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Los 5 Puntos del Calvinismo: Perseverancia Final de los Santos o Seguridad Eterna del Creyente.

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:
La doctrina de la Perseverancia de los santos aparece en la Confesión de Fe de Westminster de la siguiente manera: “Los que han sido, aceptados por Dios en su Hijo Amado, eficazmente llamados, y santificados por su Espíritu, no pueden caer totalmente ni finalmente del estado de gracia; sino que ciertamente perseverarán en ella hasta el final y serán salvos eternamente” (Westminster, Cap. XVII, Secc. I).

La Perseverancia de los santos es el paso lógico y final en la doctrina calvinista, ya que las doctrinas de la Elección Incondicional y del Llamamiento Eficaz, implican lógicamente la salvación segura de aquellos que reciben estas bendiciones. Si Dios ha escogido absoluta e incondicionalmente a ciertas personas para vida eterna, y si su Espíritu aplica eficazmente a estas los beneficios de la redención, entonces la conclusión ineludible es que estas personas serán eternamente salvas.

La doctrina calvinista reconoce que la lucha entre el viejo y el nuevo hombre no acabará en este mundo, que los restos de corrupción prevalecerán en nosotros por algún tiempo pero que al final la parte regenerada vencerá mediante el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo (Westminster, Cap. XII, Secc. III). Por ende, la victoria de esta lucha no descansa en nuestras capacidades sino en la obra de Dios por medio de la fuerza que el Espíritu Santo pone en cada uno de aquellos que fueron elegidos por el Padre y redimidos por Cristo. Pasajes como Romanos 8:26, 8:35-39; 6:14; 14:4; Juan 6:47,51; 5:24; 4:14; 10:28,29; 14:19; Filipenses 1:6; 3:20; Romanos 11:29; 1 Juan 5:11,13; Hebreos 10:14; 7:25; 2 Timoteo 4:18; Efesios 1:5; 4:30; Mateo 24:24; Gálatas 2:20; Efesios 4:30; 1 Corintios 10:13; 2 Corintios 2:14; 4:8,14; 9:8; Jeremías 31:3; 32:40; Salmo 23; 1:3; 34:7; 48:12; 92:12; 125:1; Ezequiel 11:19,20; 1 Pedro 1:5; 2 Tesalonicenses 3:3; Isaías 46:4; Lucas 10:20; Apocalipsis 3:5,20, 13:18; 17:8 y 20:12-15 son textos empleados por los teólogos calvinistas en defensa de dicha doctrina.

Muchos han entendido que la doctrina de la perseverancia final de los santos, o seguridad eterna de la salvación, constituye una licencia para pecar. Sin embargo, nadie que conozca la obra de Juan Calvino puede, en la decencia intelectual, sostener que el calvinismo es un camino hacia la indulgencia pecaminosa. Es todo lo contrario. Incluso si se estudia la Ginebra calvinista, donde Calvino intervino en la vida pública, se observará una cuenta estricta de la moral personal y social que mucha gente encontró asfixiante. Las advertencias bíblicas contra el pecado son parte integral del calvinismo, el cual en muchas ocasiones ha probado ser tanto o más legalista y asfixiante, que cualquier otro sistema de salvación por obras ideado por el hombre. Esto nos lleva al siguiente punto: La seguridad (o inseguridad) de la salvación que experimenta el creyente calvinista.

LA INSEGURIDAD ETERNA DEL CALVINISMO:
Los calvinistas, en última instancia, no pueden estar seguros de su salvación aquí y ahora. En primer lugar, porque sólo los elegidos se salvan y ninguno de ellos puede saber, aquí y ahora, de forma contundente, segura e incuestionable, que forma parte de dicho grupo selecto. Y en segundo lugar porque (aunque se supone que Dios es soberano y tiene todo garantizado para sus elegidos), según la propia doctrina calvinista, puesto que no podemos saber a ciencia cierta si pertenecemos o no a los elegidos, cada uno debe probarse a sí mismo y a los demás su pertenencia a dicho grupo por medio de una vida rigurosa y estricta, pues la pertenencia de cada uno al grupo de los elegidos está condicionada a la perseverancia final de cada individuo, la cual ninguno de ellos puede garantizar. Si cayere en algún momento de su vida, esa es señal inequívoca de que tal individuo nunca fue parte de los elegidos, sino de los reprobados. Sin embargo, la garantía bíblica de la salvación no descansa en nuestro rendimiento, sino en la verdad del evangelio que Cristo murió por los pecados del mundo y en su promesa de que todo aquel que cree en Él recibe el don gratuito e incondicional de la vida eterna.

La garantía del calvinista está en que Dios le ha predestinado a la vida eterna como uno de los elegidos. Pero, como ya se hizo evidente, este punto de vista tiene serios problemas: ¿Cómo sabe el calvinista que es uno de los elegidos que han sido predestinados? ¿Y cómo puede estar seguro de que su rendimiento será lo suficientemente bueno como para llegar a la meta? Su rendimiento juega una gran parte en ayudarle a saber si está o no entre ese grupo selecto. Esto ha llevado históricamente a muchos calvinistas (como los puritanos ingleses) a caer en cierto tipo de vida legalista y carente de gracia y paz. La perfección es buscada a toda costa y el rigorismo moral y asfixiante se vuelve la norma, olvidando también otra verdad obvia del Evangelio: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4).

