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El Bautismo en el Espíritu Santo como una experiencia posterior y distinta al Nuevo Nacimiento.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado

INTRODUCCIÓN:
Los grupos no pentecostales sugieren a menudo que el bautismo en el Espíritu Santo equivale a ser sellado con el mismo al momento de la regeneración y que, por ende, no existe manifestación visible del mismo. Con ello pretenden negar la experiencia pentecostal y la validez del movimiento; pero ¿Fue el Pentecostés una experiencia de los discípulos que vino a “continuación” de la conversión? No según la Biblia. Si el bautismo en el Espíritu Santo y ser sellado con el Espíritu durante la regeneración fueran lo mismo, entonces sólo quienes han recibido el bautismo en el Espíritu Santo serían salvos. Pero eso no es lo que la Biblia enseña, de hecho, vemos en el Nuevo Testamento casos de personas que eran salvas y regeneradas sin haber recibido el bautismo o la plenitud del Espíritu Santo, mostrando que son dos cosas distintas.

Como pentecostales concordamos en que el Espíritu Santo nos sella como propiedad divina al momento de la conversión. El Espíritu Santo nos es dado en calidad de “depósito”, “sello,” o “garantía” de nuestra redención. El Espíritu Santo es dado como “arras” en los corazones de los cristianos (2 Corintios 1:22; 5:5; Efesios 1:13-14; 4:30). El Espíritu Santo es el sello de Dios sobre Su pueblo, Su derecho sobre nosotros como Su propiedad. De hecho, la palabra griega traducida como “arras” en estos pasajes es arrhabōn que significa “prenda,” esto es, parte del dinero de la compra o propiedad dada como enganche o anticipo para garantizar la seguridad de lo que resta. El don del Espíritu a los creyentes, es el pago inicial de nuestra herencia celestial, que Cristo prometió y aseguró para nosotros en la cruz. Pero una cosa es ser sellado por el Espíritu Santo como garantía de la redención y otra muy diferente es recibir el bautismo o la llenura del mismo.

EL. BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO ES UNA EXPERIENCIA POSTERIOR AL NUEVO NACIMIENTO.
En una ocasión Jesús dijo a setenta y dos de sus discípulos: “regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10:20). Tal afirmación fue hecha antes de que ellos recibieran el bautismo en el Espíritu Santo el día de Pentecostés. No es necesario localizar con exactitud el momento preciso de su regeneración en el sentido que el Nuevo Testamento le da a la palabra. Si hubieran muerto antes del descenso del Espíritu en Pentecostés, ellos seguramente habrían ido a la presencia del Señor. Sin embargo, muchos eruditos ven la experiencia del nuevo nacimiento de los discípulos como algo que sucedió en el momento en que el Cristo resucitado “sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22).

Es significativo que en ningún caso el Nuevo Testamento iguala la expresión “llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4) con la regeneración. Siempre se usa en conexión con personas que ya son creyentes. El caso de los samaritanos es ilustrativo (Hechos 8:14–20). El pentecostés samaritano muestra que uno puede ser un creyente y aun así no haber tenido una experiencia del tipo pentecostal. Las siguientes observaciones muestran que los samaritanos eran genuinos seguidores de Jesús antes de la visita de Pedro y Juan:

(1) Felipe claramente les proclamó las buenas nuevas del evangelio (versículo 5).

(2) Ellos creyeron y fueron bautizados (versículos 12,16)

(3) Ellos habían “recibido [dekomai] la palabra de Dios” (versículo 14), una expresión sinónima de conversión (Hechos 11:1; 17:11; véase también 2:41)

(4) Pablo y Juan les impusieron las manos para “recibieran el Espíritu Santo” (versículo 17), una práctica que el Nuevo Testamento nunca asocia a la salvación.

(5) Los samaritanos, después de su conversión, tuvieron una dramática y observable experiencia del Espíritu (versículo 18).

Saulo de Tarso nos muestra a través de su experiencia este mismo punto (Hechos 9:17). La experiencia de Saulo de Tarso también demuestra que ser lleno del Espíritu Santo es una experiencia identificable que va más allá de la obra del Espíritu en la regeneración. Tres días después de su encuentro con Jesús en el camino a Damasco (Hechos 9:1–19), recibió la visita de Ananías.

Las siguientes observaciones son importantes:

(1) Ananías se dirigió a él como “Hermano Saulo”, que probablemente indica una relación mutualmente fraterna con el Señor Jesucristo.

