escondidas del corazón” (1 Corintios 14:24-25). La profecía puede obrar convicción en un incrédulo que accidentalmente entra a una reunión de los cristianos.

Aunque los profetas del orden del Nuevo Testamento no tienen el mismo peso como en el Antiguo Testamento, su función sigue siendo importante. Aunque no están puestos para revelar verdades eternas y autoritativas de la fe, sí tienen la función de anunciar en situaciones específicas lo que el Señor quiere decir a una persona o iglesia en particular. Así, la profecía es una de las pocas funciones en la iglesia que concretiza lo que es el gran privilegio del Nuevo Pacto: tener acceso directo a Dios, estar en comunión con Él y conocer Su corazón.

 

LOS EVANGELISTAS.

Nuestra palabra “evangelista” proviene del vocablo griego euagelistés, que significa “el que proclama buenas noticias.” Un evangelista es entonces uno que se dedica enteramente a “proclamar (predicar) el evangelio”, especialmente el mensaje de salvación. El término evangelista se usa sólo tres veces en el Nuevo Testamento (Hechos 21:8; Efesios 4:11; 2 Timoteo 4:5). No obstante, Pablo enumera al evangelista como uno de los dones ministeriales de la iglesia (Efesios 4:11). Solamente Felipe es llamado específicamente un “evangelista” (Hechos 21:8); pero trabajadores tales como Timoteo (2 Timoteo 4:5), Lucas (2 Corintios 8:18), Clemente (Filipenses 4:3) y Epafras (Colosenses 1:7; 4:12) pueden haber funcionado como evangelistas.

Un evangelista es alguien que anuncia las buenas nuevas; en otras palabras, un predicador itinerante del evangelio. Una persona con el don de evangelismo o la función carismática de evangelista a menudo es alguien que viaja de un lugar a otro para predicar el evangelio y hacer un llamado al arrepentimiento. Puesto que Felipe es la persona a la que específicamente se le llamó evangelista en la Escritura, estudiar su vida y ministerio nos ayuda a esclarecer las funciones de este don ministerial.

El Nuevo Testamento nos dice que Felipe había sido uno de los siete escogidos para ministrar a las viudas y necesitados (Hechos 6:2-4). Evidentemente, Felipe se había establecido en Cesarea, y había vivido allí durante unos 20 años antes de que Pablo llegara en Hechos 21. La labor evangelística previa de Felipe fue en Samaria (Hechos 8:4-8). Él “proclamó el Mesías” a los samaritanos (versículo 5) e hizo milagros, entre los cuales estaban el expulsar demonios y sanar paralíticos. La presencia de Pedro y Juan en Samaria y la permanencia del Espíritu en los creyentes samaritanos (Hechos 8:17), confirmaron el ministerio de Felipe allí. Como evangelista, Felipe había predicado el evangelio y, cuando los samaritanos creyeron y recibieron el Espíritu, fueron acogidos en la iglesia. El trabajo de Felipe en llevar la salvación a los perdidos es lo que los llamados evangelistas han hecho desde entonces.

El ministerio de Felipe como evangelista continúa en Hechos 8 cuando él es guiado por un ángel para ir al camino desértico hacia Gaza. En el camino se encontró con un eunuco etíope, un funcionario de la reina de Etiopía. Felipe abre el entendimiento del hombre respecto a la palabra de Dios, y el eunuco es salvo. Felipe bautiza al hombre, y el Espíritu Santo arrebata a Felipe (Hechos 8:39). Luego, Felipe “se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea” (versículo 40). Dondequiera que iba, Felipe compartía el evangelio. Así pues, el ministerio de Felipe establece un modelo de lo que es, y debe hacer, un evangelista según el Nuevo Testamento:

  • Felipe predicaba la palabra de Dios, declarando específicamente el centro del evangelio, que es Cristo el Salvador. “Les predicaba a Cristo” (Hechos 8:4, 5, 35).
  • Hubo muchos que creyeron y fueron bautizados (Hechos 8:6, 12).
  • Milagros de sanidad siguieron a su predicación y muchos fueron librados de espíritus demoníacos (Hechos 8:6, 7). Los milagros de sanidad dieron mayor efectividad al ministerio de Felipe (Hechos 8:6, 8).
  • Felipe estaba listo para testificar de Cristo como Salvador, tanto en ciudades enteras, como a un solo individuo. Dejando Samaria, fue dirigido al carruaje del tesorero de Etiopía (Hechos 8:26), a quien llevó a Cristo (Hechos 8:35–38). El verdadero ganador de almas tiene una pasión por las almas que lo hace adaptable al evangelismo en masa y al evangelismo personal.
  • El ministerio evangelístico de Felipe lo llevó de ciudad en ciudad (Hechos 8:40).

El cuadro del evangelista del Nuevo Testamento y de la época post-apostólica, era el de uno predicando el mensaje evangélico de salvación de iglesia en iglesia y de ciudad en ciudad. Eusebio de Cesarea, el gran historiador de la iglesia del siglo cuarto describió a los evangelistas como aquellos que esparcían las semillas salvadoras del reino de los cielos, tanto lejos como cerca, y a través del mundo entero, llenos del deseo de predicar a Cristo, a los que todavía no habían oído la palabra de fe (Historia Eclesiástica, Libro II). Ciertamente, el oficio del evangelista será necesario hasta que la iglesia llegue a la madurez de Cristo mismo (Efesios 4:13). Las buenas nuevas deben ser compartidas.

 

LOS PASTORES.

Los “pastores” son tal vez la función carismática o don ministerial más conocido dentro de la iglesia de Cristo y se suelen identificar como “los que dirigen” a una iglesia local. El moderno oficio de “pastor” parece coincidir con la posición bíblica de obispo (gr. epískopos), la de anciano (gr. presbuteros) o ambas (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-7). Sin embargo, el término “obispo” se convirtió en el usado de manera más prominente para este ministerio, porque subrayaba la responsabilidad espiritual y la supervisión de la iglesia local.

El término griego poimén (“pastor”) sólo se utiliza una vez en toda la Biblia como una referencia directa al ministerio de pastor (Efesios 4:11). Sin embargo, el concepto o función de pastor aparece por todas partes en las Escrituras. Como lo sugiere el nombre, pastor es aquél que cuida de las ovejas. La relación entre estos tres términos de “obispo”, “presbítero” y “pastor” queda clara en Hechos 20. En el versículo 17, Pablo manda llamar a los ancianos (gr. presbuteroi) de la iglesia de Éfeso. Más adelante, dentro del mismo contexto, exhorta a los ancianos: “Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos [gr. epískopoi]” (v. 28). En la oración inmediatamente siguiente, exhorta a los mismos que acaba de llamar obispos o supervisores a “apacentar” [gr. poimáino] la iglesia del Señor” (v. 28).

El modelo de Dios para edificar Su iglesia incluye usar hombres con la función carismática de pastor. De acuerdo con la Biblia, las responsabilidades y funciones de los pastores en los tiempos actuales, como las de los pastores de la época neotestamentaria, son muchas y variadas:

  • Supervisar la iglesia (1 Timoteo 3:1). El principal significado de la palabra obispo es “supervisor”. La responsabilidad del pastor es la supervisión general del ministerio y el funcionamiento de la iglesia. Esto incluiría el manejo de finanzas dentro de la iglesia (Hechos 11:30).
  • Gobernar la iglesia (1 Pedro 5:1–4; 1 Timoteo 5:17). La palabra que se traduce como “gobernar”, significa literalmente “comparecer ante”. La idea es guiar o asistir, con un énfasis en ser una persona que cuida de manera diligente. Esto incluiría la responsabilidad de ejercer la disciplina en la iglesia y reprobar a aquellos que se han apartado de la fe (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:11-13). Una responsabilidad oficial del pastor es gobernar la iglesia, y su enfoque principalmente debe ser espiritual, atendiendo asuntos tales como edificar a los creyentes y equipar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:12). Sin embargo, dicha autoridad debe ejercerse sin abusos, pues un pastor no es un dictador (3 Juan 9-10). 1 Pedro 5:3 contiene una descripción maravillosa de un ministerio pastoral equilibrado: “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”. La autoridad del pastor no es para que él se “enseñoree” de la iglesia; más bien, un pastor debe ser un ejemplo de verdad, de amor y de piedad, para que el rebaño de Dios lo pueda seguir. (1 Timoteo 4:12). Un pastor es un “administrador de Dios” (Tito 1:7), y él es responsable ante Dios por su liderazgo en la iglesia.
  • Cuidado pastoral (1 Pedro 5:3). Literalmente, la palabra pastor significa “pastor de ovejas”. El pastor tiene una tarea de “alimentar el rebaño” con la Palabra de Dios y de cuidarlos guiarlos en la forma adecuada (1 Timoteo 3:5; Hebreos 13:17).
  • Mantener la doctrina de la iglesia a través de la instrucción adecuada (1 Timoteo 3:2; 5:17; Tito 1:9). La enseñanza de los apóstoles fue encomendada a “hombres fieles” que enseñarían también a otros” (2 Timoteo 2:2). Preservar la integridad del evangelio, es uno de los llamados más grandes del pastor quien debe, a su vez, saber enseñar.

Con respecto a este último aspecto de su responsabilidad, se observa con frecuencia que los papeles de pastor y de maestro parecen tener mucho en común en el Nuevo Testamento. De hecho, cuando Pablo menciona estos dos dones de Dios a la Iglesia en Efesios 4:11, la forma en que aparece en griego la frase “pastores y maestros” (poiménas kái didaskálus) podría estar señalando a uno solo que cumple con ambas funciones; un “pastor-maestro”. Aunque la función de “maestro” es mencionada en otros lugares separada de la de “pastor” (Santiago 3:1), con lo que se indica que quizá no siempre se deban considerar como papeles sinónimos, todo pastor genuino tomará seriamente la obligación de instruir al rebaño de Dios. Los pastores del rebaño de Dios deben guiarlo con su ejemplo, sin olvidar nunca que están cumpliendo las funciones de ayudantes de pastor junto a Aquél que es el verdadero Pastor y Supervisor de sus almas (1 Pedro 2:25). El dio el ejemplo de lo que es un líder-siervo (Marcos 9:42–44; Lucas 22:27).

 

LOS MAESTROS.

Los maestros son dones de Cristo a la Iglesia. Aparecen en orden histórico en la fundación y consolidación de la Iglesia, y no en una especie de rangos de autoridad (1 Corintios 12:28). Ellos constituyen un don dado por el Espíritu Santo (Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:28; Efesios 4:1-12), permitiéndole a un creyente comunicar eficazmente las verdades de la Biblia a los demás. En muchos casos, pero no siempre, se usa en el contexto de la iglesia local. El don de la enseñanza implica el análisis y la proclamación de la Palabra de Dios, explicando el significado, el contexto y la aplicación a la vida del oyente. El que tiene el don de ser maestro es aquel que tiene la habilidad única para instruir y comunicar claramente el conocimiento, concretamente las doctrinas de la fe y las verdades de la Biblia. Por su instrucción hace que otras personas aprendan. El propósito de la enseñanza del maestro es llevar a la iglesia a la unidad, el crecimiento, la madurez y la capacitación para el servicio. Esa misma enseñanza debe tener la habilidad de cambiar la vida de las personas con la enseñanza de la doctrina. El apóstol Pablo es mencionado en el Nuevo Testamento como poseedor de este don ministerial o capacitador (1 Timoteo 2:7).