En contraste, nuestra fe, esperanza, confianza y seguridad están en nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, quien pagó la pena completa por nuestros pecados en la Cruz. Por lo tanto, según su promesa, la cual hemos creído, nuestros pecados son perdonados. Hemos nacido de nuevo en la familia de Dios como sus hijos. El cielo es nuestro hogar eterno. Nuestra esperanza está solo en Cristo. Cristo llama, “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28). Cristo garantiza, “y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Llegamos a Él por la fe en su palabra y Él nunca nos echará fuera. Nuestra garantía está en su promesa y su poder que nos guarda, no en nuestro esfuerzo o rendimiento. Sin embargo, muchos cristianos profesantes (incluyendo muchos calvinistas de cinco puntos que creen en la Perseverancia de los Santos) están afligidos con dudas sobre su salvación. El teólogo Zane C. Hodges señala que “el resultado de esta teología es desastrosa. Ya que, según la creencia puritana, la autenticidad de la fe de un hombre sólo puede ser determinada por la vida que lleva y la seguridad de salvación se hace imposible en el momento de la conversión” (Zane C. Hodges, author’s preface to The Gospel Under Siege; Dallas, TX: Kerugma, Inc., 2nd ed. 1992, vi). Y se podría añadir que también esto sería cierto en cualquier momento después de su conversión, si su vida en algún momento no cumple con el estándar bíblico. John Piper afirmó: “Nosotros debemos reconocer que nuestra salvación final está condicionada a la subsecuente obediencia que viene de la fe” (John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 25). Sin embargo, como todo buen cristiano sabe, es pequeño el consuelo o seguridad que descansa en nuestra capacidad para obedecer. De hecho, el quinto punto del calvinismo, llamado Perseverancia de los Santos, pone la carga de nuestra salvación sobre nosotros mismos sin tan siquiera darse cuenta de ello. No es de extrañar, entonces, como lo ha comentado el teólogo R. T. Kendall, que “casi todos los Puritanos ‘divinos’ sufrieron grandes dudas y desesperación en sus lechos de muerte al darse cuenta de que sus vidas no dieron evidencia perfecta de que fueron elegidos” (R. T. Kendall, Calvin and English Calvinism to 1649, Oxford: Oxford University Press, 1979, 2; cited without page number by Bob Wilkin, “Ligonier National Conference”, TheGrace Report, July 2000). Por otra parte Arminio, contrario a lo que de él piensan sus enemigos, tenía perfecta seguridad. Declaró con confianza que el creyente puede “salir de esta vida… para comparecer ante el trono de la gracia, sin ningún temor o preocupación” (Jacobus Arminius, The Works of James Arminius, trans. James and William Nichols, Grand Rapids,MI: Baker Book House, 1986, 1:667; cited in Laurence M. Vance, The Other Side of Calvinism, Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed. 1999, 591.).

Curiosamente, la razón de la incertidumbre entre calvinistas se encuentra donde uno espera que este la garantía: en la “P” de TULIP (Perseverancia de los Santos). Pero extrañamente, la certeza de la salvación y la confianza de su destino eterno no se encuentran en el quinto punto del calvinismo donde uno lo esperaría. Tampoco se puede encontrar en los otros cuatro puntos. De hecho, aunque muchos calvinistas lo negarían, la incertidumbre en cuanto a la salvación final, esta entretejida en la estructura misma del calvinismo. El teólogo Philip F. Congdon escribe, “La garantía absoluta de la salvación es imposible en el calvinismo clásico… Entienda por qué: Ya que las obras son un resultado inevitable de la ‘verdadera’ salvación, uno solo puede saber si él o ella es salvo por la presencia de buenas obras. Pero ya que nadie es perfecto… cualquier garantía es, en el mejor de los casos, imperfecta. ¡Por lo tanto, usted puede pensar que cree en Jesucristo, que tuvo una fe salvadora, pero lamentablemente, comete errores, se equivoca… y por no ser salvo, está totalmente ciego al hecho de que no es salvo! R. C. Sproul en un artículo titulado ‘Seguridad de salvación’, escribe: hay gente en este mundo que no son salvos, pero que están convencidos de que lo son… ¡Cuando nuestra seguridad de salvación está basada en lo más mínimo de nuestras obras, nunca podremos tener seguridad absoluta! Pero ¿Nos desaniman las escrituras de tener garantía objetiva de la salvación? ¡Claro que no! por el contrario, el Señor Jesús (Juan 5:24), Pablo (Romanos 8:38-39) y Juan (1 Juan 5:11-13) no tienen ninguna reserva en ofrecer garantía absoluta y objetiva de la salvación. Además, las obras nunca están incluidas como requisito para la seguridad de salvación” (Philip F. Congdon, “Soteriological Implications of Five-point Calvinism,” Journal of the Grace Evangelical Society, Autumn 1995, 8:15, 55–68).