(2) Ananías no instó a Pablo al arrepentimiento ni a creer, aunque sí lo animó a ser bautizado (Hechos 22:16).

(3) Ananías puso las manos sobre Saulo para que recibiera sanidad y para que fuera lleno del Espíritu.

(4) Hubo un lapso de tres días entre la conversión y el momento en que fue lleno del Espíritu.

La casa de Cornelio en Cesarea nos aclara un poco más este punto (Hechos 10:44–48). La narración acerca de Cornelio alcanza su punto cúspide en el derramamiento del Espíritu Santo sobre él y los de su casa. Él no era cristiano antes de la visita de Pedro; él era un hombre temeroso de Dios, un gentil que había dejado el paganismo y había adoptado importantes aspectos del judaísmo sin convertirse en prosélito, es decir, plenamente judío. Aparentemente, quienes era de la casa de Cornelio creyeron y fueron regenerados en el momento en que Pedro habló de Jesús como aquel a través del cual “todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (versículo 43). Al parecer, simultáneamente experimentaron un derramamiento del Espíritu como el que hubo el Día de Pentecostés, como Pedro después informó a la iglesia de Jerusalén (Hechos 11:17; 15:8,9). Las expresiones con que se describe esta experiencia no se usan en ninguna parte de los Hechos para describir la conversión: “el Espíritu Santo cayó sobre” (Hechos 10:44; 8:16); “el don del Espíritu Santo” (Hechos 10:45; 11:17; 8:20); “sobre los gentiles se derramase” (Hechos 10:45); “bautizados con [en] en el Espíritu Santo” (Hechos 11:16).

El bautismo en el Espíritu de los creyentes en Cesarea es paralelo al de los creyentes en Jerusalén (Hechos 2), Samaria (Hechos 8), y Damasco (Hechos 9). Pero a diferencia de la experiencia de sus antecesores, ellos vivieron una experiencia unificada en que la conversión y el bautismo en el Espíritu sucedió en una rápida sucesión, pero manteniéndose siempre como dos hechos separados.

En Éfeso, Pablo encontró un grupo de Discípulos que no habían experimentado el bautismo en el Espíritu (Hechos 19:1–7). De este suceso derivan tres importantes preguntas:

(1) ¿Eran estos hombres seguidores de Jesús o seguidores de Juan el bautista? En el libro de los Hechos, en casi cada ocurrencia de la palabra “discípulo” (mathe-te-s), con sólo una excepción, se refiere a los seguidores de Jesús. La razón de Lucas para referirse a estos hombre como “ciertos discípulos” es que no estaba seguro del número exacto: “Eran por todos unos doce hombres” (versículo 7). Ellos eran creyentes cristianos que necesitaban enseñanza; como Apolos (Hechos 18:24–27), ellos necesitaban que se les expusiera “más exactamente el camino de Dios” (18:26).

(2) Qué quiso decir Pablo con la pregunta: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (una traducción estricta del versículo 2). Él percibió en ellos una carencia espiritual, pero no cuestionó la validez de su fe en Jesús. Considerando que en el libro de los Hechos la cláusula “recibir el Espíritu Santo” se refiere al bautismo (Hechos 8:15,17,19; 10:47; 2:38), Pablo está preguntando si han tenido la experiencia de la venida del Espíritu Santo sobre ellos en una manera carismática, cómo sí sucedió después (versículo 6).

(3) ¿Está de acuerdo Pablo con la enseñanza de Lucas de que hay una obra del Espíritu en los creyentes que se distingue de su obra en la salvación? Este suceso en Éfeso, como también la propia experiencia de Pablo, requiere de una respuesta afirmativa.

CONCLUSIÓN:
(1.- En tres de las cinco instancias (Samaria, Damasco, Éfeso) las personas que tuvieron una experiencia del Espíritu identificable ya eran creyentes. En Cesarea, esa experiencia fue casi simultánea con la fe salvadora de Cornelio y los de su casa. En Jerusalén, los receptores (los apóstoles y demás discípulos) ya eran creyentes en Cristo.

(2.- En los tres relatos hubo un lapso entre la conversión y el bautismo en el Espíritu (Samaria, Damasco, Éfeso). El intervalo de espera en el derramamiento de Jerusalén fue necesario con el fin de que se cumpliera la importancia tipológica del Día de Pentecostés. En el caso de Cesarea, no se distingue un lapso.

(3.- La posición ideal y bíblica recta es que el bautismo en el Espíritu Santo y la conversión, o la regeneración, no son lo mismo ni ocurren, necesariamente, al mismo tiempo.

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