La función carismática del maestro es un don sobrenatural del Espíritu Santo, no una mera habilitad o talento humano. Una persona sin este don puede entender la Biblia mientras la escucha o la lee, pero no la puede explicar como lo hace una persona que tiene el don. Aunque el ser humano puede, mediante el estudio y la preparación secular, desarrollarse ciertas habilidades y destrezas en la enseñanza, el don espiritual del maestro no es algo que se pueda aprender o adquirir. En Efesios 11, los maestros están ligados con los pastores. Esto pareciera implicar que el pastor también es un maestro. Esto se debe a que un pastor es uno que cuida de su gente, de la misma manera que un pastor de ovejas cuida su rebaño. Así como un pastor alimenta a su rebaño, el pastor tiene también la responsabilidad de enseñar a su pueblo el alimento espiritual de la Palabra de Dios. De esta forma, la Iglesia es edificada a través del uso de este don, mientras las personas escuchan la Palabra de Dios, su significado y cómo aplicarla a sus propias vidas. Dios ha levantado a muchos con este don para levantar a la gente en su fe y permitirles crecer en toda sabiduría y conocimiento (2 Pedro 3:18).

Hay varios contextos en los cuales este don puede ser utilizado hoy en día: En clases de escuela dominical, institutos bíblicos, colegios y universidades cristianas, seminarios y estudios bíblicos en la iglesia o en las casas, etc. El que tiene este don ministerial puede, al igual que Jesús, enseñar, explicar y exponer con autoridad el sentido del texto bíblico (Mateo 7:29; Marcos 1:22; Lucas 4:36).

 

CONCLUSIÓN.

El Señor ha dado dones ministeriales y llama a hombres y mujeres para que los desempeñen, con la finalidad de “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio”, edificando de esta manera Su propio cuerpo que es la Iglesia. Los dones ministeriales enumerados por Pablo son: Apóstol, Profeta, Evangelista, Pastor y Maestro. Un hombre puede ser constituido por el Señor para desempeñar más de un don ministerial al mismo tiempo. Aunque pareciera que guardan un orden jerárquico, todos los cinco ministerios tienen el mismo valor ante el Señor, ninguno puede considerarse mayor que el otro; pero en su función cada uno es diferente:

  • Los apóstoles son testigos de Cristo a las naciones, fundan nuevas congregaciones, predican la Palabra de Dios, acompañándola con poderosas señales sobrenaturales y milagros, y confirman a la Iglesia en la fe (Hechos 16:4-5). Este don ministerial corresponde actualmente con el llamado del misionero.
  • El profeta es un portavoz o vocero de Dios que denuncia el pecado y nos comunica algo particular proveniente de Dios. Sus palabras deben estar en perfecta concordancia con la Biblia para que el mensaje tenga la debida autoridad divina. El profeta al declarar una palabra debe cumplir tres aspectos fundamentales para ser de Dios, ellos son: “edificar, exhortar y consolar” a los receptores (1 Corintios 14:3).
  • El evangelista tiene la función de predicar las buenas nuevas de salvación al mundo perdido; aquéllos llamados por el Señor para desempeñar este ministerio tienen una gracia divina especial para ganar almas para Cristo, Dios les capacita para llevar un mensaje que toque corazones, redarguya las conciencias y ofrezca las respuestas que el hombre necesita.
  • El pastor brinda consejo, corrección, aliento y consolación. Vela por las ovejas que Dios ha puesto a su cargo y es responsable por cada una de ellas, por ello la Biblia aconseja al cristiano someterse a la autoridad del pastor (Hebreos 13:7,17).
  • Los maestros se encargan específicamente de escudriñar y profundizar el estudio de la Palabra de Dios para ofrecer entendimiento al resto de los miembros de la iglesia; así como el velar por la sana doctrina dentro del Cuerpo de Cristo. El maestro tiene la capacidad divina de explicar lo que la Biblia dice, interpretar lo que significa y aplicarlo a los corazones de los santos en la Iglesia.

En su funcionalidad en la edificación para el crecimiento de la Iglesia, los dones ministeriales se mueven espiritualmente en la misma dirección de la voluntad de Dios. Efesios 4:15-16 dice: “Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. Dentro del crecimiento integral del Cuerpo de Cristo en la dirección que el Señor como cabeza imparte, debemos actuar, de manera unánime, bien concertada, ayudándonos unos a otros conforme al don o dones que cada uno ha recibido de Dios; así es como la Iglesia va edificándose y creciendo. Cuando los ministerios trabajan en unanimidad de espíritu y los dones se complementan entre sí, hay bendición y crecimiento en la iglesia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s