John Piper, quien se describe a sí mismo como un calvinista de “siete puntos” afirmó en cierta ocasión “que ningún cristiano puede estar seguro de que es un verdadero creyente” (John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 23). ¿Por qué? Porque su teología hace que la seguridad de su salvación sea imposible. ¿Por qué debe ser así? Porque el calvinista no puede confiar en la promesa de Cristo de vida eterna en el Evangelio (ya que esa promesa es para los elegidos solamente), su seguridad radica en ser uno de los elegidos, pero ¿Cómo puede estar seguro de que lo es? Piper escribe: “Creemos en.. la seguridad eterna de los elegidos” ((John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 24). Y es aquí donde nos enfrentamos a un grave problema: ¿Cómo puede algún calvinista asegurarse de que está entre esa compañía selecta predestinada para el cielo? Él no puede. No hay un solo versículo en la Biblia que dice cómo estar seguro de que alguno está entre los elegidos. A pesar de que Cristo mandó que se predicase el Evangelio a cada persona que vive en el mundo entero, el calvinista dice que es eficaz solamente para los elegidos. Otros pueden imaginar que creen en el Evangelio, pero al no ser soberanamente regenerados, su fe no es de Dios y no les puede salvar. Esto hace imposible para el calvinista la seguridad de su salvación. ¿Cómo puede el calvinismo dar seguridad a alguien hoy? ¿Quién puede saber que está entre los elegidos secretamente predestinados? Simplemente no puede. No es de extrañar, entonces, que muchos calvinistas están plagados de dudas respecto a su salvación.

Tratando de salvar su sistema doctrinal, algunos teólogos calvinistas recurren a ideas absurdas y contradictorias. Por ejemplo, el teólogo calvinista Loraine Boettner afirmó que la sola presencia de la fe constituye la certeza de que uno está entre los elegidos y argumenta que la fe “no se le da a cualquiera, sino sólo los elegidos y la persona que sabe que tiene esta fe puede estar seguro de que él está entre los elegidos” (Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination, Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932, 308). Tratando de fortalecer su argumento desde un ángulo diferente, Boettner escribe, “cada persona que ama a Dios y tiene un verdadero deseo de salvación en Cristo está entre los elegidos, porque los no elegidos no tienen ese amor o deseo” (Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932), 309). Sin embargo bajo esa norma, los cristianos en la iglesia de Éfeso hubieran dudado de su salvación, porque ya no tenían ese amor ferviente (Apocalipsis 2:4-5), ni tampoco hay ninguna sugerencia de que no fueran cristianos verdaderos.

La gran ironía del calvinismo clásico es esta: Aunque los primeros cuatro puntos del calvinismo insisten que el hombre no puede hacer nada para salvarse, el quinto depende, según la opinión de muchos, del esfuerzo humano. Charles Hodge declara: “la única evidencia de nuestra elección… y perseverancia, es de continuar pacientemente en hacer el bien” (Charles Hodge, A Commentary on Romans; Carlisle, PA: The Banner of Truth Trust, 1972, 292). Pero el encontrar una garantía en las obras siempre deja preguntas sin respuestas en vista del hecho innegable de que nadie es capaz de obedecer a la perfección y de que las aparentes buenas obras de los no salvos a veces logran avergonzar a cristianos profesantes. Además, el rendimiento puede ser de lo más excelente durante su vida, pero si falla en algún momento, ha perdido la garantía basado en el desempeño.

R. C. Sproul expresó esta preocupación en cuanto a su propia salvación: “Un tiempo atrás tuve uno de esos momentos de aguda autorreflexión… y de repente la pregunta me golpeó: R. C., ¿Qué pasaría si no eres uno de los redimidos? ¿Qué pasaría si su destino no es cielo después de todo, sino el infierno? Te diré que yo estaba inundado en mi cuerpo con un escalofrío que iba desde mi cabeza hasta la parte inferior de mi columna vertebral. Yo estaba aterrorizado. Traté de controlarme. Pensé, “bueno, es una buena señal de que estoy preocupado por esto. Sólo los verdaderos cristianos realmente se preocupan acerca de la salvación”. Pero luego comencé a hacer un balance de mi vida, y miré mi desempeño. Mis pecados llegaron a mi mente y cuanto más analizaba, peor me sentía. Pensé, “tal vez es verdad. Tal vez yo no soy salvo después de todo”. Fui a mi habitación y comencé a leer la Biblia. Y de rodillas le dije, “bueno, aquí estoy. Yo no puedo apuntar a mi obediencia. No hay nada que pueda ofrecer… Sabía que algunas personas sólo corren a la Cruz para escapar del infierno… No podía estar seguro de mi propio corazón y la motivación”. Entonces me acordé de Juan 6:68… ¡Pedro también estaba incómodo, pero se dio cuenta de que estar incómodo con Jesús era mejor que cualquier otra opción!” (R. C. Sproul, “Assurance of Salvation,” Tabletalk, Ligonier Ministries, Inc., November 1989, 20).

¿Incómodo con Jesús? ¿Dónde está la ventaja y certeza en eso? ¿No podría entonces de esa manera un musulmán obtener certeza de su creencia por estar incómodo con Mahoma y el Corán o un mormón por estar incómodo con José Smith? ¿Por qué es mejor estar incómodo con Jesús que con Buda? ¿Dónde sugiere la Biblia, y mucho menos nos manda a estar incómodos con Jesús? Ni tampoco se enseña en este pasaje. ¡Esta idea parece más patética, viniendo de un líder cristiano y teólogo de renombre! ¡Él mismo no puede garantizar que es uno de los elegidos!

Nosotros, sin embargo, tenemos toda razón para estar muy cómodos con Jesús, y esto es una de las bendiciones y parte de la alegría de nuestra salvación. Tenemos prueba absoluta de que la Biblia es la palabra de Dios, que Jesús es el Cristo, que el Evangelio es verdadero, y que tenemos el testimonio del Espíritu Santo morando en nosotros. La Biblia da garantía absoluta: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios…” (1 Juan 5:13). Esa seguridad, según este texto de las Escrituras y muchos otros, son para todos aquellos que simplemente creen en Cristo. No hay ninguna otra base para la garantía del perdón de pecados y la vida eterna. ¿Por qué Sproul no confía en esas promesas? Porque, para un calvinista, la pregunta no es si ha creído en el Evangelio, sino que, si ha sido predestinado desde la eternidad pasada por Dios para estar entre los elegidos, y esa es una pregunta difícil, como muchos calvinistas han descubierto, para su propia consternación.

REINTERPRETANDO LA DOCTRINA:
Muchos calvinistas (concientes de los errores del calvinismo clásico) han abandonado la interpretación más estricta de esta doctrina, modificándola, sin abandonarla del todo, para no sentir que traicionan a Calvino, dejando de ella únicamente aquello que es agradable al oído, al corazón y a la mente humana. Una variante de la doctrina calvinista puede verse en denominaciones e iglesias que sostienen la enseñanza del ‘Una vez salvo, siempre salvo’. Dicha frase es un modo común que se usa en ciertas denominaciones de orientación calvinista moderada (como algunas iglesias bautistas e iglesias cristianas independientes) para referirse a la doctrina de la perseverancia de los santos o seguridad eterna del creyente. Esta, sin embargo, difiere en algunos aspectos de la doctrina calvinista original, pues combina elementos del calvinismo (elección incondicional e irrevocable para salvación y perseverancia final del creyente) con la teología arminiana (expiación ilimitada y libertad de elección).

La doctrina de “Una vez salvo, siempre salvo” busca recalcar la seguridad eterna del creyente, y sugiere que la salvación del creyente está a salvo, ella no está en peligro, y no será tomada. Ella transmite claramente la idea de que una vez que una persona es salva, su salvación se mantiene inmutable y sin interrupciones para siempre. Algunas personas afirman incluso que una vez que una persona haya profesado fe en Jesús, entonces ella es “salva”, y ella nunca perderá su salvación, independientemente de sus creencias y acciones posteriores. Algunos ven en esto una licencia para pecar (antinomianismo), por lo que para evitar tal crítica los defensores de esta doctrina insisten en la necesidad de dar frutos como evidencia de la salvación (enredándose así en el mismo problema que el calvinismo clásico). Esta variante doctrinal (parcialmente calvinista) abre las puertas de la salvación para todos, no sólo para un pequeño grupo de elegidos, pues afirma que una vez adentro (es decir, habiendo aceptado a Cristo como Salvador) todos son parte de los elegidos y, por consiguiente, estos ya no pueden perderse jamás. Los hipercalvinistas, sin embargo, suelen ridiculizar la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo” y rechazan tal postura, pue no creen que la salvación esté disponible para todos sino solamente para los elegidos.

¿QUÉ ENSEÑA EL ARMINIANISMO?
En contraposición al calvinismo, el arminianismo enseña que los que son incorporados a Cristo por una fe verdadera, y por lo tanto son hechos partícipes de su Espíritu vivificante, tienen así todo el poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo, y su propia carne, y para ganar la victoria; siendo bien entendido que es siempre a través del auxilio de la gracia del Espíritu Santo; y que Jesucristo les ayuda a través de su Espíritu en todas las tentaciones. No obstante, también enseña que estos sí son capaces, por negligencia, de abandonar su vida en Cristo, volver al mundo y apartarse de la doctrina sagrada que les ha sido dada, perdiendo así una buena conciencia y cayendo de gracia. Estos pueden perderse eternamente si así lo eligen, o arrepentirse y volver al camino de la salvación si así lo desean: “¿Acaso piensan que me agrada ver morir a los perversos?, pregunta el Señor Soberano. ¡Claro que no! Mi deseo es que se aparten de su conducta perversa y vivan. Sin embargo, si los justos se apartan de su conducta recta y comienzan a pecar y a comportarse como los demás pecadores, ¿se les permitirá vivir? No, ¡claro que no! Todas las acciones justas que han hecho serán olvidadas y morirán por sus pecados. Sin embargo, ustedes dicen: “¡El Señor no hace lo correcto!”. Escúchame, pueblo de Israel. ¿Soy yo el que no hace lo correcto o son ustedes? Cuando los justos abandonen su conducta justa y comiencen a cometer pecados, morirán por eso. Sí, morirán por sus acciones pecaminosas; y si los perversos abandonan su perversidad, obedecen la ley y hacen lo que es justo y correcto, salvarán su vida. Vivirán, porque lo pensaron bien y decidieron apartarse de sus pecados. Esas personas no morirán” (Ezequiel 18:23-28). La gracia divina estará siempre disponible para ellos. Pero el juicio también para aquellos que se aparten definitivamente y no vuelvan al Señor al continuar en apostasía, rebeldía y perseverancia en el pecado.

PARA JESÚS, PABLO Y LOS DEMÁS APÓSTOLES, LA SALVACIÓN SE PIERDE:
Al contrario de lo que enseñan los calvinistas con sus cinco puntos, si analizamos bíblicamente las enseñanzas de Jesús, encontramos que la salvación se pierde: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, los echan en el fuego y arden” (Juan 15:6).
Al mirar la expresión “el que en mí no permanece”, un calvinista podría argumentar que ese nunca fue salvo, porque no era escogido, por eso no permaneció. Pero Jesús está hablando de un pámpano, una parte integral de la vid, la cual no permaneció y por eso será echada al fuego. Si estaba “en Él” era salvo, pero si se aleja y rehúsa permanecer en Él será echado fuera, se secará y será echado en el fuego. Aún en este texto, Jesús está reconociendo el libre albedrío del hombre y su papel en la salvación humana, pues menciona la existencia de personas que no quieren permanecer en Él y se pierden por voluntad propia.

Cuando analizamos la cita bíblica de Marcos capítulo 9 de los versículos 43 al 48, podemos llegar a la misma conclusión: la pérdida de la salvación. En ese texto Jesús enseña que “si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado”. Jesús habla de alguien que es salvo, pero que tiene la posibilidad de caer, perdiendo con ello su salvación.

Juan 10: 28 es uno de los versículos favoritos de los calvinistas para defender su postura, dicho texto dice: “y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano”. Pablo también nos dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35-39). Es verdad que nadie nos arrebatara de la mano del Padre y del Hijo, que Dios nos da vida Eterna y no temporal, es verdad que Dios nos ayuda a perseverar, pero eso no niega la realidad de la posibilidad de apostasía. El calvinismo si lo niega, a pesar de que la Biblia lo afirma. 1 Timoteo 4:1-2 “El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe.” (¿Que parte de ““¿El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe,” no entienden los calvinistas para decir que es imposible apostatar?)

La realidad de la apostasía es la motivación de la exhortación de la carta de Hebreos. Hebreos 10:26-29 nos dice: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.”

Hebreos 6:4-8 nos recuerda esta terrible verdad: “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada”. Nos preguntamos ¿Quiénes son los que una vez “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo… y los poderes del siglo venidero, y recayeron”, si no los creyentes que apostataron? Para los que se apartan, habiendo sido salvos previamente, pero rechazado luego tal bendición, la sentencia es clara. Dicha gente: “es reprobada está próxima a ser maldecida, y su fin es ser quemada”. La posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación es real. 2 Corintios 3:5-7 nos exhorta: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? Mas espero que conoceréis que nosotros no estamos reprobados. Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados.”

Mateo 7:13-14 nos dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Los calvinistas pretenden usar estos versículos para afirmar que el número de los elegidos es reducido; sin embargo, más que probar el calvinismo prueba el libre albedrío y la posibilidad del hombre (dada por Dios) de responder a la salvación. Pocos lo hallan, escogieron ellos el camino a seguir. No fueron forzados por Dios de forma irresistible. En otra oportunidad, Jesús advirtió a sus siervos a ser fieles: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes lo pondrá. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comienza a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:45-51). Primero Jesús habla del siervo fiel y prudente, que recibirá recompensa cuando venga su Señor. Después habla de un siervo malo, que cree que su Señor está tardando en venir y comienza a maltratar sus consiervos y a emborracharse. Jesús está hablando de un siervo que llegó a ser infiel y malo, de alguien que en otro tiempo servía a su señor. No se refería a uno que no conocía a su dueño. En otras palabras: un creyente que comienza a hacer lo malo. Viene su señor en el día que no espera y a la hora que no sabe. ¿No será así en la venida de Jesús? Ese siervo será castigado, al lloro y crujir de dientes (lago de fuego). Este último, aunque era fiel al principio, perdió su condición de siervo y se fue con los hipócritas. Y es que la Biblia es clara al afirmar que una persona que haya conseguido la salvación al depositar su fe en Jesús puede perder esa fe y, por lo tanto, la salvación. La Biblia nos exhorta: “Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos… Ahora quiero recordaros, aunque ya definitivamente lo sepáis todo, que el Señor, habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron” (Judas 3,5; LBLA). Esto quiere decir que mantenerse fiel requiere un gran esfuerzo. A los primeros cristianos que ya habían aceptado a Cristo se les dijo: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12, LBLA).

La Biblia nos advierte de que los pecados graves impiden que heredemos el Reino de Dios (1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:19-21). Si la salvación no se pudiera perder, esas advertencias no tendrían ningún sentido. La Biblia muestra que alguien que ha obtenido la salvación puede apartarse de Dios si comete un pecado grave y rehúsa abandonarlo. Por ejemplo, Hebreos 10:26 dice: “Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados” (Hebreos 6:4-6). El apóstol Pedro también nos advierte: “Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo son enredados en ellas y vencidos, su condición postrera viene a ser peor que la primera. Pues hubiera sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia, que habiéndolo conocido, apartarse del santo mandamiento que les fue dado. Les ha sucedido a ellos según el proverbio verdadero: El perro vuelve a su propio vomito, y: La puerca lavada, vuelve a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22, LBLA).

Como ya se dijo anteriormente, Jesús destacó la importancia de mantenerse fieles cuando se comparó a sí mismo con una vid y comparó a sus seguidores con las ramas de esa vid. Por un tiempo, algunos de ellos demostrarían por sus frutos o acciones que tenían fe en él, pero más tarde dejarían de tener fe y serían desechados como una rama que no tiene fruto, así que perderían la salvación (Juan 15:1-6). El apóstol Pablo usó un ejemplo parecido cuando dijo que el cristiano que no se mantuviera fiel sería podado: “Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y fuiste hecho participante con ellas de la rica savia de la raíz del olivo, no seas arrogante para con las ramas; pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti. Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario también tú serás cortado” (Romanos 11:17-22, LBLA). La Biblia dice que los cristianos deben mantenerse alerta (Mateo 24:42; 25:13). Aquellos que se duermen en sentido espiritual, ya sea porque practican obras de maldad o porque no obedecen plenamente los mandatos de Jesús, pierden la salvación (Romanos 13:11-13; Apocalipsis 3:1-3).

Muchos textos bíblicos muestran que los que han obtenido la salvación tienen que seguir siendo fieles hasta el final (Mateo 24:13; Hebreos 10:36; 12:2, 3; Apocalipsis 2:10). ¿Sería razonable que la Biblia le diera tanta importancia a mantenerse fieles si los que no lo hicieran se fueran a salvar igualmente? Es más, el apóstol Pablo (a cuyos escritos muchos calvinistas acuden en defensa de sus doctrinas) no pensó jamás que tenía la salvación asegurada por algún tipo de decreto divino. Ciertamente, él no creía en la doctrina calvinista de la perseverancia de los santos. Anteriormente había reconocido que podía perder la salvación si se dejaba llevar por los deseos carnales. Él escribió: “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27). También afirmó: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

ARGUMENTOS LÓGICOS (O ANALOGÍAS SIN FUNDAMENTO BÍBLICO) EMPLEADOS CONTRA LA DOCTRINA ARMINIANA:
Los argumentos analógicos o lógicos son recursos muy corrientes entre quienes sostienen la posición que afirma que “una vez salvos, siempre salvos”. Tales argumentos se basan con frecuencia en analogías trazadas a partir de la experiencia humana y no en la enseñanza bíblica. Por ejemplo:

1.- SI ALGUIEN PUDIERA SER CERCENADO DEL CUERPO DE CRISTO, ÉSTE QUEDARÍA MUTILADO:
La Biblia no enseña que Cristo esté completo en nosotros, como parece implicar tal argumento; lo que Pablo dice, por el contrario, es que nosotros somos quienes estamos completos en Él (Colosenses 2:10). Somos nosotros quienes separados de Él no podemos hacer nada (Juan 15:4-5). Él sigue siendo Dios y sigue estando completo, con nosotros o sin nosotros. Dios es santo, eterno, todopoderoso, y completamente autosuficiente. Él no necesita de ningún ser creado, pero nosotros si necesitamos a Dios. Toda la creación depende de la vida que sólo Dios sustenta. “Él hace producir el heno para las bestias”, y “todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo… Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Salmo 104:14, 27, 29). Por otro lado, Dios no depende de nada ni de nadie. A él no le hace falta nada, no conoce ninguna limitación, y no experimenta ninguna deficiencia. Él es “YO SOY EL QUE SOY”, sin ninguna otra calificación o excepción (Éxodo 3:14). Si Dios necesitara algo para sentirse completo, entonces no sería Dios.

2.- SI ALGUIEN ES HIJO DE DIOS, ENTONCES PASE LO QUE PASE, NO PUEDE DEJAR DE SERLO:
Cuando intentamos establecer una correlación absoluta entre una relación espiritual y una natural se nos plantea un problema: si las relaciones espirituales no pueden cambiar, sería entonces imposible que pudiéramos ser salvos. Por ejemplo, Juan 8:44 nos dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. 1 Juan 3:10 también nos dice: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”. En Efesios 2:1-3 pablo se refiere a los no creyentes como personas que viven según el príncipe de la potestad del aire; también les llama hijos de desobediencia e hijos de ira. Si es cierto que las relaciones espirituales no pueden romperse cuando hablamos de los “hijos de Dios”, en tal caso la coherencia lógica demanda que también los “hijos del diablo” sean siempre hijos del diablo. Por tanto, nadie podría jamás llegar a ser hijo de Dios. El argumento que reza: “una vez hijo, lo eres siempre”, no es pues válido.

3.- ALGUIEN QUE HA NACIDO DE NUEVO NUNCA PUEDE DEJAR D EHABER NACIDO:
Esto es cierto, pero olvidan algo importante: Cuando alguien apostata de la fe, lo que sucede no es que tal persona deje de haber nacido, ¡Sino que muere! Antes de la conversión, las personas están espiritualmente muertas (Efesios 2:1). Por medio de la apostasía y la perseverancia en el pecado, se regresa a este estado de muerte espiritual. Como dice Juan 3:36, “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Romanos 6:23 afirma contundentemente: “Porque la paga del pecado es muerte”. Nadie puede perseverar en el pecado y creer que seguirá gozando de vida espiritual. 1 Timoteo 5:6 nos recuerda que la persona que “que se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta”.

4.- SE DICE QUE EL CREYENTE TIENE VIDA ETERNA COMO POSESIÓN PRESENTE; NO SERÍA ETERNA SI PUDIESE PERDERLA:
Se usan muchos textos para apoyar este argumento (Juan 3:15-16; 3:36; 5:24; 6:54; 10:28). Estos versículos hablan de vida eterna. Por ello hemos de preguntarnos qué es esta vida eterna. La respuesta puede parecernos obvia, pero ¿lo es realmente? ¿Es la vida eterna una mera cantidad de vida? ¿significa tan solo que voy a vivir para siempre? Por otra parte, ¿Tienen vida eterna los no creyentes? No existe un solo versículo en la Biblia que afirme tal cosa. Por supuesto, los no creyentes existirán eternamente. Sin embargo, esto no es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de vida eterna. Varios versículos de los escritos del apóstol Juan arrojan luz al respecto:

• “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4)

• “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26)

• Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40)

• “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10)

• “Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:50). Es especialmente importante considerar el todo el contexto d ellos versículos 44-50. Creer en Cristo es obviamente la clave para tener vida eterna.

• “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. El conocimiento de la vida eterna Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13). El apóstol concluye diciendo que la clave para tener al Hijo y, por tanto, la vida eterna, es creer en el Hijo de Dios.
La fe en Cristo es lo que nos coloca en Él. La vida eterna no es meramente una existencia perpetua; es la propia vida de Dios. Mi participación en esta vida se debe a que en un sentido legal estoy en Cristo. Nadie que esté fuera de Cristo tiene vida eterna. La vida de Dios era eterna antes de que yo la tuviera, y seguirá siéndolo, aunque yo la pierda al rechazar a Cristo Jesús. Por tanto, el argumento de que la salvación no se pierde pues el creyente tiene vida eterna, no es válido. 1 Samuel 2:30 nos arroja luz en este punto: “Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; más ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. Si pierdes la fe en el Hijo y te apartas de Él, entonces pierdes la vida eterna, pues la vida eterna no es algo que recibas aparte de la fe en Cristo y de la persona de Jesús misma: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Así de simple.

EN CONCLUSIÓN:
En vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios nos llevan a rechazar la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos y su variante moderna, la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo”. Sin embargo, es importante recalcar ciertos elementos finales para no caer en otros errores teológicos también graves:

I.- PODEMOS TENER AQUÍ Y AHORA LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN:
La Biblia claramente enseña que somos salvos por gracia mediante la fe (Efesios 2:8) y que los justos viven por fe (Habacuc 2:4; Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38). ¡La salvación del creyente se recibe, no por un acto de justicia sino por un acto de fe, y también la salvación se conserva, no por actos de justicia sino por una vida de fe! Ser cristiano entonces no es asunto de obras; sino de fe. Esto tiene que ser enfatizado. En ningún caso Dios acepta a los pecadores basado en el bien que han hecho. Son salvos total y solamente por gracia mediante la fe. Por fe aceptan el hecho de que Cristo murió en su lugar. Por fe dependen totalmente de la misericordia de Dios y aceptan a Cristo como su Salvador. Por fe ellos se ven a sí mismos vestidos con la justicia de Cristo, una posición que no ganaron por mérito propio (Filipenses 3:9). Saben que son aceptados por fe, y este conocimiento les da paz y gozo. La seguridad del creyente, entonces, es solamente mediante la fe, tanto para recibir la salvación como para conservarla. Esta seguridad es posible por medio de la misericordia de Dios al ofrecer la justicia de su propio Hijo al creyente falible y defectuoso mientras mantenga una fe viviente en Cristo. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

II.- LA SALVACIÓN NO SE PIERDE A CADA INSTANTE NI POR CUALQUIER COSA:
No. La Biblia muestra claramente que en esta vida los cristianos pecan y que la solución para el cristiano cuando ha pecado es el perdón por medio de Cristo (1 Juan 1:8,9; 2:1). Por otra parte, no es natural que un cristiano siga viviendo una vida de pecado. Es decir, que mientras tenga la vida de Cristo en él, no puede seguir pecando habitualmente. 1 Juan 3:8,9 en donde el tiempo griego que se emplea es el presente continuo, deja esto bien en claro. El que practica pecado es del diablo. Cualquiera que ha nacido de Dios no practica pecado, no sigue pecando habitualmente. No puede seguir pecando de la misma manera que el hijo del diablo. Más bien, el cristiano debe crecer espiritualmente y dejar el pecado, reconociendo que el pecado continuo afectará adversamente su fe. ¿Implica esto que un cristiano puede pecar y todavía ser salvo? La primera reacción de muchos es decir que no puede. Sin embargo, es necesario en este contexto considerar el hecho de que la preocupación, el orgullo, la envidia, y la amargura se aceptan como fallos comunes. Pocos sugerirían que los creyentes que cometen tales pecados están perdidos. Además, si se insiste en que Dios requiere una perfección actual sin pecado de los creyentes, entonces la pregunta es: “¿Está la posición del hombre en Cristo basada en su propia justicia o en la justicia de Cristo que le fue atribuida por fe?” Si el hombre es salvo solamente cuando tiene una vida sin mancha, ¡entonces la salvación no es por gracia, sino por obras! También si Dios acepta al hombre solamente cuando éste no tiene ninguna falta, la vida cristiana entonces no está libre de condenación como Pablo insistió en Romanos 8:1. Más bien, sería una existencia de preocupación y penitencia constante, llena de temor y condenación y desprovista del gozo y la confianza que el conocimiento de la salvación puede dar. Romanos 5:9–11 nos claro que el Dios que nos amó lo suficiente como para proveer para nuestra salvación también nos ama lo suficiente como para proveer para nosotros hasta llegar a la gloria. Esta garantía nos da gozo en Él.

Una pregunta similar es: “¿Qué pasaría a un creyente que peca en el momento en que Jesús regrese?” Los que sostienen la idea de que los cristianos no pueden pecar y todavía ser salvos enseñarían que tal creyente está perdido y condenado por la eternidad. ¡Qué desesperación! ¡El creyente no entra y sale de la gracia de Dios! ¡Está seguro en la mano de Dios, y ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada lo podrá separar del amor del Padre! Sin embargo, debe enfatizarse que no es natural que el cristiano peque. No puede seguir cometiendo los mismos pecados que antes. Habiendo nacido del Espíritu, el creyente es una nueva criatura y las cosas viejas pasaron ya y todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17). Entonces ahora no es natural pecar. La vida vieja es algo del pasado, una fuerza dormida dentro, dominada y contada como muerta por la nueva Presencia (Romanos 6:11). Lo que antes era una práctica común, ahora se convierte en algo innatural y contrario a los nuevos impulsos del corazón. El que nace de Dios no puede pecar, o seguir practicando el pecado, dijo Juan. Es decir, el pecado es algo extraño para la nueva naturaleza. La nueva naturaleza, que es nuestra por fe, no peca. Entonces cuando la naturaleza vieja temporal e inesperadamente se recupera, la nueva criatura entera repugna la intrusión innatural. La solución inmediata es Cristo. Cuando el creyente que ha pecado se acerca a Cristo, no es con la desesperación de un alma perdida, sino con el conocimiento seguro de que como hijo de Dios tiene un defensor con el Padre, que es fiel y justo para perdonar y limpiarnos de toda maldad. Entonces el creyente depende de su derecho como hijo de Dios, nunca dudando de su posición, que sabe que está basada en la infalible justicia de Cristo mediante la fe. Ahora bien, habiendo enfatizado la soberanía y la gracia de Dios, también es imperativo enfocar en el albedrío y en la responsabilidad del creyente. Dios no quita del creyente el poder de escoger. Por el albedrío, el creyente llega a ser hijo de Dios, y por el uso continuo de ese albedrío seguirá siendo hijo de Dios. Seguir creyendo es la responsabilidad del creyente. El creyente también necesita cuidarse de una actitud de indiferencia hacia el pecado. Que no se atreva a usar la gracia de Dios como un permiso para pecar. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es no. Pablo sabía y enseñaba que el pecado continuo afectaría adversamente la fe del creyente, y la fe es lo que hace posible una relación con Dios. El pecado continuo llega a ser imprudente y es evidencia de rebelión. (Números 15:30,31). La rebelión es lo contrario de la confianza y obediencia de la fe. Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). Ahora bien, ¿Debe esto llenarnos de preocupación y ansiedad por perder la salvación? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).

III.- NUESTRA SALVACIÓN ESTÁ SEGURA EN TANTO NO RECHACEMOS A CRISTO:
Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente. (Romanos 10:21). Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19). No siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo. La invitación de Jesús se ofrece sin requisitos. Él habla a todos cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

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